Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.XLIX.

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Cómo Pantagruel se preparó para hacerse a la mar; y de la hierba llamada Pantagruelión.

Pocos días después de que Pantagruel se despidiera del buen Gargantúa, quien devotamente oró por el feliz viaje de su hijo, llegó al puerto cercano a Sammalo, acompañado de Panurgo, Epistemo, Fray Juan de los Embudos, Abad de Thélème, y otros de la casa real, especialmente de Xenómanes, el gran viajero y atravesador de caminos peligrosos, quien había acudido a petición y encargo de Panurgo, de cuyo señorío de Salmigondín poseía alguna pequeña heredad bajo el régimen de un censo mediano. Pantagruel, ya allí, dispuso y preparó el lanzamiento de una flota de naves, en número igual al de las que Áyax de Salamina equipó en otro tiempo para escoltar a los soldados griegos contra el estado troyano. Asimismo, eligió para su servicio tantos marineros, pilotos, marinos, intérpretes, artesanos, oficiales y soldados como consideró necesario, y con ello hizo acopio de víveres de toda clase, artillería, municiones de diversos tipos, ropas, dinero y demás equipaje, enseres, bagajes, mercancías y mobiliario que juzgó precisos para llevar a cabo el propósito de tan largo, tedioso y peligroso viaje. Entre otras cosas, se observó que hizo cargar algunas de sus naves con gran cantidad de una hierba suya llamada Pantagruelión, no solo de la variedad verde y cruda, sino también de la confitada y de la que estaba especialmente bien preparada para el uso inmediato, al modo de conservas. La hierba Pantagruelión tiene una raíz pequeña, algo dura y áspera, redondeada, que termina en una punta obtusa y muy roma, y con algunas de sus venas, hilos o filamentos manchados de blanco; nunca se fija en la tierra a más profundidad que casi un codo, o pie y medio. De la raíz brota un solo tallo, orbicular, parecido a una caña, verde por fuera, blanquecino por dentro y hueco como el tallo del smyrnium, olus atrum, habas y genciana, lleno de largos hilos, rectos, fáciles de romper, dentados, cortados, mellados y un poco mellados al modo de pilares y columnas, ligeramente surcado, biselado, acanalado y lleno de fibras o hebras como cuerdas, en las que reside el principal valor y dignidad de la hierba, especialmente en la parte llamada mesa, por así decirlo, la media, y en otra que lleva el nombre de milasea. Su altura suele ser de cinco o seis pies. A veces, sin embargo, alcanza tal crecimiento que sobrepasa la longitud de una lanza, pero eso solo ocurre cuando encuentra un suelo dulce, fácil, cálido, húmedo y bien empapado, como el terreno del territorio de Olona y el de Rasea, cerca de Preneste en Sabinia, y cuando no le falta suficiente lluvia en la época de las fiestas de los pescadores y el solsticio de verano. Hay muchos árboles cuya altura es ampliamente superada por ella, y podría llamársela dendromalache según la autoridad de Teofrasto. La planta muere cada año; el árbol, ni en el tronco, raíz, corteza o ramas, es duradero.

Del tallo de esta planta pantagruélica brotan varias ramas grandes y robustas, cuyas hojas tienen el triple de largo que de ancho, siempre verdes, algo ásperas y rugosas como la orcaneta o buglosa española, algo duras, hendidas alrededor como una hoz, o como el saxífrago, betónica, y finalmente terminando como en las puntas de una lanza macedonia, o de esas lancetas que suelen usar los cirujanos en sus sangrías. La figura y forma de sus hojas no difiere mucho de la del fresno o la agrimonia; la hierba misma se parece tanto a la planta eupatoria que muchos hábiles herbolarios la han llamado Eupatorio doméstico, y al eupatorio, Pantagruelión silvestre. Estas hojas se disponen en igual y paralela distancia alrededor del tallo, en número de cinco o siete en cada hilera, habiendo favorecido y mimado tanto la naturaleza a esta planta que la ha adornado ricamente con estos dos números impares, divinos y misteriosos. Su olor es algo fuerte, y no muy agradable para narices delicadas, tiernas y sensibles. La semilla que encierra sube hasta la misma cima de su tallo, y un poco más arriba.

Es una hierba muy abundante; pues no hay menos cantidad de ella que de cualquier otra. Algunas de estas plantas son esféricas, otras romboides, y otras de forma oblonga, y todas ellas, ya sean negras, de colores vivos o leonadas, son ásperas al tacto y cubiertas por una envoltura que se desprende rápidamente, aunque tal envoltura es de sabor y gusto delicioso para todas las aves agudas y de dulce canto, como jilgueros, verderones, alondras, canarios, escribanos y otras de ese coro aéreo y gorjeador; pero extinguiría por completo el calor natural y la virtud procreadora de la simiente de cualquier hombre que la comiera mucho y a menudo. Y aunque en la antigüedad, entre los griegos, se hacían ciertas clases de buñuelos y pasteles, bollos y tartas con ella, que por su dulzura solían servirse en la mesa tras la cena para deleitar el paladar y hacer más agradable el vino, sin embargo, es de difícil digestión y perjudicial para el estómago. Pues engendra sangre mala y malsana, y con su calor excesivo los hiere con vapores graves, dañinos y molestos. Y así como en diversas plantas y árboles hay dos sexos, macho y hembra, lo cual se percibe en laureles, palmas, cipreses, robles, encinas, narcisos, mandrágoras, helechos, agaricos, hongos, aristoloquias, trementina, poleo, peonía, rosa de monte y muchas otras semejantes, también en esta hierba hay un macho que no da flor alguna, aunque es muy copioso y abundante en semilla. Asimismo, hay una hembra, que tiene gran cantidad de flores blanquecinas, útiles para poco o nada, ni lleva en sí semilla de valor alguno, al menos comparable a la del macho. Tiene también una hoja más grande y mucho más suave que la del macho, ni crece tanto en altura. Este Pantagruelión debe sembrarse al llegar las golondrinas, y arrancarse de la tierra cuando los saltamontes empiezan a estar un poco roncos.