Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 4.XLII.

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Cómo Pantagruel sostuvo un tratado con Niphleseth, reina de las Andouilles.

Cuando el monstruo estuvo fuera de la vista y los dos ejércitos permanecieron en silencio, Pantagruel pidió parlamentar con la señora Niphleseth, reina de las Andouilles, quien se encontraba en su carro junto a los estandartes; y se le concedió fácilmente. La reina descendió, recibió cortésmente a Pantagruel y se alegró de verlo. Pantagruel le reprochó esta ruptura de la paz; pero ella se excusó amablemente, diciéndole que una falsa información había causado todo aquel daño; pues sus espías le habían informado que Cuaresma, su enemigo mortal, había desembarcado y pasaba el tiempo examinando la orina de los fiséteros.

Por ello, le rogó que les perdonara la ofensa, diciéndole que la cortesía se hallaba antes en las Andouilles que la hiel; y ofreciéndole, por ella misma y todos sus sucesores, reconocerlo a él y a los suyos como señores de toda la isla y el país; obedecerle en todas sus órdenes, ser amigos de sus amigos y enemigos de sus enemigos; y también enviar cada año, como reconocimiento de su homenaje, un tributo de setenta y ocho mil Andouilles reales, para servirle en su primer plato durante seis meses del año; lo cual se cumplió puntualmente. Pues al día siguiente envió la cantidad mencionada de Andouilles reales al buen Gargantúa, bajo la conducción de la joven Niphleseth, infanta de la isla.

El buen Gargantúa las obsequió al gran rey de París. Pero, por el cambio de aire y la falta de mostaza (el bálsamo natural y restaurador de las Andouilles), la mayoría de ellas murió. Por concesión particular del gran rey, fueron enterradas en montones en una parte de París que hasta hoy se llama La Rue pavée d’Andouilles, la calle empedrada de Andouilles. A petición de las damas de su corte, la joven Niphleseth fue preservada, tratada honorablemente y después casada a su gusto; y fue madre de muchos hijos, por lo cual sea el cielo alabado.

Pantagruel agradeció cortésmente a la reina, perdonó todas las ofensas, rehusó la oferta que ella había hecho de su país y le regaló un bonito cuchillo. Después le hizo varias preguntas curiosas acerca de la aparición de aquel cerdo volador. Ella respondió que era la idea del Carnaval, su dios tutelar en tiempo de guerra, primer fundador y origen de toda la raza de las Andouilles; por lo cual se parecía a un cerdo, pues las Andouilles provenían de los cerdos.

Pantagruel, preguntando con qué propósito y con qué indicación curativa había derramado tanta mostaza sobre la tierra, la reina respondió que la mostaza era su santo grial y bálsamo celestial, del cual, aplicando solo un poco en las heridas de las Andouilles caídas, en muy poco tiempo los heridos sanaban y los muertos volvían a la vida. Pantagruel no sostuvo más conversación con la reina, sino que se retiró a bordo de la nave. Lo mismo hicieron todos los buenos compañeros, con sus instrumentos de destrucción y su enorme cerda.