Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 3.L.

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Cómo debe prepararse y trabajarse el famoso Pantagruelión.

La hierba Pantagruelión, en septiembre, bajo el equinoccio de otoño, se prepara y acondiciona de varias maneras, según las distintas costumbres de la gente y la diversidad de los climas en que crece. La primera instrucción que Pantagruel dio al respecto fue despojar el tallo y la caña de todas sus flores y semillas, macerarla y mortificarla en agua de estanque, charca o lago, la cual debe mantenerse estancada, no corriente, durante cinco días seguidos si la estación es seca y el agua caliente, o durante nueve o doce días completos si el clima es nublado y el agua fría. Luego debe secarse al sol hasta que se elimine toda su humedad. Después, a la sombra, donde no da el sol, se pela y se le quita la corteza. Entonces se separan sus fibras y hebras, en las que, como ya hemos dicho, reside su principal virtud, valor y eficacia, y se apartan de la parte leñosa, que es inútil y apenas sirve para otra cosa que hacer una llama clara y brillante para encender el fuego, y para el juego y entretenimiento de los niños pequeños, que inflan vejigas de cerdo y las hacen sonar. Muchas veces algunos bebedores empedernidos le encuentran uso, pues de ella fabrican cañas y pipas, con las que, gracias a su aliento atraído por el licor, succionan el nuevo y exquisito vino directamente del tapón del barril. Algunos pantagruelistas modernos, para evitar y eludir el trabajo manual que tal labor de separación y partición requeriría, emplean ciertos instrumentos catarácticos, compuestos y formados de la misma manera en que la iracunda, caprichosa y colérica Juno entrelazaba y apretaba los dedos de ambas manos cuando quiso impedir el parto de Alcmena en el nacimiento de Hércules; y a través de esas cataratas rompen y trituran en menudos pedazos las partes leñosas, para así preservar mejor las fibras, que son las partes preciosas y excelentes. En esta sola operación se conforman y contentan aquellos que, contrariamente a la opinión general de todo el mundo, y de manera casi paradójica para todos los filósofos, ganan su sustento a la inversa y retrocediendo. Pero quienes lo valoran más y lo aprecian en su justo valor, para su mayor provecho hacen exactamente lo mismo que se cuenta del recreo de las tres fatídicas hermanas Parcas, o del ejercicio nocturno de la noble Circe, o incluso de la excusa que Penélope daba a sus jóvenes pretendientes y cortesanos afeminados durante la larga ausencia de su esposo Ulises.

Por estos medios, esta hierba se dispone para desplegar sus inestimables virtudes, de las cuales descubriré una parte; pues relatar todas es cosa imposible. Ya he interpretado y expuesto ante ustedes la denominación de la misma. Encuentro que las plantas reciben sus nombres de diversas maneras. Algunas obtuvieron el nombre de quien primero las descubrió, conoció, sembró, mejoró mediante el cultivo, las hizo aptas para el uso y las destinó a los fines para los que servían, como la Mercurial de Mercurio; Panacea de Panacea, hija de Esculapio; Artemisa de Artemis, que es Diana; Eupatoria del rey Eupator; Telephion de Télefo; Euforbio de Euforbo, médico del rey Juba; Clymenos de Clymenos; Alcibiadio de Alcibíades; Genciana de Gencio, rey de Eslavonia, y así sucesivamente con muchas otras hierbas o plantas. En verdad, en la antigüedad se tenía en tan alta estima el privilegio de imponer el nombre del inventor a una hierba descubierta por él, que, así como surgió una controversia entre Neptuno y Palas sobre de cuál de los dos debía recibir su nombre la tierra que ambos habían descubierto conjuntamente—aunque después se llamó y tuvo la denominación de Atenas, por Atenea, que es Minerva—de igual modo Lynceo, rey de Escitia, habría asesinado traidoramente al joven Triptólemo, a quien Ceres había enviado para mostrar a la humanidad la invención del trigo, hasta entonces completamente desconocido, con el fin de que, tras el asesinato del mensajero, cuya muerte pensaba mantener en secreto, pudiera, imponiendo con menor sospecha de engaño su propio nombre a la semilla descubierta, adquirir para sí mismo un honor y gloria inmortales por haber sido el inventor de un grano tan provechoso y necesario para la vida humana. Por la maldad de tal intento traicionero, Ceres lo transformó en esa fiera salvaje que algunos llaman lince y otros onza. Tal fue también la ambición de otros en ocasiones similares, como se evidencia en las muy encarnizadas y prolongadas guerras que en la antigüedad sostuvieron algunos reyes residentes en Capadocia solo por la disputa de a quién debía pertenecer el nombre de cierta hierba; por causa de tal diferencia, tan molesta y costosa para todos, la llamaron Polemonion, y nosotros por la misma razón la denominamos Make-bate.

Otras hierbas y plantas conservan los nombres de los países de donde fueron traídas, como las manzanas medas de Media, donde primero crecieron; manzanas púnicas de Púnica, es decir, Cartago; Ligústico, que llamamos levístico, de Liguria, la costa de Génova; Ruibarbo de un río en Berbería, como atestigua Amiano, llamado Ru; Santónica de una región con ese nombre; Alholva de Grecia; Gastanes de un país así llamado; Persicaria de Persia; Sabina de un territorio con esa denominación; Estéca de las islas Estécadas; Espiga Céltica de la tierra de los galos celtas, y así con muchas otras, que sería tedioso enumerar. Algunas otras, en cambio, han obtenido sus denominaciones por vía de antífrasis o contrariedad; como el Ajenjo, porque es contrario al Psinthos, ya que es amargo al gusto al beberlo; Holosteón, como si fuera todo hueso, cuando en realidad no hay hierba más frágil, tierna ni quebradiza en toda la producción de la naturaleza.

Hay otros tipos de hierbas que han recibido sus nombres por sus virtudes y propiedades, como la Aristoloquia, porque ayuda a las mujeres en el parto; el Liquen, porque cura la enfermedad de ese nombre; la Malva, porque ablanda; el Calítrico, porque da al cabello un color brillante; el Aliso, el Efémero, el Bequio, el Mastuerzo, el Enebro (beleño), y así con muchas más.

Otras hay que han obtenido sus nombres por las admirables cualidades que se encuentran en ellas, como el Heliotropio, que es la caléndula, porque sigue al sol, de modo que al salir el sol se abre y se despliega, al ascender se eleva, al declinar se marchita, y cuando se pone queda completamente cerrada; el Adiantón, porque, aunque crece cerca de lugares húmedos, e incluso si se deja mucho tiempo en agua, no retiene humedad alguna; la Hieracía, el Eringio, y así con muchas otras. También hay muchas hierbas y plantas que han conservado exactamente los mismos nombres de los hombres y mujeres que fueron metamorfoseados y transformados en ellas, como de Dafne el laurel, que también se llama Dafne; la Mirra de Mirra, hija de Cíniras; Pitis de Pitis; Cinara, que es la alcachofa, de una de ese nombre; Narciso, con Azafrán, Smilax y varios otros.

Muchas hierbas, asimismo, han recibido sus nombres de aquellas cosas a las que parecen asemejarse; así, la Hippuris, porque tiene la apariencia de una cola de caballo; la Alopecuris, porque representa en su forma la cola de un zorro; la Psyllion, por una pulga a la que se parece; la Delphinium, porque es semejante al pez delfín; la Buglosa se llama así porque es una hierba parecida a la lengua de un buey; el Iris, así llamado porque en sus flores tiene cierta semejanza con el arco iris; la Myosota, porque se asemeja a la oreja de un ratón; la Coronopus, porque se parece a la pata de un cuervo. Hay muchas otras de este tipo, que sería innecesario enumerar aquí. Además, así como hay hierbas y plantas que han tomado sus nombres de los de hombres, también, por denominación recíproca, muchos apellidos de familias han tenido su origen en ellas, como los Fabios, de fabis, habas; los Pisones, de pisis, guisantes; los Léntulos, de lentejas; los Cicerones, de ciceribus o ciceris, una especie de legumbre llamada garbanzo, y así sucesivamente. En algunas plantas y hierbas, la semejanza o parecido se ha tomado de una referencia más elevada o de un objeto superior, como cuando decimos ombligo de Venus, cabellos de Venus, bañera de Venus, barba de Júpiter, ojo de Júpiter, sangre de Marte, el Hermodáctilo o dedos de Mercurio, que son todos ellos nombres de hierbas, como hay muchos más con denominaciones similares. Otras, a su vez, han recibido su nombre de sus formas, como el trébol, porque tiene tres hojas; el Pentáfilo, por tener cinco hojas; el Serpol, porque se arrastra por el suelo; la Helxina, el Petasto, el Mirabolano, que los árabes llaman Been, como si se dijera bellota, pues tiene cierta semejanza con ella y, además, es muy oleaginoso.