Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 4.XII.
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Cómo Pantagruel pasó por la tierra de los Chicaneros, y del extraño modo de vida entre los Corchetes.
Al día siguiente, continuando nuestro rumbo, atravesamos Chicanería, un país todo borroso y manchado, de tal modo que apenas podía entender de qué se trataba. Allí vimos algunos chicaneros y corchetes, bribones que colgarían a su propio padre por un ochavo. No nos invitaron ni a comer ni a beber; pero, con una larga serie de reverencias y zalamerías, dijeron que estaban todos a nuestro servicio por el Legem pone.
Uno de nuestros intérpretes le contó a Pantagruel su extraño modo de vida, diametralmente opuesto al de nuestros modernos romanos; pues en Roma, mucha gente se gana la vida honestamente envenenando, apaleando, moliendo a palos, acuchillando y asesinando; pero los corchetes ganan la suya siendo apaleados; de modo que si pasan mucho tiempo sin una buena paliza, los pobres diablos, junto con sus esposas e hijos, se morirían de hambre. Esto es igual —dijo Panurgo— que aquellos que, según cuenta Galeno, no pueden levantar el nervio cavernoso hacia el círculo ecuatorial si no es recibiendo una buena azotaina. Por la sandalia de San Patricio, quien me azotara así, en vez de ponerme en mi sitio, pronto me tiraría de la silla, ¡por el diablo!
El modo es este —dijo el intérprete—. Cuando un monje, levita, usurero avaro o abogado le guarda rencor a algún caballero vecino, le envía uno de esos corchetes o alguaciles, quien lo atrapa, o al menos lo cita, le entrega una orden o mandato, lo golpea, insulta y afrenta impúdicamente por instinto natural y siguiendo sus piadosas instrucciones; de modo que, si el caballero tiene algo de agallas en la cabeza y no es más tonto que una rana girina, se verá obligado a aplicarle un leño o su espada en la cabeza al bellaco, darle un buen azote, o hacerlo saltar por la ventana a modo de corrección. Hecho esto, el corchete es rico por lo menos durante cuatro meses, como si las palizas fueran su verdadera cosecha; pues el monje, levita, usurero o abogado lo recompensará generosamente; y mi caballero tendrá que pagarle tales daños y perjuicios que sus tierras sangrarán por ello, y correrá el riesgo de pudrirse miserablemente en una coraza de piedra, como si hubiera golpeado al rey.
Dijo Panurgo: Conozco un excelente remedio contra esto que usaba el señor de Basche. ¿Cuál es? —preguntó Pantagruel—. El señor de Basche —dijo Panurgo— era un caballero valiente, honesto y de noble espíritu, que, al regresar de la larga guerra en la que el duque de Ferrara, con ayuda de los franceses, se defendió valientemente de la furia del papa Julio Segundo, era citado, advertido y perseguido cada día, por capricho y diversión del gordo prior de San Louant.
Una mañana, mientras desayunaba con algunos de sus criados (pues gustaba de estar a veces entre ellos), mandó llamar a Loire, su panadero, y a su esposa, y a Oudart, el vicario de su parroquia, que también era su mayordomo, como era costumbre entonces en Francia; luego les dijo, delante de sus gentileshombres y otros sirvientes: Ya ven cómo a diario me fastidian esos corchetes bribones. En verdad, si no me ayudan, estoy resuelto a dejar el país y marcharme a pelear por el sultán, o por el diablo, antes que ser eternamente molestado así. Por tanto, para librarme de sus malditas visitas, en adelante, cuando alguno de ellos venga aquí, estén listos, tú, panadero, y tu esposa, para presentarse en mi gran salón, con sus trajes de boda, como si fueran a desposarse. Tomen estos ducados, que les doy para que se mantengan bien vestidos. En cuanto a usted, señor Oudart, asegúrese de presentarse allí con su buena sobrepelliz y estola, sin olvidar el agua bendita, como si fuera a casarlos. Usted también, Trudón —le dijo a su tamborilero—, esté allí con su flauta y tamboril. Se debe leer la fórmula matrimonial y besar a la novia; luego todos ustedes, como acostumbran los testigos en este país, se darán mutuamente el recuerdo de la boda, que ya saben es un golpe con el puño, recordando al golpeado las nupcias con esa señal. Esto solo les abrirá más el apetito para la cena; pero cuando llegue el turno del corchete, azótenlo tres veces y tres más, como si fuera un haz de trigo verde; no lo perdonen; denle duro, apaleen, muelan, denle una buena tunda, se los ruego. Aquí tienen estos guanteletes de acero, forrados de cabritilla. Cabeza, espalda, vientre y costados, denle golpes sin número; quien le dé más, será mi mejor amigo. No teman que les pidan cuentas por ello; yo los respaldaré; pues los golpes deben parecer dados en broma, como es costumbre entre nosotros en todas las bodas.
—Pero, ¿cómo sabremos quién es el corchete? —dijo el hombre de Dios—. A diario viene todo tipo de gente a este castillo. —De eso ya me ocupé yo —respondió el señor—. Cuando algún sujeto, ya sea a pie o en una mala cabalgadura, con un gran anillo de plata en el pulgar, llegue a la puerta, sin duda es un corchete; el portero, tras dejarlo entrar cortésmente, tocará la campana; entonces estén todos listos y vayan al salón para representar la tragi-comedia cuyo argumento acabo de trazarles.
Aquel mismo día, por casualidad, llegó un viejo corchete gordo y rubicundo. Tras llamar a la puerta y luego orinar, como hacen la mayoría de los hombres, el portero lo reconoció enseguida por sus grandes polainas grasientas, su yegua flaca y desfondada, su bolsa llena de mandamientos y citaciones colgando del cinto, pero, sobre todo, por el gran aro de plata en su pulgar izquierdo.
El portero fue amable con él, lo dejó entrar cortésmente y tocó la campana con brío. Apenas el panadero y su esposa la oyeron, se pusieron sus mejores galas y se presentaron en el salón, guardando la gravedad de un juez recién nombrado. El dominico se puso la sobrepelliz y la estola, y al salir de su despacho, se encontró con el corchete, lo llevó adentro y le hizo chuparle la cara un buen rato, mientras todos se ponían los guanteletes; luego le dijo: Llegas justo a tiempo; mi señor está de buen humor. Pronto festejaremos como reyes; aquí habrá grandes cosas; tenemos una boda en la casa; bebe y anímate; adelante.
Mientras estos dos estaban en plena faena, Basche, viendo a toda su gente en el salón con su atuendo correspondiente, mandó llamar al vicario. Oudart llegó con el hisopo, seguido del corchete, quien, al entrar en el salón, no olvidó hacer un buen número de torpes reverencias, y luego entregó a Basche una citación. Basche le respondió con otra mueca, le deslizó un ángel en la mano y le pidió que asistiera al contrato y la ceremonia; lo cual hizo. Terminada esta, comenzaron los golpes y puñetazos entre los asistentes; pero cuando llegó el turno del corchete, todos lo apalearon tan despiadadamente con sus guanteletes que al final lo dejaron aturdido y maltrecho, magullado y molido, con un ojo morado, ocho costillas lastimadas, el pecho hundido, las escápulas hechas trizas, la mandíbula inferior en tres pedazos; y todo esto en broma, sin daño alguno. Dios sabe cómo el levita lo aporreó, ocultando dentro de la manga larga de su camisa canónica su enorme guantelete de acero forrado de armiño; pues era un tipo fornido y un viejo zorro en las peleas. El corchete, todo a rayas como un tigre sangriento, logró arrastrarse hasta L’Isle Bouchart, contento y edificado, sin embargo, por la amable acogida de Basche; y, con la ayuda de los buenos cirujanos del lugar, vivió tanto como quisieron. Desde entonces hasta hoy, no se volvió a hablar del asunto; el recuerdo se perdió con el tañido de las campanas que sonaron de alegría en su funeral.



