Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 4.XLIII.

Capítulo 196 de 266 · 3 min de lectura

Cómo Pantagruel llegó a la isla de Ruach.

Dos días después llegamos a la isla de Ruach; y les juro, por la celestial gallina y sus polluelos, que encontré tan extraña y maravillosa la forma de vida de sus habitantes, que no puedo, ni por todo el oro del mundo, contárselas ni a medias. No viven de otra cosa que del viento, no comen más que viento, y no beben sino viento. No tienen otras casas que veletas. No siembran más semillas que tres clases de anémonas, ruda y hierbas que hagan ventosear a propósito; estas las limpian cuidadosamente. El pueblo común, para alimentarse, usa abanicos de plumas, papel o lino, según sus posibilidades. En cuanto a los ricos, viven gracias a molinos de viento.

Cuando desean darse un banquete noble, ponen las mesas bajo uno o dos molinos de viento. Allí festejan tan alegres como mendigos, y durante la comida toda su conversación suele girar en torno a la bondad, excelencia, salubridad y rareza de los vientos; así como ustedes, alegres bebedores, filosofan y discuten sobre vinos en sus copas. Uno elogia el sudeste, otro el suroeste; este el oeste-suroeste, aquel el este-noreste; otro el oeste, y otro el este; y así sucesivamente. En cuanto a los enamorados y galanes, ningún viento les agrada tanto como el viento de enaguas. Para los enfermos usan fuelles, como nosotros usamos enemas.

¡Oh!, me dijo una pequeña burbuja hinchada y diminuta, si ahora tuviera aunque fuera una vejiga llena de ese viento de Languedoc que llaman Cierce. El famoso médico Scurron, pasando un día por este país, nos contaba que es tan fuerte que puede volcar sin esfuerzo un carro cargado. ¡Cuánto bien le haría a mi pierna edípica! Los más grandes no son los mejores; pero, dijo Panurgo, más bien quisiera tener aquí un gran tonel de ese buen vino de Languedoc que crece en Mirevaux, Canteperdrix y Frontignan.

Vi allí a un hombre de buen aspecto, muy parecido a Ventroso, que se deshacía en furia y rabia contra un alto y fornido criado y un pequeño paje insignificante, dándoles de palos como el diablo con una bota. No sabiendo la causa de su enojo, al principio pensé que todo era por consejo del médico, pues es muy saludable para el amo enfurecerse y para el criado recibir los golpes. Pero al final le oí acusar a su criado de haberle robado, como el bribón que era, la mejor mitad de una gran bolsa de cuero llena de excelente viento del sur, que él había guardado cuidadosamente como reserva secreta para el mal tiempo.

En esa isla no se exoneran, ni defecan, ni orinan, ni escupen; pero, para compensar, eructan, ventosean, sueltan gases y lanzan pedorretas en abundancia. Sufren toda clase de enfermedades; y, en verdad, todas las dolencias se engendran y proceden de ventosidades, como demuestra Hipócrates en su libro De los Flatos. Pero la más epidémica entre ellos es el cólico ventoso. Los remedios que emplean son grandes enemas, con los que expulsan gran cantidad de gases. Todos mueren de hidropesía y timpanismo, los hombres tirándose pedos y las mujeres ventoseando; de modo que su alma se despide por la puerta trasera.

Algún tiempo después, paseando por la isla, nos encontramos con tres sujetos alocados y aéreos, que parecían muy hinchados y salieron a divertirse y observar a los avefrías, que viven con la misma dieta que ellos y abundan en la isla. Observé que, así como los verdaderos bebedores llevan consigo frascos, botellas de cuero y pequeños toneles cuando viajan, cada uno de ellos llevaba en el cinturón un par de pequeños fuelles. Si llegaban a necesitar viento, con la ayuda de esos bonitos fuelles lo obtenían de inmediato, fresco y puro, por atracción y expulsión recíproca; pues, como bien saben, el viento, esencialmente definido, no es otra cosa que aire fluctuante y agitado.

Poco después, se nos ordenó, en nombre del rey, no recibir durante tres horas a ningún hombre ni mujer del país a bordo de nuestros barcos; pues algunos le habían robado un potente pedo, del mismo viento que el viejo buen Eolo el roncador dio a Ulises para conducir su nave cuando quedara en calma. Ese pedo el rey lo guardaba religiosamente, como otro santo grial, y realizaba con él prodigiosas curas en muchas enfermedades peligrosas, soltando y distribuyendo al paciente solo la cantidad necesaria para formar un pedo virginal; que es, si quieren saberlo, lo que nuestras santimoniales, alias monjas, en su dialecto llaman tocar la campana al revés.