Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 1.XI.

Capítulo 18 de 266 · 4 min de lectura

De la edad juvenil de Gargantúa.

Gargantúa, desde los tres hasta los cinco años, fue criado e instruido en toda disciplina conveniente por mandato de su padre; y pasó ese tiempo como los demás niños pequeños del país, es decir, bebiendo, comiendo y durmiendo: comiendo, durmiendo y bebiendo: y durmiendo, bebiendo y comiendo. Siempre se revolcaba y rodaba de un lado a otro en el lodo y la suciedad; se manchaba y ensuciaba la nariz con porquería; se embadurnaba y tiznaba la cara con cualquier cosa asquerosa; pisoteaba sus zapatos por el talón; a las moscas les bostezaba a menudo y corría con mucho entusiasmo tras las mariposas, cuyo imperio pertenecía a su padre. Se orinaba en los zapatos, se hacía en la camisa y se limpiaba la nariz en la manga; dejaba caer sus mocos y babas en la sopa, y chapoteaba, salpicaba y babeaba por todas partes; bebía en su pantufla y habitualmente se frotaba la panza contra una canasta. Se afilaba los dientes con un trompo, se lavaba las manos con el caldo y se peinaba la cabeza con un cuenco. Se sentaba entre dos bancos, con el trasero en el suelo; se cubría con un saco mojado y bebía mientras comía su sopa. A veces comía su pastel sin pan, mordía riendo y reía mordiendo. A menudo escupía en la palangana, soltaba flatulencias por gordura, orinaba contra el sol y se escondía en el agua por miedo a la lluvia. Sacaba chispas del hierro frío, se ponía melancólico y se frotaba y retorcía. Desollaba al zorro, rezaba el padrenuestro del mono, volvía a sus ovejas y llevaba los cerdos al heno. Golpeaba a los perros delante del león, ponía el arado delante de los bueyes y rascaba donde no picaba. Sonsacaba a uno para sacarle algo, apretando todo no retenía nada, y siempre comía primero el pan blanco. Calzaba a los gansos, se hacía cosquillas solo para reírse y era muy útil en la cocina: se burlaba de los dioses, hacía cantar el Magnificat en los maitines y le parecía muy conveniente hacerlo. Comía col y evacuaba betabeles; distinguía las moscas en un plato de leche y las hacía perder las patas. Raspaba papel, manchaba pergamino y luego huía tan rápido como podía. Tiraba del cuero del cabrito o vomitaba la cena, y luego hacía cuentas sin el mesonero. Sacudía los arbustos sin atrapar pájaros, creía que la luna estaba hecha de queso verde y que las vejigas eran linternas. De un costal sacaba dos moliendas o pagos por moler; hacía el papel de asno para conseguir un poco de salvado y de su puño hacía un mazo. Tomaba las grullas al primer salto y quería que las cotas de malla se hicieran eslabón por eslabón. Siempre miraba el diente al caballo regalado, saltaba del gallo al asno y ponía uno maduro entre dos verdes. Robando a Pedro pagaba a Pablo, mantenía la luna lejos de los lobos y esperaba atrapar alondras si alguna vez el cielo caía. Hacía de la necesidad virtud, de tal pan tal sopa, y le daba igual el pelado que el rapado. Cada mañana vomitaba, y los perritos de su padre comían del plato con él y él con ellos. Les mordía las orejas y ellos le rascaban la nariz; él les soplaba en el trasero y ellos le lamían las mejillas.

Pero escuchen, buenos amigos, que el grifo les juegue una mala pasada y les haga girar la cabeza si no prestan atención. Este pequeño lascivo siempre andaba manoseando a sus nodrizas y cuidadoras, de arriba abajo, patas arriba, al revés, harri bourriquet, con un Yacco haick, hyck gio!, tratándolas con rudeza al revolcarlas y zarandearlas para mantenerlas en movimiento; pues ya había comenzado a ejercitar los instrumentos y a poner en práctica su bragueta. Esa bragueta, sus cuidadoras la adornaban cada día con bonitos ramilletes, curiosos rubíes, dulces flores y finos borlones de seda, y muy alegremente pasaban el tiempo tomando ya saben qué entre los dedos y jugueteando con ello, hasta que revivía y se erguía como un supositorio o una magdalena de la calle, que es un ungüento duro enrollado en cuero. Entonces soltaban la risa al verlo levantar las orejas, como si el juego les gustara. Una lo llamaba su pequeño dille, su bastón de amor, su quillety, su faucetin, su dandilolly. Otra, su peen, su alegre kyle, su bableret, su membretoon, su retoño vivaz; otra más, su rama de coral, su adamante femenino, su placket-racket, su cetro chipriota, su joya para damas. Y algunas de las otras mujeres le daban estos nombres: mi bunguetee, mi tapón también, mi rompe-matorrales, mi galante barrena, mi lindo taladro, mi hurón de madriguera, mi pequeño perforador, mi augretine, mis colgantes bamboleantes, directo a ello, firme y robusto, dentro y fuera, mi empujador, mi arreglador, mi palo de puchero, mi dulce flauta, mi lindo pillicock, linky pinky, futilletie, mi vigorosa andouille y chorizo carmesí, mi pequeña couille bredouille, mi lindo bribón, y así sucesivamente. Me pertenece, decía una. Es mío, decía otra. ¿Qué? —decía una tercera— ¿no tendré yo parte en ello? Por mi fe, entonces lo cortaré. Ah, cortarlo, decía la otra, le haría daño. Señora, ¿usted corta las cosas de los niños pequeños? Si se lo cortaran, sería entonces Monsieur sans queue, el amo mutilado. Y para que pudiera jugar y divertirse como los demás niños pequeños del país, le hicieron un molinete de buen tiempo con las aspas del molino de viento de Myrebalais.