Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 4.XXXIX.
Capítulo 192 de 266 · 2 min de lectura
Cómo fray Juan se unió a los cocineros para luchar contra las Andouilles.
Fray Juan, al ver que esas furiosas Andouilles avanzaban con tal osadía, dijo a Pantagruel: Aquí tendremos una batalla de caballitos de madera, una especie de combate de títeres, por lo que veo. ¡Oh, qué gran honor y maravillosa gloria acompañarán nuestra victoria! Quisiera que solo fueras un simple espectador de esta lucha, y que en lo demás me dejes a mí y a mis hombres encargarnos de ellos. ¿Qué hombres?, preguntó Pantagruel. Gente de breviario, respondió fray Juan. ¿Cómo fue que Potifar, quien era jefe de cocina en las cocinas de Faraón, aquel que compró a José, y a quien el mismo José pudo haber hecho cornudo si no hubiese sido un José; cómo fue, digo, que llegó a ser general de toda la caballería del reino de Egipto? ¿Por qué Nabuzardán, jefe de cocina del rey Nabucodonosor, fue elegido por encima de todos los demás capitanes para sitiar y destruir Jerusalén? Te entiendo, respondió Pantagruel. Por las barbas de san Cristóbal, dijo fray Juan, me atrevo a apostar que fue porque antes habían combatido contra Andouilles, o contra hombres de tan poco valor; a quienes para derrotar, conquistar y destruir, los cocineros son sin comparación más aptos que los coraceros y gendarmes armados hasta los dientes, o que toda la caballería e infantería del mundo.
Me recuerdas, dijo Pantagruel, lo que está escrito entre los dichos graciosos y festivos de Cicerón. Durante las más que civiles guerras entre César y Pompeyo, aunque el primero lo cortejaba mucho, él naturalmente se inclinaba más por el segundo. Un día, al oír que los pompeyanos en cierto encuentro habían perdido muchos hombres, se le ocurrió visitar su campamento. Allí percibió poca fuerza, menos valor, pero mucho desorden. Desde entonces, previendo que las cosas irían mal para ellos, como en efecto sucedió, empezó a bromear con unos y otros, y a prodigar sus mordaces chanzas; así, algunos capitanes de Pompeyo, haciéndose los valientes para mostrar seguridad, le dijeron: ¿Ves cuántas águilas tenemos todavía? (Eran entonces el emblema de los romanos en la guerra.) Podrían serte útiles, respondió Cicerón, si tuvieras que enfrentarte a urracas.
Así pues, viendo que hemos de luchar contra Andouilles, prosiguió Pantagruel, infieres de ello que es una guerra culinaria y tienes ganas de unirte a los cocineros. Bien, haz lo que quieras, yo me quedaré aquí mientras tanto y esperaré el resultado del alboroto.
Fray Juan fue en ese mismo instante entre los proveedores, a las tiendas de los cocineros, y les dijo de manera jovial: Hoy debo verlos coronados de honor y triunfo, muchachos; a sus armas están reservadas hazañas como nunca se han realizado en la memoria del hombre. ¡Por el vientre de Dios, acaso no cuentan para nada los valientes cocineros? ¡Vamos a luchar contra esas fornicadoras Andouilles! Yo seré su capitán. Pero primero bebamos, muchachos. ¡Vamos! Alegrémonos. Noble capitán, respondieron los de la cocina, eso ha sido dicho como usted mismo es; valientemente propuesto. ¡Hurra! Todos estamos a las órdenes de su excelencia, y vivimos y morimos por usted. Vivan, vivan, dijo fray Juan, en nombre de Dios; pero morir, de ninguna manera. Eso es para las Andouilles; ellas tendrán bastante de eso. Vamos entonces, pongámonos en orden; Nabuzardán es la consigna.



