Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 1.X.

Capítulo 17 de 266 · 5 min de lectura

De lo que significan los colores blanco y azul.

El blanco, por lo tanto, significa alegría, consuelo y regocijo, y esto no al azar, sino por razones justas y muy fundadas: lo cual podrán comprobar si, dejando de lado toda afección prejuiciada, se dignan escuchar lo que a continuación les expondré.

Aristóteles dice que, suponiendo dos cosas contrarias en su género, como el bien y el mal, la virtud y el vicio, el calor y el frío, el blanco y el negro, el placer y el dolor, la alegría y la tristeza,—y así con otros,—si se las empareja de tal modo que el contrario de un género concuerde en razón con el contrario del otro, debe seguirse por consecuencia que el otro contrario corresponda al opuesto restante con el que se le compara. Por ejemplo, la virtud y el vicio son contrarios en un género, así como el bien y el mal. Si uno de los contrarios del primer género es consonante con uno de los del segundo, como la virtud y la bondad, pues es claro que la virtud es buena, entonces los otros dos contrarios, que son el mal y el vicio, tendrán la misma conexión, pues el vicio es malo.

Entendida esta regla lógica, tomen estos dos contrarios, alegría y tristeza; luego estos otros dos, blanco y negro, pues son físicamente contrarios. Si es así, entonces, que el negro significa aflicción, con justa razón el blanco debe significar alegría. Y esta significación no ha sido instituida por imposición humana, sino recibida por el consentimiento universal del mundo, que los filósofos llaman Jus Gentium, el Derecho de Gentes, o un derecho de fuerza incontrastable en todos los países. Pues bien saben que todos los pueblos, y todas las lenguas y naciones, excepto los antiguos siracusanos y ciertos argivos, que tenían ánimos contrarios y rebeldes, cuando quieren dar testimonio exterior de su dolor, visten de negro; y todo luto se hace con negro. Este consentimiento general no carece de argumento y razón en la naturaleza, lo que cualquiera puede comprender por sí mismo muy rápidamente, sin instrucción alguna—y a esto llamamos ley natural. Por la misma virtud del instinto natural sabemos que por el blanco todo el mundo ha entendido alegría, regocijo, júbilo, placer y deleite. En tiempos antiguos los tracios y cretenses marcaban sus días buenos, propicios y afortunados con piedras blancas, y los tristes, lúgubres y desafortunados con negras. ¿Acaso la noche no es luctuosa, triste y melancólica? Es negra y oscura por la privación de la luz. ¿No reconforta la luz a todo el mundo? Y es más blanca que cualquier otra cosa. Para probarlo, podría remitirlos al libro de Laurencio Valla contra Bartolo; pero espero que un testimonio evangélico les baste. En Mateo 17 se dice que, en la transfiguración de nuestro Señor, Vestimenta ejus facta sunt alba sicut lux, sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. Con esa blancura luminosa dio a entender a sus tres apóstoles la idea y figura de los gozos eternos; porque por la luz todos los hombres son consolados, según la palabra de la anciana, que aunque no tenía un diente en la boca, solía decir, Bona lux. Y Tobías, cap. 5, después de haber perdido la vista, cuando Rafael lo saludó, respondió: ¿Qué alegría puedo tener, si no veo la luz del cielo? Con ese color los ángeles testificaron la alegría de todo el mundo en la resurrección de nuestro Salvador, Juan 20, y en su ascensión, Hechos 1. Con igual color de vestidura vio San Juan Evangelista, Apoc. 4.7, a los fieles vestidos en la Jerusalén celestial y bienaventurada.

Lean las historias antiguas, tanto griegas como latinas, y verán que la ciudad de Alba (el primer modelo de Roma) fue fundada y así llamada por razón de una cerda blanca que allí se vio. Igualmente hallarán en esas historias que, cuando algún hombre, después de haber vencido a sus enemigos, debía entrar triunfalmente en Roma por decreto del senado, solía hacerlo en un carro tirado por caballos blancos: lo cual también era costumbre en el triunfo de ovación; pues por ningún signo o color expresaban tan significativamente la alegría de su llegada como por el blanco. Allí también hallarán cómo Pericles, el general de los atenienses, quiso que aquella parte de su ejército a la que le tocaban los frijoles blancos, pasara todo el día en alegría, placer y descanso, mientras los demás combatían. Podría alegar mil otros ejemplos y pasajes a este propósito, pero no es aquí donde debo hacerlo.

Entendiendo esto, podrán resolver un problema que Alejandro Afrodisio consideraba irresoluble: ¿por qué el león, que con solo su rugido y bramido asusta a todas las bestias, teme y huye únicamente de un gallo blanco? Porque, como dice Proclo, en el Libro de Sacrificio y Magia, es porque la presencia de la virtud del sol, que es el órgano y depósito de toda luz terrestre y sideral, se simboliza y concuerda más con un gallo blanco, tanto por ese color como por su propiedad y cualidad específica, que con un león. Dice además que se ha visto a menudo a demonios en forma de leones, que al ver un gallo blanco desaparecían de inmediato. Por esta razón los Galli o Galos (así se llama a los franceses, porque son naturalmente blancos como la leche, que los griegos llaman Gala) gustan de llevar en sus gorros plumas blancas, pues por naturaleza son de disposición cándida, alegres, amables, graciosos y bien queridos, y por su insignia y armas tienen la flor más blanca de todas, la flor de lis o lirio.

Si preguntan cómo, por el blanco, la naturaleza quiere que entendamos alegría y regocijo, respondo que la analogía y uniformidad es la siguiente. Pues así como el blanco dispersa y esparce exteriormente los rayos de la vista, por lo que los espíritus ópticos se disuelven manifiestamente, según la opinión de Aristóteles en sus problemas y tratados de perspectiva; como también pueden percibir por experiencia, cuando cruzan montañas cubiertas de nieve, cómo se quejarán de que no pueden ver bien; como escribe Jenofonte que les ocurrió a sus hombres, y como Galeno lo declara extensamente, lib. 10, de usu partium: así también el corazón, con excesiva alegría, se dilata interiormente y sufre una manifiesta resolución de los espíritus vitales, lo que puede llegar al punto de privarlo de su alimento, y por consecuencia de la vida misma, por este exceso o extremo de regocijo, como dice Galeno, lib. 12, method., lib. 5, de locis affectis, y lib. 2, de symptomatum causis. Y como ha sucedido en tiempos pasados, según testimonian Marco Tulio, lib. 1, Quaest. Tuscul., Verrio, Aristóteles, Tito Livio en su relato de la batalla de Cannas, Plinio, lib. 7, cap. 32 y 34, A. Gelio, lib. 3, c. 15, y muchos otros escritores,—a Diágoras el rodio, Quilón, Sófocles, Dionisio el tirano de Sicilia, Filípides, Filemón, Polícrates, Filistión, M. Juventio y otros que murieron de alegría. Y como dice Avicena, en 2 canon y lib. de virib. cordis, del azafrán, que alegra tanto el corazón que, si se toma en exceso, por una resolución y dilatación superflua lo priva por completo de la vida. Aquí consulten a Alex. Afrodisio, lib. 1, Probl., cap. 19, y eso por una causa. Pero, ¿qué? Parece que he entrado más en este punto de lo que pretendía al principio. Aquí, pues, arriaré velas, remitiendo lo demás a aquel libro mío que trata este asunto en su totalidad. Entretanto, en una palabra les diré, que el azul ciertamente significa el cielo y las cosas celestiales, por los mismos signos y símbolos con que el blanco significa alegría y placer.