Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 4.XXX.

Capítulo 183 de 266 · 2 min de lectura

Cómo Xenómanes disecciona y describe a Carnaval.

En cuanto a las partes internas de Carnaval, dijo Xenómanes; su cerebro es (al menos, lo era en mi tiempo) en tamaño, color, sustancia y fortaleza, muy parecido al testículo izquierdo de un ciempiés.

Los ventrículos de su cerebro, como un cinturón. El estómago, como una barrena. El píloro, como una horquilla. La excrescencia vermiforme, como una caja de Navidad. Las membranas, como el capucho de un monje. El embudo, como un cincel de albañil. El fornix, como un cofre. La glándula pineal, como una bolsa de tabaco. El mediastino, como una taza de barro. El proceso mamilar, como un parche. Los tímpanos, como un trompo. Los huesos petrosos, como un ala de ganso. La nuca, como un farol de papel. Los nervios, como una cazuela. La úvula, como un sacabuche. El paladar, como un mitón. El mesenterio, como una mitra de abad. Las amígdalas, como un telescopio. El puente de la nariz, como una carretilla. La cabeza de la laringe, como una canasta de vendimia. Los riñones, como una paleta de albañil. Los lomos, como un candado. Los uréteres, como un gancho. Las venas emulgentes, como dos claveles. Los vasos espermáticos, como un trompo. La parastata, como un tintero. Las glándulas de la boca, como una podadera. Los espíritus animales, como puñetazos. La fermentación de la sangre, como una multiplicación de pellizcos en la nariz. La orina, como un pájaro higo. El esperma, como cien clavos de diez centavos. El estómago, como un cinturón. El píloro, como una horquilla. La tráquea, como un cuchillo de ostras. La garganta, como un alfiletero relleno de estopa. Los pulmones, como la toga de piel de un canónigo. El corazón, como una capa pluvial. La red admirable, como una canaleta. La pleura, como el pico de un cuervo. Las arterias, como un abrigo de centinela. El diafragma, como una gorra de cazador. El hígado, como una azada de doble filo. Las venas, como una ventana corrediza. El bazo, como un silbato. Las tripas, como una red de pesca. La bilis, como una azuela de tonelero. Las entrañas, como un guantelete. El mesenterio, como una mitra de abad. El intestino hambriento, como un botón. El ciego, como una coraza. El colon, como una brida. El recto, como una bota de cuero de monje. Los ligamentos, como la bolsa de un calderero. Los huesos, como pasteles de tres picos. La médula, como una cartera. Los cartílagos, como una tortuga de campo, o sea, un topo. La vejiga, como una ballesta de piedra. El cuello, como la lengüeta de un molino. El mirach, o parte baja del vientre, como un sombrero de copa alta. El sifac, o su corteza interna, como un puño de madera. Los músculos, como un fuelle. Los tendones, como un guante de cetrero.

Y su nodriza me contó que, estando casado con la Media Cuaresma, solo engendró un buen número de adverbios locales y ciertos ayunos dobles.

Su memoria la tenía como una bufanda. Su sentido común, como el zumbido de abejas. Su imaginación, como el repique de un juego de campanas. Sus nociones, como caracoles saliendo de fresas. Su voluntad, como tres avellanas en un cuenco. Su deseo, como seis haces de heno. Su juicio, como una herradura. Su discreción, como la polea de una roldana. Su razón, como un grillo. Sus empresas, como el lastre de un galeón. Su entendimiento, como un breviario roto. Sus pensamientos, como una bandada de estorninos. Su conciencia, como el desanidar de un grupo de garzas jóvenes. Sus deliberaciones, como un órgano. Su arrepentimiento, como el andar de un cañón doble.