Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

LIBRO IV.

Capítulo 153 de 266 · 35 min de lectura

EL CUARTO LIBRO

Prefacio del Traductor.

Lector, no sé qué clase de prefacio debo escribir para encontrarte cortés, un epíteto que con demasiada frecuencia se otorga sin motivo. El autor de esta obra ha sido tan parco en lo que llamamos bondad natural como la mayoría de los lectores hoy en día. Así que temo que su traductor y comentarista no debe esperar mucho más de lo que les ha sido mostrado. Lo que es peor, sólo hay dos tipos de prefacios efectivos, como sólo hay dos clases de prólogos en las obras de teatro; pues el señor Bays tenía sin duda razón cuando dijo que, si el trueno y el relámpago no podían asustar a la audiencia para hacerla complaciente, la visión del poeta con una soga al cuello podría moverlos a compasión. Algunos, en efecto, han intimidado a muchos de ustedes para obtener aplausos, y han criticado sus defectos para que piensen que ellos carecen de ellos; y otros, más prudentemente, han hablado bien de ustedes, para que piensen, o al menos hablen, favorablemente de ellos, y sean halagados hasta la paciencia. Ahora bien, imagino que no hay nada menos difícil de intentar que el primer método; pues, en esta bendita época, es tan fácil encontrar a un bravucón sin valor, como a una prostituta sin belleza, o a un escritor sin ingenio; aunque esas cualidades sean tan necesarias en sus respectivas profesiones. El problema es que rara vez permiten que alguien más critique además de ustedes mismos, y no soportan un orgullo que choque con el propio. En cuanto a ganarse su simpatía para que les guste una obra, debo confesar que parece el camino más seguro; pero aunque la adulación les agrada mucho cuando es particular, la detestan, por poco relevante, cuando es general. Además, nosotros, caballeros de la pluma, somos una generación de dura cerviz, que rara vez gusta de aparentar dudas sobre el valor de nuestros escritos y su aceptación, tanto como nos disgusta halagar a más de uno a la vez; y preferimos empuñar nuestras plumas y defender la belleza de nuestras obras (como algunos necios hacen con la de sus amadas) hasta la última gota de tinta. Y en verdad, esta sumisión, que a veces los mueve a compasión, rara vez los induce al amor, como la torpe reverencia de un petimetre envejecido, tan pobre como feo, afecta a una dama experimentada. Ahora bien, valoramos tan poco su compasión como un amante la de su amada, bien seguros de que no es más que una forma menos descortés de despedirnos. Pero, ¿qué ocurre si ninguno de estos dos métodos surte efecto en ustedes, de lo cual algunos de nuestros dramaturgos son tantos y tan vivos monumentos? Pues bien, en verdad, no se me ocurre otro camino por ahora más que mezclar ambos en uno; y de este matrimonio de arrogancia y sumisión resultará una nueva especie de mezcla descuidada, que tal vez influya en ambos tipos de lectores, aquellos a quienes hay que desafiar y aquellos a quienes hay que adular. Al menos, es probable que agrade por su novedad; y no será el primer monstruo que les haya complacido cuando la naturaleza regular no pudo hacerlo.

Si el mérito poco común, el ingenio vivaz y el profundo saber, entretejidos en una sátira saludable, un diseño audaz, bueno y vasto admirablemente perseguido, la verdad expuesta en su verdadera luz y un método para llegar a su oráculo, pueden recomendar una obra, estoy seguro de que ésta tiene suficiente para agradar a cualquier hombre razonable. Los tres libros publicados hace algún tiempo, que en cierto modo constituyen una obra completa, fueron bien recibidos; sin embargo, en francés, quedan muy por debajo de estos dos, que también son piezas completas; pues aquí la sátira es enteramente general, mucho más evidente y, en consecuencia, más entretenida. Incluso mi largo prefacio explicativo no fue considerado inapropiado. Aunque estuve tan lejos de que se me permitiera tiempo para hacerlo metódico, que al principio sólo se pensaron unas pocas páginas; sin embargo, a medida que se imprimían, yo seguía escribiendo, hasta que al final resultó como uno de esos pueblos que se construyen pequeños al principio y luego se amplían, donde se ve, al azar, una extraña variedad de todo tipo de edificios irregulares. Espero que las observaciones que ahora presento no agraden menos; pues, como he traducido la obra que explican, tuve más tiempo para hacerlas, aunque tan poco para escribirlas. Sería innecesario dar aquí una larga explicación de mi trabajo; pues, después de todo, a ustedes, lectores, les importan tan poco estas o aquellas disculpas o pretextos del señor Traductor, si la versión no les agrada, como a nosotros las excusas de un cocinero torpe después de haber echado a perder un buen platillo en la preparación. Ni puede el primero pretender mucho elogio, aparte de dar el sentido de su autor en toda su extensión y copiar su estilo, si es que debe copiarse; ya que no tiene parte en la invención ni en la disposición de lo que traduce. Sin embargo, no fue poca la dificultad de hacer justicia a Rabelais en ese doble aspecto; las palabras y giros obsoletos, y los temas oscuros, tratados muchas veces con igual oscuridad, hacen que el sentido sea difícil de entender incluso para un francés, y no puede ser fácil darle el aire libre y sencillo de un original; pues incluso lo que parece la conversación más común en un idioma, es a menudo lo más difícil de lograr en otro; y los pensamientos de Horacio sobre la comedia pueden aplicarse bien a esto:

Se cree que, porque toma las cosas de la vida cotidiana, la comedia requiere poco esfuerzo; pero tiene tanto más carga cuanto menos se le concede indulgencia.

Lejos de mí, por todo esto, valorarme por acertar con las palabras de jerga en las que mi autor burlón es tan prolífico; pues aunque tales palabras me han sido de gran ayuda, apenas puedo evitar pensarme desafortunado por haber acumulado insensiblemente tanta jerigonza y basura de mercado en mi memoria; ni pude evitar preguntarme, como dijo un cardenal italiano en otro contexto: D’onde hai tu pigliato tante coglionerie? ¿De dónde demonios sacaste todas estas bagatelas?

No fue menos difícil estar a la altura de las expresiones sublimes del autor. Ni habría intentado tal tarea, de no haber tenido la ambición de ofrecer una visión de la obra más valiosa del mayor genio de su época, al Mecenas y mejor genio de ésta. Porque no soy especialmente aficionado a una tarea tan ingrata como la de traducir, y me alegraría ver menos versiones y más originales; siempre que estos últimos no fueran tan malos como muchos de los primeros, por falta de estímulo. Algunos, en efecto, han merecido estima por traducir; pero no muchos se dignan traducir, sino aquellos que no pueden inventar; aunque para hacer bien lo primero se requiere a menudo tanto ingenio como para hacer lo segundo.

Deseo, lector, que seas tan dispuesto a hacerle justicia a mi autor como yo he procurado hacerlo. Sin embargo, si eres un hermano de la pluma, hay muchas probabilidades de que estés demasiado enamorado de tus propias queridas producciones para admirar las de alguien de tu oficio. No obstante, conozco a tres o cuatro que no tienen tan alta opinión de sí mismos; pero no los nombraré, no sea que me vea obligado a incluirme entre ellos. Si eres de aquellos que, aunque nunca escriben, critican a todos los que lo hacen, ¡apártate! Eres un enemigo declarado de la humanidad y de ti mismo, que nunca estarás satisfecho ni dejarás que nadie lo esté, y no conoces mejor camino hacia la fama que intentar disminuir la de los demás; aunque si te atrevieras a escribir, pronto serías conocido, incluso por las lecheras, y recorrerías el mundo en cajas de sombreros. Si perteneces a la tribu de los hipócritas, es tu oficio denigrar aquellos libros que abrazas en secreto. Si eres de esos entrometidos que quieren que su malhumor se confunda con gravedad, condenarás una alegría que ya no puedes disfrutar; y no veo otra forma de saldar cuentas que escribiendo (como bien podría hacerlo) algo tan aburrido, o más aún, que tú mismo, si es posible. Si eres de esos críticos en el vestir, esos improvisados de la fortuna, que, tras perder a un pariente y heredar una fortuna, de inmediato se erigen en ingeniosos y extravagantes, alabarás o despreciarás este libro según lo dicte alguien menos necio que tú, tal vez uno de esos que, alojados bajo el letrero de la caja y los dados, sabrán cosas mejores que recomendarte una obra que te advierte de sus trucos. Este libro podría enseñarte a abandonar tus necedades; pero algunos dirán que no importa mucho a ciertos tontos si lo son o no; pues ¿cuándo ha habido un tonto que se creyera tal? Si eres de los que quieren hacerse pasar por eruditos en griego y hebreo, pero son unos completos ignorantes en inglés, y remiendan viejos fragmentos de los antiguos para vestirse con ellos, este libro te ha vapuleado demasiado severamente como para que te guste. ¿Quién, entonces, lo apreciará? preguntarán algunos. Además de estos, muchas sociedades que tienen gran presencia en el mundo son aludidas en este libro; lo que llevó a Rabelais a procurar ser oscuro, e incluso a salpicarlo con muchas expresiones licenciosas, para que no se pensara que tenía otro propósito que el de bromear; en cierto modo, ensuciando su libro para que sus enemigos no lo atacaran. En verdad, aunque ahora el enigma está resuelto, aconsejaría a quienes lo lean que no reflexionen demasiado sobre el autor, no sea que se piense que él se les adelantó, y sean contados entre aquellos que no tienen nada que mostrar por su honestidad salvo su dinero, nada por su religión salvo su hipocresía o un buen beneficio, nada por su ingenio salvo su atuendo, por su nobleza salvo su título, por su gentileza salvo su espada, por su valor salvo sus fanfarronadas, por su ascenso salvo su descaro, por su erudición salvo sus títulos, o por su gravedad salvo sus arrugas o su tedio. Más les valdría reírse unos de otros aquí, como es costumbre en el mundo. Reír es de todas las profesiones; el avaro puede atesorar, el derrochador despilfarrar, el político tramar, el abogado discutir y el jugador engañar; pero su objetivo principal es poder reírse unos de otros; y aquí pueden hacerlo de manera barata y sencilla. Después de todo, si esta obra no logra agradar a la mayoría de los lectores, estoy seguro de que no dejará de gustar a quienes aprecian la agudeza y una copa alegre; aunque no a esos beodos solemnes que parecen haber trabajado toda su juventud solo para disfrutar la dulce bendición de emborracharse cada noche en su vejez. Pero aquellos hombres sensatos y honorables que aman la verdad y el bien de la humanidad en general por encima de todo, sin duda respaldarán esta obra. No insistiré solemnemente en su utilidad, habiendo dicho ya bastante en el prefacio (Prefacio de Motteux al vol. I de Rabelais, ed. 1694) de la primera parte. Solo añadiré que, así como Homero en su Odisea hace que su héroe vague diez años por casi todo el mundo conocido entonces, Rabelais, en un viaje de tres meses, hace que Pantagruel contemple casi toda clase de personas y profesiones; con la diferencia, sin embargo, entre el antiguo mitólogo y el moderno, de que mientras la Odisea ha sido comparada con un sol poniente respecto a la Ilíada, la última obra de Rabelais, que es este Viaje al Oráculo de la Botella (por el cual entiende la verdad), es justamente considerada su obra maestra, escrita con más espíritu, sal y fuego que la primera parte de sus obras. Con casi setenta años, su genio, lejos de agotarse, parecía haber adquirido nuevo vigor y nuevas gracias cuanto más se ejercitaba; como esos ríos que se vuelven más profundos, amplios, majestuosos y útiles a lo largo de su curso. Quienes acusan a los franceses de ser tan parcos en su ingenio como pródigos en sus palabras encontrarán a un inglés en nuestro autor. Debo confesar, en efecto, que mis compatriotas y otras naciones del sur equilibran lo uno con lo otro como hacen con el vino y el agua, a menudo apenas salpicando la segunda con un poco del primero. Aquí, en cambio, los hombres prefieren beber su vino puro; es más, a veces no se conforman si no es en su quintaesencia, como en los aguardientes; aunque un exceso de esto revela tanta falta de sobriedad como un exceso de ingenio revela falta de juicio. Pero debo concluir, no sea que con justicia se me acuse de carecer de ambos. Solo añadiré que, así como cada lengua tiene sus gracias peculiares, rara vez o nunca adquiridas por un extranjero, no creo haberle dado a mi autor las del inglés en todos los pasajes; pero como nadie me obligó a escribir, temo pedir un perdón que, sin embargo, el generoso carácter de esta nación me hace esperar obtener. Albino, un romano que escribió en griego, pidió en su prefacio que se le perdonaran sus faltas de lenguaje; pero Catón le preguntó burlonamente si alguien lo había obligado a escribir en una lengua que no dominaba por completo. Luculo escribió una historia en la misma lengua y dijo que había esparcido algo de griego incorrecto para que el mundo supiera que era obra de un romano. No diré tanto de mis escritos, en los que procuro ser tan poco incorrecto como lo permiten las prisas del trabajo y la falta de tiempo; pero puedo decir mejor, como Cicerón de la historia de su consulado, que también escribió en griego, que los errores que se encuentren en la dicción se han deslizado contra mi voluntad. En verdad, Livio Andrónico y Terencio, uno griego y el otro cartaginés, escribieron con éxito en latín, y este último es quizás el modelo más perfecto de la pureza y urbanidad de esa lengua; pero no debo esperar el éxito de esos grandes hombres. Sin embargo, aspiro a ser tan útil como pueda al entretenimiento provechoso de los ingeniosos de esta nación, lo cual he procurado en esta obra, con la esperanza de intentar tareas mayores si alguna vez tengo la fortuna de disponer de más tiempo libre. Mientras tanto, no me disgustará que se sepa que esto lo ofrece alguien que, aunque nacido y educado en Francia, siente el amor y la veneración de un leal súbdito por esta nación, alguien que, por una fatalidad que con muchos más le hizo decir,

Nos patriam fugimus et dulcia linquimus arva,

está obligado a hacer que el idioma de estas felices regiones le resulte lo más natural posible, y a decir agradecido junto con los demás, bajo este gobierno protestante,

Dios nos ha concedido este ocio.

Epístola dedicatoria del autor.

Al ilustrísimo príncipe y reverendísimo señor Odet, cardenal de Châtillon.

Sabéis, príncipe ilustre, cuántas veces he sido, y soy diariamente, instado y requerido por gran número de personas eminentes para que continúe con las fábulas pantagruélicas; me dicen que muchos enfermos, afligidos y desconsolados, al leerlas, han engañado su pena, pasado el tiempo alegremente y hallado nuevo gozo y consuelo. Suelo responder que no busqué la gloria ni el aplauso cuando me divertí escribiendo, sino que sólo pretendí dar, por medio de mi pluma, a los ausentes que sufren aflicción, esa pequeña ayuda que en todo momento procuro brindar de buena gana a los presentes que necesitan de mi arte y servicio. A veces les cuento en detalle cómo Hipócrates, en varios pasajes y especialmente en el libro 6 de las Epidemias, al describir la formación del médico discípulo suyo, así como Sorano de Éfeso, Oribasio, Galeno, Haly Abbas y otros autores, han descendido a minucias al prescribir sus movimientos, comportamiento, miradas, semblante, gracia, cortesía, limpieza del rostro, ropa, barba, cabello, manos, boca, incluso las uñas; como si debiera desempeñar el papel de un amante en alguna comedia o entrar en la arena a combatir a un enemigo. Y en verdad, la práctica de la medicina es comparada acertadamente por Hipócrates con una lucha, y también con una farsa representada entre tres personas: el paciente, el médico y la enfermedad. Este pasaje me ha recordado a veces lo que Julia dijo a Augusto, su padre. Un día se presentó ante él con un vestido muy suntuoso, suelto y lascivo, lo que le desagradó mucho, aunque no mostró demasiado su disgusto. Al día siguiente se puso otro, y con un atuendo modesto, como el que usaban las castas damas romanas, se presentó ante él. El bondadoso padre no pudo entonces evitar expresar el placer que le causaba verla tan cambiada, y le dijo: ¡Oh! Cuánto más te conviene y es digno de elogio este atuendo, hija de Augusto. Pero ella, con la respuesta preparada, contestó: Hoy, señor, me vestí para agradar a los ojos de mi padre; ayer, para complacer los de mi esposo. Así, disfrazado en aspecto y atuendo, incluso, como era costumbre antes, con una rica y vistosa túnica de cuatro mangas, llamada philonium según Pedro Alexandrino en el libro 6 de las Epidemias, un médico podría responder a quienes consideraran indecente la metamorfosis: Así me he ataviado, no porque me enorgullezca de aparecer con tal vestimenta, sino por el bien de mi paciente, a quien únicamente deseo agradar y de ningún modo ofender o disgustar. Hay también un pasaje en nuestro padre Hipócrates, en el libro que he citado, que hace sudar, disputar y afanarse a algunos; no para saber si el ceño fruncido, el descontento y el semblante catoniano y adusto del médico entristecen al paciente, y su rostro alegre, sereno y agradable lo alegra; pues la experiencia nos enseña que esto es muy cierto; sino para saber si tales sensaciones de pena o alegría son producidas por la percepción del paciente al observar los movimientos y cualidades de su médico, y deducir de ello conjeturas sobre el desenlace y el fin de su enfermedad; como, por su semblante agradable, sucesos felices y deseables, y por su aire triste y desagradable, consecuencias tristes y funestas; o si esas sensaciones son producidas por una transfusión de los espíritus serenos o sombríos, aéreos o terrestres, alegres o melancólicos del médico en la persona del paciente, como opinan Platón, Averroes y otros.

Por encima de todo, los autores antes citados han dado indicaciones particulares a los médicos acerca de las palabras, el discurso y el trato que deben tener con sus pacientes; todos apuntando a un solo fin: alegrarlos sin ofender a Dios y de ningún modo disgustarlos ni contrariarlos. Por eso Herófilo reprocha mucho al médico Calíánax, quien, siendo preguntado por un paciente suyo: ¿Moriré?, le respondió con descaro:

Patroclo murió, a quien todos consideran Mucho mejor hombre que tú.

Otro, que quería saber el estado de su enfermedad, preguntándole al médico, al estilo de nuestro alegre Pathelín: Bueno, doctor, ¿no le dice mi orina que voy a morir? Él respondió neciamente: No, si Latona, madre de esos bellos gemelos, Febo y Diana, te engendró. Galeno, libro 4, Comentario a las Epidemias 6, también reprende mucho a Quinto, su tutor, quien, un noble romano, su paciente, diciéndole: Has desayunado, maestro, tu aliento huele a vino; le respondió con arrogancia: El tuyo huele a fiebre; ¿cuál es mejor olor, el del vino o el de una fiebre pútrida? Pero la calumnia de ciertos caníbales, misántropos, eternos fisgones, ha sido tan vil y excesiva contra mí, que venció mi paciencia y había resuelto no escribir una sola palabra más. Lo menos que decían era que mis libros estaban llenos de diversas herejías, de las cuales, sin embargo, no podían mostrar un solo ejemplo; sí, en verdad, de muchas bufonadas y chanzas cómicas, que no ofenden ni a Dios ni al rey (y ciertamente reconozco que son el único tema y asunto de estos libros), pero de herejía ni una palabra, a menos que interpretaran mal, y contra todo uso de la razón y el lenguaje común, lo que antes preferiría sufrir mil muertes, si fuera posible, que haber pensado; como quien hace del pan piedra, de un pez serpiente, y de un huevo escorpión. Esto, mi señor, me animó una vez a decíroslo, mientras me quejaba de ello en vuestra presencia, que si no me considerara mejor cristiano de lo que ellos se muestran conmigo, y si mi vida, escritos, palabras, ni siquiera pensamientos, delataran en mí una sola chispa de herejía, o cayera de manera detestable en las trampas del espíritu de la calumnia, Diabolos, quien, por medio de ellos, levanta tales crímenes contra mí; entonces, como el fénix, reuniría leña seca, encendería un fuego y me quemaría en medio de él. Os dignasteis entonces decirme que el rey Francisco, de eterna memoria, había sido informado de esas falsas acusaciones; y que, habiendo hecho leer mis libros (los míos, digo, porque varios, falsos e infames, me han sido atribuidos maliciosamente) con cuidado y distinción por el más docto y fiel anagnosta de este reino, no había hallado ningún pasaje sospechoso; y que aborrecía a cierto informante envidioso, ignorante e hipócrita, que fundaba una herejía mortal en una n puesta en lugar de una m por descuido de los impresores.

Lo mismo hizo su hijo, nuestro soberano más clemente, virtuoso y bienaventurado, Enrique, ¡a quien el Cielo conserve por mucho tiempo! de modo que os concedió su privilegio real y particular protección para mí contra mis adversarios calumniadores.

Os dignasteis después confirmarme estas felices noticias en París; y también recientemente, cuando visitasteis a mi señor el Cardenal du Bellay, quien, para beneficio de su salud, tras una larga enfermedad, se había retirado a Saint-Maur, ese lugar (o más bien paraíso) de salubridad, serenidad, comodidad y todos los placeres campestres deseables.

Así, mi señor, bajo tan glorioso patrocinio, me atrevo una vez más a empuñar mi pluma, ahora sin temor y seguro; con la esperanza de que aún seréis para mí, contra el poder de la calumnia, un segundo Hércules galo en saber, prudencia y elocuencia; un Alexicaco en virtud, poder y autoridad; vos, de quien puedo decir verdaderamente lo que el sabio monarca Salomón dice de Moisés, aquel gran profeta y caudillo de Israel, Eclesiástico 45: Un hombre temeroso y amante de Dios, que halló gracia ante todos, amado tanto de Dios como de los hombres; cuya memoria es bendita. Dios lo hizo semejante a los gloriosos santos, y lo engrandeció de tal modo, que sus enemigos le temieron; y por él obró maravillas; lo hizo glorioso ante los reyes, le dio un mandato para su pueblo, y por él mostró su luz; lo santificó en su fidelidad y mansedumbre, y lo eligió entre todos los hombres. Por él nos hizo oír su voz, y por él hizo que se nos diera la ley de vida y conocimiento.

Así pues, si tengo la dicha de oír a alguien elogiar esas alegres composiciones, les haré jurar que deben estar obligados y dar las gracias sólo a vos, así como ofrecer sus oraciones al Cielo por la continuidad y aumento de vuestra grandeza; y no atribuirme a mí más que mi humilde y pronta obediencia a vuestras órdenes; pues con vuestro más honorable estímulo me habéis inspirado a la vez ánimo e invención; y sin vos, mi corazón habría desfallecido y la fuente de mis espíritus animales se habría secado. ¡Que el Señor os conserve en su bendita misericordia!

Mi señor,

Vuestro más humilde y más devoto servidor,

Francisco Rabelais, médico.

París, a 28 de enero de 1552.

Prólogo del autor.

¡Buena gente, que Dios los salve y los guarde! ¿Dónde están? No los veo: esperen—me pondré las gafas en la nariz—¡oh, oh! Pronto estará claro: ya los veo. Bueno, dicen que han tenido una buena cosecha: esto no es mala noticia para Francisco, pueden jurarlo. Han conseguido un remedio infalible contra la sed: ¡rara vez visto en ustedes, amigos míos! Ustedes, sus esposas, hijos, amigos y familias están tan bien como el corazón puede desear; está bien, es como yo lo quisiera: gracias a Dios por ello, y si es su voluntad, que así sigan por mucho tiempo. Por mi parte, estoy más o menos igual, gracias a su bendita bondad; y por medio de un poco de pantagruelismo (que ustedes saben es cierta alegría de espíritu, adobada en el desprecio de la fortuna), me ven ahora sano y alegre, tan fuerte como una campana, y listo para beber, si así lo desean. ¿Quieren saber por qué estoy así, buena gente? Les daré una respuesta clara: tal es la voluntad del Señor, a la que obedezco y reverencio; pues está dicho en su palabra, en gran burla al médico que descuida su propia salud: Médico, cúrate a ti mismo.

Galeno tenía algún conocimiento de la Biblia y había conversado con los cristianos de su tiempo, como aparece en el libro 11 de De Usu Partium; libro 2 de De Differentiis Pulsuum, capítulo 3, y también en el libro 3, capítulo 2, y en el libro De Rerum Affectibus (si es que es de Galeno). Sin embargo, no fue por veneración a las Sagradas Escrituras que cuidó de su propia salud. No, fue por temor a que le echaran en cara el dicho tan conocido entre los médicos:

Iatros allon autos elkesi bruon.

Se jacta de curar a pobres y ricos, pero él mismo está cubierto de sarna.

Esto lo llevó a decir con firmeza que no deseaba ser considerado médico si desde sus veintiocho años hasta su vejez no había vivido en perfecta salud, salvo algunas fiebres efímeras de las que pronto se libró; aunque no era naturalmente de la mejor complexión, pues su estómago era evidentemente malo. En efecto, como dice en el libro 5 de De Sanitate tuenda, difícilmente se pensará que un médico cuida mucho la salud de otros si descuida la suya propia. Asclepíades se jactaba aún más que esto; pues decía que había pactado con la fortuna no ser tenido por médico si podía decirse que había estado enfermo desde que empezó a ejercer la medicina hasta su vejez, a la que llegó vigoroso en todos sus miembros y victorioso sobre la fortuna; hasta que finalmente el viejo caballero, por desgracia, cayó desde lo alto de una escalera mal apuntalada y podrida, y así fue su final.

Si por algún infortunio la salud se ha alejado de sus mercedes hacia la derecha o la izquierda, arriba o abajo, delante o detrás, dentro o fuera, cerca o lejos, de este lado o del otro, dondequiera que esté, que puedan ustedes, con la ayuda del Señor, encontrarla de inmediato. Una vez hallada, reclámenla, tómela y asegúrenla al instante. La ley lo permite; el rey así lo quiere; es más, cuentan con mi consejo para ello. Ni más ni menos que como los legisladores de antaño facultaban plenamente a un amo para reclamar y retener a su siervo fugitivo dondequiera que se encontrara. Por todos los santos, ¿no está escrito y garantizado por las antiguas costumbres de este noble, tan rico y floreciente reino de Francia, que el muerto retiene al vivo? Vean lo que ha declarado recientemente al respecto ese sabio, cortés, humano y justo jurista, Andrés Tiraqueau, uno de los jueces en la honorable corte del Parlamento de París. La salud es nuestra vida, como sabiamente dijo Arifrón el Sicionio; sin salud la vida no es vida, no es vida viviente: abios bios, bios abiotos. Sin salud la vida es solo languidez y una imagen de la muerte. Por tanto, ustedes que carecen de salud, es decir, que están muertos, retengan al vivo; asegúrense la vida, es decir, la salud.

Tengo esta esperanza en el Señor, que escuchará nuestras súplicas, considerando con cuánta fe y celo oramos, y que nos concederá este deseo nuestro porque es moderado y sencillo. La mediocridad era considerada por los antiguos sabios como dorada, es decir, preciosa, alabada por todos los hombres y apreciada en todos los lugares. Lean la Sagrada Biblia y verán que las oraciones de quienes pidieron con moderación nunca quedaron sin respuesta. Por ejemplo, el pequeño y apuesto Zaqueo, cuyo cuerpo y reliquias los monjes de San Ajo, cerca de Orleans, dicen poseer, y le llaman San Silvano; él solo deseó ver a nuestro bendito Salvador cerca de Jerusalén. No era más que un pequeño deseo, y nada más de lo que cualquiera entonces podía pretender. Pero, ¡ay!, era de baja estatura; y uno tan diminuto, entre la multitud, no podía ni siquiera echarle un vistazo. Así que se estira, se pone de puntillas, se esfuerza y se mueve, empuja y se abre paso, y con mucho trabajo trepa a un sicómoro. Entonces, el Señor, que conocía su sincero afecto, se presentó ante su vista, y no solo fue visto por él, sino también escuchado; es más, fue a su casa y bendijo a su familia.

Uno de los hijos de los profetas en Israel, cortando leña cerca del río Jordán, perdió el hacha, que se desprendió del mango y cayó al fondo del río; así que oró para recuperarla (no era más que un pequeño deseo, fíjense bien), y teniendo una fe firme, no arrojó el hacha tras el mango, como algunos espíritus de contradicción dicen a modo de escandaloso error, sino el mango tras el hacha, como todos ustedes bien saben. De inmediato se vieron dos grandes milagros: el hacha salió del fondo del agua y se unió a su viejo compañero, el mango. Ahora bien, si hubiera deseado subir al cielo en un carro de fuego como Elías, multiplicar su descendencia como Abraham, ser tan rico como Job, fuerte como Sansón y hermoso como Absalón, ¿creen que lo habría conseguido? En verdad, amigos míos, lo dudo mucho.

Ahora que hablo de deseos moderados en cuestión de hachas (pero óiganme bien, asegúrense de no olvidar cuándo debemos beber), les contaré lo que está escrito entre las apologías del sabio Esopo el Francés. Me refiero al frigio y troyano, como lo presenta Máximo Planudes; de cuyo pueblo, según los más fieles cronistas, descienden los nobles franceses. Eliano escribe que era de Tracia y Agatías, siguiendo a Heródoto, que era de Samos; para Francisco, es lo mismo.

En su tiempo vivía un pobre y honrado campesino de Gravot, llamado Tomás Biencolgado, leñador de oficio, que en ese humilde trabajo apenas lograba ganarse la vida. Sucedió que perdió su hacha. Ahora díganme, ¿quién tuvo más motivos para estar afligido que el pobre Tomás? ¡Ay!, toda su hacienda y su vida dependían de su hacha; gracias a ella ganaba muchas buenas monedas de los mejores madereros o comerciantes de leña con quienes trabajaba; por falta de su hacha estaba a punto de morir de hambre; y si la muerte lo hubiera encontrado seis días después sin su hacha, el fiero espectro lo habría segado en un abrir y cerrar de ojos. En tan triste situación comenzó a afligirse mucho y clamó a Júpiter con las más elocuentes oraciones—pues ya saben que la necesidad es madre de la elocuencia. Con los ojos en blanco mirando al cielo, de rodillas, los brazos en alto, los dedos extendidos y la cabeza descubierta, el pobre infeliz no cesaba de gritar, a modo de letanía, en cada repetición de sus súplicas: ¡Mi hacha, señor Júpiter, mi hacha! ¡mi hacha! ¡solo mi hacha, oh Júpiter, o dinero para comprar otra, y nada más! ¡ay, mi pobre hacha!

Júpiter estaba entonces celebrando un gran consejo sobre ciertos asuntos urgentes, y la vieja madre Cibeles estaba dando su opinión, o, si lo prefieren, era el joven Febo el galán; pero, en fin, los gritos y lamentos de Tomás eran tan fuertes que fueron escuchados con no poca sorpresa en la mesa del consejo, por todo el consistorio de los dioses. ¿Qué demonios tenemos ahí abajo, dijo Júpiter, que aúlla tan horriblemente? Por el barro del Estigia, ¿acaso no hemos tenido siempre, y no tenemos aún aquí, suficiente trabajo para arreglar un mundo de endiablados y enrevesados asuntos importantes? Hemos puesto fin a la disputa entre Prestán, rey de Persia, y Solimán el emperador turco, hemos cerrado los pasos entre los tártaros y los moscovitas; respondido a la petición del xerife; hecho lo mismo con la de los rayos de Golgots; el estado de Parma despachado; lo mismo que el de Maidenburgo, el de Mirandola y el de África, esa ciudad en el Mediterráneo que llamamos Afrodisio; Trípoli, por descuido, tiene un nuevo amo; le llegó su hora.

Aquí están los gascones maldiciendo y jurando, exigiendo la restitución de sus campanas.

En aquel rincón están los sajones, orientales, ostrogodos y alemanes, naciones antes invencibles, pero ahora sometidas, frenadas, dominadas y reducidas por un insignificante y diminuto lisiado; nos piden venganza, socorro, la restitución de su antiguo buen juicio y libertad de antaño.

¿Pero qué haremos con ese tal Ramus y ese Galland, maldita sea, que, rodeados de una turba de sus pinches, granujas, becarios, fiadores y estipuladores, han puesto de cabeza a toda la universidad de París? Me encuentro en un triste dilema y, por más que lo intento, no logro decidir de qué lado ponerme.

Ambos me parecen sujetos notables, y tan auténticos como cualquiera que haya orinado. Uno tiene escudos de oro, digo, finos y pesados; el otro también quisiera tener algunos. Uno sabe algo; el otro no es ningún tonto. Uno aprecia a los hombres de bien; el otro es apreciado por ellos. Uno es un viejo zorro astuto; el otro, con lengua y pluma, diente y uña, arremete contra los antiguos oradores y filósofos, y les ladra como un perro.

¿Qué opinas tú al respecto, dime, lascivo Príapo? Ya antes he encontrado acertados tus consejos, et habet tua mentula mentem.

Rey Júpiter, respondió Príapo, poniéndose de pie y quitándose la capucha, dejando al descubierto su hocico, erguido, ardiente y rígido, ya que comparas a uno con un perro ladrador y al otro con el astuto zorro Reineke, mi consejo es, con el debido respeto, que sin mortificarte ni romperte más la cabeza por ellos, sin más preámbulos, los trates a ambos como en otros tiempos trataste al perro y al zorro. ¿Cómo? preguntó Júpiter; ¿cuándo? ¿quiénes eran? ¿dónde fue? ¡Tienes una memoria prodigiosa, por lo que veo! replicó Príapo. Este venerable padre Baco, a quien aquí vemos cabeceando con su rostro carmesí, para vengarse de los tebanos consiguió un zorro encantado, que, hiciera el daño que hiciera, nunca podía ser atrapado ni dañado por bestia alguna con cabeza.

El noble Vulcano, aquí presente, había forjado un perro de bronce monesio y, tras mucho soplar y resoplar, le infundió el espíritu de la vida; se lo dio a ti, tú se lo diste a tu querida Europa, Europa se lo dio a Minos, Minos a Procris, Procris a Céfalo. También era de la estirpe de las hadas; así que, como los abogados de nuestra época, era superior a todas las demás criaturas; nada podía escapar del perro. ¿Y quiénes debían encontrarse sino estos dos? ¿Qué crees que hicieron? El destino del perro era atrapar al zorro, y el del zorro, no dejarse atrapar.

El caso fue presentado ante tu consejo: protestaste que no actuarías contra los hados; y los hados eran contradictorios. En resumen, el resultado fue que reconciliar dos contradicciones era imposible en la naturaleza. Tal angustia te hizo sudar; algunas gotas cayeron a la tierra y produjeron lo que los mortales llaman coliflores. Todo nuestro noble consistorio, por falta de una resolución categórica, fue presa de una sed tan horrible, que en esa sesión se bebieron más de setenta y ocho toneles de néctar. Finalmente seguiste mi consejo y los transformaste en piedras; e inmediatamente te libraste de tu perplejidad, y se proclamó una tregua con la sed en este vasto Olimpo. Esto fue en el año de los bacalaos flácidos, cerca de Teumeso, entre Tebas y Calcis.

De este modo, opino que deberías petrificar a este perro y a este zorro. La metamorfosis no será incongruente; pues ambos llevan el nombre de Pedro. Y porque, según el proverbio limosín, para hacer la boca de un horno se necesitan tres piedras, puedes asociarlos con el maestro Pedro du Coignet, a quien antes petrificaste por la misma causa. Luego, esos tres cuerpos inertes serán colocados en un triángulo equilátero en algún lugar del gran templo de París—en medio del pórtico, si así lo deseas—para que hagan las veces de apagadores, y con sus narices apaguen las velas, antorchas, cirios y hachones encendidos; ya que, en vida, siempre encendían, como testículos, el fuego de la facción, la división, las sectas testiculares y las disputas entre esos ociosos barbilampiños, los estudiantes. Y esto será un monumento eterno para mostrar que esos pedantes enclenques y engreídos, fabricantes de testículos, fueron más despreciados que condenados por ti. Dixi, he dicho lo que tenía que decir.

Eres demasiado benévolo con ellos, dijo Júpiter, por lo que veo, señor Príapo. No sueles ser tan amable con todos, déjame decirte; pues como buscan eternizar sus nombres, sería mucho mejor para ellos ser convertidos así en piedras duras que volver a la tierra y la putrefacción. Pero pasemos a otros asuntos. Allá detrás de nosotros, hacia el mar de Toscana y las cercanías del monte Apenino, ¿ves qué tragedias provocan ciertos prepotentes eclesiásticos? Este arrebato durará su tiempo, como los hornos limosines, y luego se enfriará, pero no tan rápido.

Nos divertiremos bastante con ello; pero preveo un inconveniente: me parece que tenemos poca munición de truenos desde que ustedes, mis compañeros dioses, por diversión la gastaron bombardeando la nueva Antioquía, con mi permiso particular; como después, siguiendo su ejemplo, los valientes campeones que se propusieron defender la fortaleza de Dindenarois contra todos, malgastaron su pólvora disparando a los gorriones, y luego, al no tener con qué defenderse en el momento necesario, se rindieron valientemente al enemigo, que ya estaba recogiendo sus bártulos, lleno de rabia y desesperación, pensando solo en una retirada vergonzosa. Cuida que esto se remedie, hijo Vulcano; despierta a tus perezosos Cíclopes, Astérope, Brontes, Arges, Polifemo, Estérope, Piracmón, y demás, ponlos a trabajar y haz que beban como corresponde.

Nunca escatimes licor a quienes están en faena ardiente. Ahora despachemos a ese gritón de abajo. Tú, Mercurio, ve a ver quién es y qué quiere. Mercurio se asomó por la trampilla del cielo, por donde, según me cuentan, oyen lo que se dice aquí abajo. Por cierto, bien podría confundirse con la escotilla de un barco; aunque Icaromenipo dijo que era como la boca de un pozo. El dios de los pies ligeros vio que era el buen Tomás, que pedía su hacha perdida; y así lo informó al sínodo. Vaya, dijo Júpiter, estamos bien servidos, como si no tuviéramos otra cosa que hacer aquí que devolver hachas perdidas. Bueno, pues que la recupere, porque así está escrito en el Libro del Destino (¿oyen?), como si valiera todo el ducado de Milán. La verdad es que el hacha de ese hombre le es tan valiosa como un reino a un rey. Vamos, no hablemos más del asunto; que recupere su hacha.

Ahora, pongamos fin a la disputa entre los levitas y los cazadores de topos de Landerousse. ¿En qué estábamos? Príapo estaba de pie en la esquina de la chimenea y, tras oír lo que Mercurio había informado, dijo de la manera más cortés y jovial: Rey Júpiter, mientras por tu orden y favor especial fui jardinero general en la tierra, observé que la palabra hacha es equívoca para muchas cosas; pues significa cierto instrumento con el que los hombres talan y parten madera. También significa (al menos antes lo significaba) a una mujer que recibe con frecuencia y energía el golpeteo, empuje, cosquilleo y meneo. Así noté que todo gallo de pelea solía llamar a su querida su hacha; porque con esa misma herramienta (dijo esto sacando y mostrando su martillo de nueve pulgadas) tan fuerte y resueltamente empujan y clavan sus mangos, que las mujeres quedan libres de un temor epidémico entre su sexo, a saber, que desde el fondo del vientre masculino el instrumento cuelgue hasta el talón por falta de tales apoyos femeninos. Y recuerdo, porque tengo un miembro, y también memoria, sí, y una buena memoria, lo bastante grande para llenar un barril de mantequilla; recuerdo, digo, que un día de tubilustre (fiesta del cuerno) en las festividades del buen Vulcano en mayo, oí a Josquin Des Prez, Olkegan, Hobrecht, Agricola, Brumel, Camelin, Vigoris, De la Fage, Bruyer, Prioris, Seguin, De la Rue, Midy, Moulu, Mouton, Gascogne, Loyset, Compere, Penet, Fevin, Rousee, Richard Fort, Rousseau, Consilion, Constantio Festi, Jacquet Bercan, cantar melodiosamente la siguiente copla en un agradable prado:

Largo Juan fue a la cama con su novia, Y puso un mazo a su lado: ¿Para qué es ese mazo, Juan? dice ella. ¡Pues para calzarte bien, responde él. ¡Ay! exclamó ella, el hombre es un tonto: ¿Para qué usar una herramienta de madera? Cuando el fogoso Juan viene a mí, Nunca empuja sino con su trasero.

Nueve Olimpiadas y un año intercalar después (tengo un miembro prodigioso, quiero decir memoria; pero a menudo confundo esos dos términos en la simbolización y la conexión), oí a Adrian Villart, Gombert, Janequin, Arcadet, Claudin, Certon, Manchicourt, Auxerre, Villiers, Sandrin, Sohier, Hesdin, Morales, Passereau, Maille, Maillart, Jacotin, Heurteur, Verdelot, Carpentras, L’Heritier, Cadeac, Doublet, Vermont, Bouteiller, Lupi, Pagnier, Millet, Du Moulin, Alaire, Maraut, Morpain, Gendre y otros alegres amantes de la música, en un jardín privado, bajo unos hermosos árboles sombríos, alrededor de una fortaleza de garrafas, jamones, pasteles, con varias codornices en salsa y cordero aderezado, cantar con picardía:

Así como las herramientas sin sus mangos son madera inútil, y las hachas sin astiles forman parte de esa categoría; para que una pueda encajar en la otra y hacer juego, yo seré el astil y tú serás la hacha.

Ahora quisiera saber qué clase de hacha quiere este Tom gritón. Esto hizo que todos los venerables dioses y diosas estallaran en carcajadas, como un enjambre de moscas; e incluso hizo que el cojo Vulcano saltara y brincara suavemente tres o cuatro veces por amor a su querida. Vamos, vamos, dijo Júpiter a Mercurio, baja inmediatamente y arroja a los pies del pobre hombre tres hachas: la suya, otra de oro y una tercera de plata maciza, todas del mismo tamaño; luego, dejando que él elija la que quiera, si toma la suya y se conforma con ella, dale las otras dos; si toma otra, córtale la cabeza con la suya propia; y de ahora en adelante, trata así a todos los que pierdan hachas. Dicho esto, Júpiter, con un torpe giro de cabeza, como un mono tragando píldoras, hizo una mueca tan espantosa que todo el vasto Olimpo volvió a temblar. El mensajero de los dioses, gracias a su sombrero de ala estrecha y baja copa, su penacho de plumas, sus taloneras y su bastón de correr con alas de paloma, se lanzó por la puerta del cielo, atravesó los desiertos ociosos del aire y, en un instante, descendió ágilmente a la tierra, arrojando a los pies del amigo Tom las tres hachas, diciéndole: Ya has gritado bastante como para quedarte seco; tus ruegos y peticiones han sido concedidos por Júpiter: mira cuál de estas tres es tu hacha y llévatela contigo. Biencolgado levanta la hacha de oro, la observa y la encuentra muy pesada; luego, mirando a Mercurio, exclama: ¡Por todos los santos, esta no es la mía; no la quiero! Lo mismo hizo con la de plata, y dijo: Tampoco es esta, pueden llevárselas de nuevo. Por fin toma su propia hacha, examina el extremo del astil y encuentra su marca allí; entonces, embargado de alegría, como un zorro que encuentra aves de corral rezagadas, y sonriendo desde la punta de la nariz, gritó: Por la misa, esta sí es mi hacha, señor dios; si me la dejas, te sacrificaré una muy buena y enorme olla de leche rebosante, cubierta de fresas frescas, el próximo idus de mayo.

Buen hombre, dijo Mercurio, te la dejo; tómala; y porque has deseado y elegido con moderación en cuanto a hachas, por orden de Júpiter te doy estas otras dos; ahora tienes con qué hacerte rico: sé honesto. El honesto Tom dio a Mercurio un carro lleno de agradecimientos y reverenció al gran Júpiter. Su vieja hacha la sujetó firmemente a su cinturón de cuero y se la ciñó sobre las posaderas como Martín de Cambrai; las otras dos, siendo más pesadas, las cargó al hombro. Así siguió su camino, cruzando los campos, manteniendo buen semblante entre sus vecinos y compañeros de parroquia, con algún dicho alegre al estilo de Patelin. Al día siguiente, tras ponerse una chaqueta blanca y limpia, tomó las dos preciosas hachas y fue a Chinon, la famosa ciudad, noble ciudad, antigua ciudad, sí, la primera ciudad del mundo, según el juicio y afirmación de los más eruditos masoretas. En Chinon cambió su hacha de plata por finos testones, coronas y otras monedas blancas; su hacha de oro por ángeles, ducados curiosos, sólidos ridders, spankers y rose-nobles; luego con ellas compró una buena cantidad de granjas, graneros, casas, dependencias, casas de techo de paja, establos, prados, huertos, campos, viñedos, bosques, tierras de labranza, pastos, estanques, molinos, jardines, viveros, bueyes, vacas, ovejas, cabras, cerdos, asnos, caballos, gallinas, gallos, capones, pollos, gansos, gansos machos, patos, patos machos, y un mundo de otras necesidades, y en poco tiempo se convirtió en el hombre más rico del país, incluso más rico que el cojo avaro Maulevrier. Sus hermanos campesinos y los demás labriegos y aldeanos de los alrededores, al ver su buena fortuna, no salían de su asombro, tanto que su anterior compasión por el pobre Tom pronto se transformó en envidia por su tan grande e inesperado ascenso; y como no podían imaginar cómo había sucedido, se dedicaron a investigar por todas partes, a unir sus cabezas, a preguntar, buscar e informarse por qué medios, en qué lugar, en qué día, a qué hora, cómo, por qué y para qué había conseguido tal tesoro.

Por fin, al enterarse de que fue por perder su hacha, ¡Ja, ja! dijeron, ¿acaso no hay más que perder una hacha para hacernos ricos? Silencio con eso; es tan fácil como orinarse en la cama, y cuesta poco. ¿Son acaso en este tiempo las revoluciones de los cielos, las constelaciones del firmamento y los aspectos de los planetas tales, que quien pierda una hacha se hará rico de inmediato? ¡Ja, ja, ja! Por Júpiter, tú también vas a perderte, si te place, querida hacha mía. Dicho esto, todos perdieron sus hachas sin más. Ni uno solo quedó con hacha; no era hijo de su madre quien no perdió la suya. Ya no se talaba ni partía leña en aquel país por falta de hachas. Es más, la apología esópica incluso dice que ciertos pequeños hidalgos rurales de baja estofa, que habían vendido a Biencolgado su pequeño molino y su pequeño campo para poder lucirse en la próxima revista, al enterarse de que su tesoro le había llegado solo por ese medio, vendieron el único distintivo de su hidalguía, sus espadas, para comprar hachas y perderlas, como los tontos palurdos, con la esperanza de ganar mucho dinero con esa pérdida.

Uno habría jurado que eran como esos pequeños usureros espirituales, rumbo a Roma, vendiendo todo lo que tienen y pidiendo prestado a otros, para comprar un montón de bulas, una ganga de un papa recién elegido.

Entonces clamaban y bramaban, rezaban y gritaban, lamentándose e invocando a Júpiter: ¡Mi hacha! ¡mi hacha! ¡Júpiter, mi hacha! de este lado, ¡mi hacha! de aquel lado, ¡mi hacha! ¡Oh, oh, oh, oh, Júpiter, mi hacha! El aire a su alrededor retumbaba con los gritos y aullidos de esos pícaros perdedores de hachas.

Mercurio fue ágil trayéndoles hachas; a cada uno le ofrecía la que había perdido, así como otra de oro y una tercera de plata.

Todos querían la de oro, dando abundantes gracias al gran dador, Júpiter; pero justo en el momento en que se inclinaban para tomarla del suelo, zas, en un instante, Mercurio les cortaba la cabeza, tal como Júpiter había ordenado; y el número de cabezas así cortadas fue exactamente igual al de las hachas perdidas.

Ya ven cómo es esto; ya ven lo que les sucede a quienes, en la sencillez de su corazón, desean y piden con moderación. Tomen ejemplo de esto, todos ustedes, tiburones codiciosos de agua dulce, que desprecian desear algo que no sea por lo menos diez mil libras; y no sigan en adelante deseando descaradamente, como a veces los he oído decir: ¡Quiera Dios que tuviera ahora ciento setenta y ocho millones de oro! ¡Oh, cómo lo disfrutaría! ¡Malditos sean, qué más podría desear un rey, un emperador o un papa? Por eso, en efecto, ven que después de hacer tales esperanzados deseos, todo el bien que les llega es la sarna o la roña, y ni una moneda en los bolsillos para espantar al diablo que los tienta a hacer esos deseos: no más que aquellos dos mendigos, deseadores al estilo de París; uno de los cuales solo deseó tener en buen oro viejo tanto como se ha gastado, comprado y vendido en París, desde sus primeros cimientos hasta hoy; todo ello valorado al precio, venta y tasa del año más caro de todo ese tiempo. ¿Creen que el tipo era tímido? ¿Había comido ciruelas ácidas sin pelar? ¿Tenía los dientes sensibles, díganme? El otro deseó que la iglesia de Nuestra Señora estuviera repleta de agujas de acero, desde el suelo hasta el techo, y tener tantos ducados como pudieran caber en tantas bolsas como pudieran coserse con cada una de esas agujas, hasta que todas estuvieran rotas por la punta o el ojo. ¡Eso sí es desear con saña! ¿Qué piensan de eso? ¿Qué ganaron, según ustedes? Pues por la noche, ambos caballeros tenían los talones agrietados, una sarna en la barbilla, tos de cementerio en los pulmones, catarro en la garganta, un forúnculo enorme en las nalgas, y ni una sola corteza mohosa de pan negro para raspar sus muelas. Así que deseen la mediocridad, y les será dada, y aún más; es decir, siempre que se esfuercen valientemente y hagan su parte mientras tanto.

Sí, pero dirán ustedes, Dios podría haberme dado tan pronto setenta y ocho mil como la decimotercera parte de la mitad; porque es omnipotente, y un millón de oro no es más para él que un centavo. ¡Oh, oh! díganme, ¿quién les enseñó a hablar así de la potencia y predestinación de Dios, pobres ingenuos? Silencio, callen, ¡chitón! póstrense ante su sagrada presencia y reconozcan la nada de su nada.

Sobre esto, oh vosotros que sufrís la aflicción de la gota, fundamento mis esperanzas; creyendo firmemente que, si así lo dispone la divina bondad, obtendréis salud; ya que no deseáis ni pedís otra cosa, al menos por ahora. Bien, aguardad aún un poco más con media onza de paciencia.

Los genoveses no acostumbran, como ustedes, a conformarse solo con desear salud, pues después de haber pasado toda la mañana sumidos en profundas cavilaciones, hablando, ponderando, rumiando y resolviendo en las casas de comercio a quién y cómo podrán exprimir el dinero, y a quién con su astucia deben atrapar, engatusar, engañar, estafar, sobrepasar y timar; van a la bolsa y se saludan unos a otros con un ¡Sanita e guadagno, Messer! ¡salud y ganancia para usted, señor! La salud sola no satisface a esos avaros codiciosos; además deben desear la ganancia, ¡mal rayo los parta! sí, y las lindas coronas, o scudi di Guadaigne; por lo cual, ¡alabado sea el cielo!, sucede muchas veces que los pobres deseosos y anhelantes se quedan chasqueados y no obtienen ni una cosa ni la otra.

Ahora, muchachos, así como esperan buena salud, tosan fuerte una vez con pulmones de cuero; bébanse tres copas generosas; agucen los oídos, y me oirán contar maravillas del noble y buen Pantagruel.

EL LIBRO CUARTO.