Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 4.XIX.
Capítulo 172 de 266 · 3 min de lectura
Qué semblantes mantenían Panurgo y fray Juan durante la tormenta.
Pantagruel, después de invocar primero la ayuda del gran y todopoderoso Libertador, y de orar públicamente con ferviente devoción, se aferró fuertemente al mástil de la nave siguiendo el consejo del piloto. Fray Juan se había despojado hasta quedar en jubón para ayudar a los marineros. Epistemon, Ponócrates y los demás hicieron lo mismo. Solo Panurgo permanecía sentado sobre su trasero en la cubierta, llorando y aullando. Fray Juan lo divisó al pasar por la toldilla y le dijo: ¡Por Dios! Panurgo el becerro, Panurgo el llorón, Panurgo el rebuznador, ¿no te vendría mucho mejor echarnos una mano aquí que estar mugiendo como una vaca, sentado sobre tus piedras como un mandril pelón? Be, be, be, bous, bous, bous, respondió Panurgo; fray Juan, amigo mío, buen padre, ¡me ahogo, querido amigo! ¡Me ahogo! Estoy muerto, mi querido padre en Dios; estoy muerto, amigo mío; ni tu cortante alfanje podrá salvarme de esto; ¡ay, ay! estamos por encima de ela. Fuera de tono, desafinados y desquiciados. Be, be, be, bou, bous. ¡Ay! ahora estamos por encima de sol re ut. Me hundo, me hundo, ay, padre mío, tío mío, todo mío. El agua me ha entrado en los zapatos por el cuello; bous, bous, bous, paish, hu, hu, hu, he, he, he, ha, ha, me ahogo. ¡Ay, ay! Hu, hu, hu, hu, hu, hu, hu, be, be, bous, bous, bobous, bobous, ho, ho, ho, ho, ho, ¡ay, ay! Ahora estoy como esos volatineros, mis pies están más altos que mi cabeza. Ojalá estuviera ahora con esos buenos y santos padres que iban al concilio y que encontramos esta mañana, tan piadosos, tan gordos, tan alegres, tan rollizos y lozanos. Holos, bolos, holas, holas, ¡ay! Esta endiablada ola (mea culpa Deus), quiero decir, esta ola de Dios, va a hundir nuestra nave. ¡Ay! Fray Juan, padre mío, amigo mío, confesión. Aquí estoy de rodillas; confiteor; tu santa bendición. Ven acá y piérdete, diablo lastimoso, y ayúdanos, dijo fray Juan (que empezó a jurar y maldecir como un calderero), en nombre de treinta legiones de diablos negros, ven; ¿quieres venir? No juremos en este momento, dijo Panurgo; santo padre, amigo mío, no jures, te lo ruego; mañana cuanto quieras. Holos, holos, ¡ay! nuestra nave hace agua. Me ahogo, ¡ay, ay! Daré un millón ochocientas mil coronas a quien me ponga en tierra, todo embarrado y manchado como estoy ahora. Si alguna vez hubo un hombre en mi país en semejante aprieto. Confiteor, ¡ay! al menos una palabra de testamento o codicilo. Que mil diablos se lleven al cobarde de corazón de vaca, gritó fray Juan. ¡Por Dios! ¿estás aquí hablando de hacer testamento ahora que estamos en peligro y es preciso que nos movamos con brío, o nunca? ¿Quieres venir, eh, diablo? Contramaestre, amigo mío; oh, el insigne teniente; aquí Gimnasta, aquí en la popa. Por la misa, ya estamos todos cubiertos de porquería; se apagó nuestra luz. Esto va directo al diablo tan rápido como puede. Ay, bou, bou, bou, bou, bou, ay, ay, ay, ay, dijo Panurgo; ¿aquí nacimos para perecer? ¡Oh! ¡oh! buena gente, me ahogo, muero. Consummatum est. Estoy perdido—Magna, gna, gna, dijo fray Juan. Qué feo se ve el aullador sucio. Muchacho, grumete, mira hoyh. Atiende a las bombas o que el diablo te ahogue. ¿Te has lastimado? ¡Por Dios! átalo aquí a uno de estos bloques. De este lado, en nombre del diablo, eh—eso es, muchacho. Ah, fray Juan, dijo Panurgo, buen padre espiritual, querido amigo, no juremos, pecas. Oh, oh, oh, be be be bous, bous, bhous, me hundo, muero, amigos míos. Muero en caridad con todo el mundo. Adiós, in manus. Bohus bohous, bhousowauswaus. ¡San Miguel de Aure! ¡San Nicolás! ahora, ahora o nunca, aquí les hago un voto solemne, y a nuestro Salvador, que si me salvan esta vez, quiero decir, si me ponen a salvo de este peligro, les construiré una linda y grande capillita o dos, entre Quande y Montsoreau, donde ni vaca ni becerro pasten. Oh, oh. Más de dieciocho cubos o dos se me han ido por la garganta; bous, bhous, bhous, bhous, ¡qué endemoniadamente amarga y salada está! Por la virtud, dijo fray Juan, de la sangre, la carne, el vientre, la cabeza, si vuelvo a oírte aullar, perro cornudo, te apalearé peor que cualquier lobo marino. ¡Por Dios! ¿por qué no lo tomamos de las orejas y lo arrojamos al fondo del mar? Oye, marinero; eh, buen hombre. Así, así, amigo mío, sujeta bien arriba. En verdad, hay aquí un triste relámpago y trueno; creo que todos los diablos andan sueltos; es día de fiesta para ellos; o si no, Madame Proserpina está de parto: todos los diablos bailan una morisca.



