Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 4.I.
Capítulo 154 de 266 · 4 min de lectura
Cómo Pantagruel se hizo a la mar para visitar el oráculo de Bacbuc, alias la Santa Botella.
En el mes de junio, en la festividad de Vesta, el mismo día numérico en que Bruto, conquistando España, enseñó a sus engreídos hidalgos a someterse ante él, y aquel avaro miserable Craso fue derrotado y abatido por los partos, Pantagruel se despidió del buen Gargantúa, su real padre. El anciano, conforme a la loable costumbre de los primeros cristianos, oró devotamente por el feliz viaje de su hijo y de toda su compañía, y luego embarcaron en el puerto de Talasa. Pantagruel llevaba consigo a Panurgo, Fray Juan de los Entomeures, alias de los Embudos, Epistemo, Gimnasta, Eustenes, Rizótomo, Carpalín, cum multis aliis, sus antiguos servidores y domésticos; también a Xenómanes, el gran viajero, que había cruzado tantos caminos peligrosos, diques, estanques, mares y demás, y que había llegado algún tiempo antes, habiendo sido llamado por Panurgo.
Por ciertas buenas causas y consideraciones que lo movieron a ello, había dejado con Gargantúa, y señalado en su gran y universal carta hidrográfica, el curso que debían seguir para visitar el Oráculo de la Santa Botella Bacbuc. El número de naves era tal como describí en el tercer libro, escoltadas por igual número de trirremes, navíos de guerra, galeones y falucas, bien aparejadas, calafateadas y provistas de buena cantidad de Pantagruelión.
Todos los oficiales, intérpretes, pilotos, capitanes, contramaestres, guardiamarinas, intendentes y marineros, se reunieron en la Thalamega, la nave insignia principal de Pantagruel, que llevaba en su popa, como enseña, una enorme botella, la mitad de plata bien pulida, la otra mitad de oro esmaltado en carmesí; por lo cual era fácil adivinar que el blanco y el rojo eran los colores de los nobles viajeros, y que iban en busca de la palabra de la Botella.
En la popa de la segunda había un farol como los de los antiguos, hábilmente hecho con piedra diáfana, dando a entender que debían pasar por la Tierra de los Faroles. La tercera nave tenía por divisa una fina jarra de porcelana china. La cuarta, una jarra de dos asas de oro, muy parecida a una urna antigua. La quinta, una famosa jarra hecha de esperma de esmeralda. La sexta, una botella de fraile hecha de los cuatro metales juntos. La séptima, un embudo de ébano, todo repujado y trabajado en oro al modo tauquio. La octava, una copa de hiedra, muy preciosa, incrustada de oro. La novena, una copa de fino oro Obriz. La décima, un vaso de agalocha aromática (lo llaman lignum aloes) ribeteado de oro chipriota, al estilo azemino. La undécima, una cuba de vid de oro mosaico. La duodécima, un barrilito de oro sin pulir, cubierto con una pequeña vid de grandes perlas indias en labor topiaria. De modo que no había hombre, por mustio, agrio o melancólico que fuera, ni siquiera exceptuando al llorón de Heráclito, si hubiera estado allí, que al ver tan noble convoy de naves y sus divisas, no se sintiera invadido de alegría y, sonriendo ante la ocurrencia, dijera que los viajeros eran todos honrados bebedores, auténticos hombres de jarra, y juzgara con segura predicción que su viaje, tanto de ida como de regreso, se realizaría en alegría y perfecta salud.
En la Thalamega, donde fue la reunión general, Pantagruel pronunció una breve pero dulce exhortación, totalmente respaldada por autoridades de la Escritura sobre la navegación; terminada ésta, se rezaron oraciones en voz alta en presencia y audición de todos los burgueses de Talasa, que se habían congregado en el muelle para verlos embarcar. Tras las oraciones, se cantó melodiosamente un salmo del santo rey David, que comienza: Cuando Israel salió de Egipto; y, concluido éste, se colocaron mesas en la cubierta y se sirvió rápidamente un banquete. Los talasianos, que también habían hecho coro en el salmo, hicieron traer abundante comida de sus casas. Todos brindaron por ellos; ellos brindaron por todos; lo cual fue la causa de que ninguno de toda la compañía devolviera lo comido, ni sufriera mareo de mar, con dolor de cabeza o estómago; inconveniente que no habrían podido evitar tan fácilmente bebiendo, algún tiempo antes, agua salada, sola o mezclada con vino; usando membrillos, corteza de cidra, jugo de granadas, dulces agridulces, ayunando largo tiempo, cubriéndose el estómago con papel, o siguiendo otros remedios ociosos que los médicos necios prescriben a quienes van al mar.
Habiendo renovado a menudo sus libaciones, cada hijo de su madre se retiró a bordo de su propia nave, y zarparon todos con alegre viento del sudeste; hacia ese punto de la brújula había trazado su rumbo el piloto principal, llamado Jaime Brayer, y dispuesto todo en consecuencia. Pues viendo que el Oráculo de la Santa Botella se hallaba cerca de Catay, en la India Superior, su consejo, y también el de Xenómanes, fue no seguir el rumbo que usan los portugueses, que navegando por la zona tórrida y el Cabo de Buena Esperanza, en el extremo sur de África, más allá de la línea ecuatorial, y perdiendo de vista el polo norte, su guía, hacen un viaje prodigiosamente largo; sino más bien mantenerse lo más cerca posible del paralelo de la mencionada India, y virar hacia el oeste de dicho polo, de modo que, rodeando por el norte, se encontraran en la latitud del puerto de Olona, sin acercarse demasiado por temor a quedar atrapados en el mar helado; mientras que, siguiendo este giro canónico, por el citado paralelo, tendrían a la derecha, hacia el este, lo que al partir estaba a su izquierda.
Esto resultó ser un atajo mucho más corto; pues sin naufragios, peligros ni pérdida de hombres, con ininterrumpido buen tiempo, salvo un día cerca de la isla de los Macreones, realizaron en menos de cuatro meses el viaje a la India Superior, que los portugueses, con mil inconvenientes e innumerables peligros, apenas logran completar en tres años. Y es mi opinión, con sumisión a mejores juicios, que tal vez este rumbo fue seguido por aquellos indios que navegaron hasta Germania, y fueron honrosamente recibidos por el rey de los suecos, mientras Quinto Metelo Celer era procónsul de las Galias; como nos cuentan Cornelio Nepote, Pomponio Mela y Plinio después de ellos.



