Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 4.XXVII.

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Discurso de Pantagruel sobre el fallecimiento de las almas heroicas; y de los terribles prodigios que ocurrieron antes de la muerte del difunto señor de Langey.

No habría querido, continuó Pantagruel, perder la tormenta que así nos ha desordenado, si también hubiera de perder el relato de estas cosas que nos ha contado este buen Macrobio. Tampoco me niego a creer lo que dijo sobre un cometa que aparece en el cielo algunos días antes de tal fallecimiento. Porque algunas de esas almas son tan nobles, tan preciosas y tan heroicas, que el cielo nos avisa de su partida algunos días antes de que suceda. Y así como un médico prudente, al ver por ciertos síntomas que su paciente se acerca al final, avisa con anticipación a su esposa, hijos, parientes y amigos, para que, en el poco tiempo que le queda de vida, puedan aconsejarle que ponga en orden todos los asuntos de su familia, instruya y eduque a sus hijos cuanto pueda, recomiende a su viuda a los amigos en su orfandad, y declare lo que sepa necesario para la provisión de los huérfanos; para que no lo sorprenda la muerte sin haber hecho testamento, y pueda cuidar de su alma y su familia; de igual manera los cielos, como si se alegraran por la próxima recepción de esas almas benditas, parecen encender hogueras con esos cometas y meteoros resplandecientes, que a la vez amablemente pretenden pronosticar aquí que en pocos días una de esas venerables almas dejará su cuerpo y este globo terrenal. No del todo diferente a esto era lo que se hacía antiguamente en Atenas por los jueces del Areópago. Porque cuando daban su veredicto para condenar o absolver a los acusados que eran juzgados ante ellos, usaban ciertas notas según la sustancia de las sentencias; con Theta significaban condena a muerte; con T, absolución; con A, ampliación o aplazamiento, cuando el caso no estaba suficientemente examinado. Así, al exhibir públicamente esas letras, aliviaban a los parientes y amigos de los prisioneros, y a quienes deseaban conocer su destino, de sus dudas. Del mismo modo, por estos cometas, como en caracteres etéreos, los cielos nos dicen en silencio: Apresúrense, mortales, si desean saber o aprender de las almas benditas algo sobre el bien público o su interés privado; porque su desenlace está cerca, y una vez pasado, en vano los desearán después.

Los cielos benévolos hacen aún más; y para que la humanidad se declare indigna de gozar de esas almas ilustres, nos asustan y espantan con prodigios, monstruos y otros signos funestos que contrarían el orden de la naturaleza.

De esto tuvimos un ejemplo varios días antes del fallecimiento del alma heroica del sabio y valiente caballero de Langey, de quien ya han hablado. Lo recuerdo, dijo Epistemon; y mi corazón aún tiembla cuando pienso en los muchos y terribles prodigios que vimos cinco o seis días antes de que muriera. Porque los señores D’Assier, Chemant, Mailly el tuerto, St. Ayl, Villeneufue-la-Guyart, maestro Gabriel, médico de Savillan, Rabelais, Cohuau, Massuau, Majorici, Bullou, Cercu, alias Bourgmaistre, Francisco Proust, Ferron, Carlos Girard, Francisco Bourre, y muchos otros amigos y servidores del difunto, todos consternados, se miraban unos a otros sin pronunciar palabra; aunque no sin prever que Francia en poco tiempo se vería privada de un caballero tan consumado y necesario para su gloria y protección, y que el cielo lo reclamaba de nuevo como suyo. Por la borla de mi capucha, exclamó fray Juan, estoy decidido a volverme erudito antes de morir. Tengo una cabeza bastante buena, deben admitirlo. Ahora, permítanme hacerles una pregunta cortés. ¿Pueden morir esos mismos héroes o semidioses de los que hablan? Que nunca me condene si no fui tan tonto como para creer que eran inmortales, como tantos ángeles hermosos. ¡Dios me perdone! pero este reverendísimo padre, Macroby, nos dice que al final mueren. No todos, respondió Pantagruel.

Los estoicos sostenían que todos eran mortales, excepto uno, que solo es inmortal, impasible, invisible. Píndaro dice claramente que no hay más hilo, es decir, no hay más vida, hilada del huso y lino de las implacables Parcas para las diosas Hamadríades que para aquellos árboles que ellas preservan, que son buenos, robustos y francos robles; de donde, según la opinión de Calímaco y Pausanias en Focia, derivan su origen. Con ellos concuerda Marciano Capella. En cuanto a los semidioses, faunos, sátiros, silvanos, duendecillos, egipanes, ninfas, héroes y demonios, varios hombres han, a partir de la suma total, que es el resultado de las diversas edades calculadas por Hesíodo, estimado su vida en 9,720 años; esa suma consiste en cuatro números especiales que surgen ordenadamente de uno, sumados y multiplicados por cuatro de todas las maneras da cuarenta; estos cuarenta, reducidos a triángulos cinco veces, componen el total del número antes mencionado. Véase a Plutarco, en su libro sobre la Cesación de los Oráculos.

Esto, dijo fray Juan, no es materia de breviario; puedo creer tan poco o tanto de ello como tú y yo queramos. Yo creo, dijo Pantagruel, que todas las almas intelectuales están exentas de las tijeras de Átropos. Todas son inmortales, ya sean de ángeles, demonios o humanas; sin embargo, les contaré una historia sobre esto que es muy extraña, pero está escrita y afirmada por varios historiadores eruditos.