Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 1.XIII.

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Cómo el maravilloso entendimiento de Gargantúa fue conocido por su padre Grandullón, gracias a la invención de un torchecul o limpiaculos.

Alrededor del final del quinto año, Grandullón, regresando de la conquista de los Canarios, pasó de camino a ver a su hijo Gargantúa. Allí se llenó de alegría, como podría hacerlo un padre al ver a un hijo semejante; y mientras lo besaba y abrazaba, le hizo muchas preguntas infantiles sobre diversos asuntos, y bebió muy alegremente con él y con sus nodrizas, a quienes, muy en serio, preguntó, entre otras cosas, si habían sido cuidadosas en mantenerlo limpio y aseado. A esto respondió Gargantúa que él mismo había tomado tal medida para ello, que en todo el país no se hallaba un niño más limpio que él. ¿Cómo es eso?, dijo Grandullón. Yo, respondió Gargantúa, por una larga y curiosa experiencia, he encontrado un modo de limpiarme el trasero, el más noble, el más excelente y el más conveniente que jamás se haya visto. ¿Cuál es ese?, dijo Grandullón, ¿cómo es? Te lo diré en seguida, dijo Gargantúa. Una vez me limpié con una máscara de terciopelo de una dama, y me pareció bien; pues la suavidad de la seda era muy voluptuosa y agradable para mi trasero. Otra vez con una de sus capuchas, y de igual modo fue cómodo. En otra ocasión con un pañuelo de cuello de una dama, y después me limpié con unas orejeras de ella hechas de satén carmesí, pero había tal cantidad de lentejuelas doradas (esas cosas redondas, maldita sea) que me arrancaron toda la piel del trasero con furia. ¡Ojalá el fuego de San Antonio queme el intestino del orfebre que las hizo, y de quien las usó! Esta herida la curé limpiándome con una gorra de paje adornada con una pluma al estilo suizo.

Después, haciendo mis necesidades detrás de un arbusto, encontré un gato de marzo, y con él me limpié el trasero, pero sus garras eran tan afiladas que me arañaron y ulceraron todo el perineo. De esto me recuperé a la mañana siguiente, limpiándome con los guantes de mi madre, de un perfume y aroma excelentes del Benín arábigo. Luego me limpié con salvia, con hinojo, con eneldo, con mejorana, con rosas, con hojas de calabaza, con acelgas, con berza, con hojas de vid, con malva, con hoja de lana, que es una escarlata de cola, con lechuga y con hojas de espinaca. Todo esto hizo mucho bien a mi pierna. Después con mercurio, con perejil, con ortigas, con consuelda, pero eso me dio el flujo sangriento de Lombardía, que curé limpiándome con mi bragueta. Luego me limpié el trasero en las sábanas, en la colcha, en las cortinas, con un cojín, con tapices de Arrás, con una alfombra verde, con un mantel, con una servilleta, con un pañuelo, con una toalla de peinar; en todos ellos hallé más placer que los perros sarnosos cuando los frotan. Sí, pero, dijo Grandullón, ¿cuál torchecul encontraste mejor? A eso iba, dijo Gargantúa, y en seguida escucharás el tu autem y sabrás todo el misterio y nudo del asunto. Me limpié con heno, con paja, con juncos de techo, con lino, con lana, con papel, pero,

Quien su sucio trasero con papel se limpia, En sus testículos algunas astillas deja.

¿Qué, dijo Grandullón, pequeño bribón, ya has estado en el orinal, que ya haces rimas? Sí, sí, mi señor el rey, respondió Gargantúa, sé rimar gallardamente, y rimaré hasta quedarme ronco de flema. Escucha lo que nuestro retrete dice a los cagones:

Cagón, Chorrón, Tronador, Mojón, Tu trasero Ha arrojado Algo de estiércol Sobre nosotros: Sución, Cagón, Apestón, ¡El fuego de San Antonio caiga sobre tu trasero, Si tu Sucio Dounby No limpias antes de irte!

¿Quieres más de esto? Sí, sí, respondió Grandullón. Entonces, dijo Gargantúa,

Una Ronda.

Ayer, al cagar, supe bien La deuda que mi trasero tenía: El olor que de allí salió, Todo me impregnó de hedor: ¡Oh, si entonces algún bravo señor Me hubiera traído a la que esperaba, Al cagar!

Le habría partido su hendidura, Y la habría juntado con mi trasero, Mientras ella con sus dedos protegía Mi sucio nockandrow, todo embarrado Al cagar.

¡Ahora di que no sé hacer nada! Por Merdi, no son de mi autoría, sino que las oí de esta buena abuela que ves aquí, y desde entonces las he guardado en el archivo de mi memoria.

Volvamos a nuestro asunto, dijo Grandullón. ¿A cagar?, dijo Gargantúa. No, dijo Grandullón, sino a limpiar nuestro trasero. Pero, dijo Gargantúa, ¿no estarías dispuesto a pagar un tonel de vino bretón si no te dejo en blanco y sin respuesta en este asunto, y te pongo en un apuro? Sí, en verdad, dijo Grandullón.

No hay necesidad de limpiarse el trasero, dijo Gargantúa, sino cuando está sucio; no puede estar sucio, a menos que uno haya cagado; así que hay que cagar antes de limpiarse el trasero. Oh, mi pequeño travieso, dijo Grandullón, ¡qué ingenio tan excelente tienes! Pronto te haré doctor en las alegres sutilezas del saber jovial, y eso, por Dios, porque tienes más ingenio que edad. Ahora, te ruego, continúa con este discurso torcheculativo o limpiaculatorio, y por mi barba te juro, por un tonel, tendrás sesenta pipas, me refiero al buen vino bretón, no al que crece en Bretaña, sino en el buen país de Verron. Después me limpié el trasero, dijo Gargantúa, con un pañuelo, con una almohada, con una pantufla, con una bolsa, con un canasto, pero ese fue un torchecul malvado y desagradable; luego con un sombrero. De los sombreros, nota que algunos son rapados y otros peludos, unos de terciopelo, otros cubiertos de tafetán y otros de satén. El mejor de todos es el peludo, porque hace una limpieza muy prolija de la materia fecal.

Después me limpié el trasero con una gallina, con un gallo, con una pollita, con la piel de un ternero, con una liebre, con una paloma, con un cormorán, con la bolsa de un abogado, con un montero, con una cofia, con el señuelo de un cetrero. Pero, para concluir, digo y sostengo que, de todos los torcheculs, limpiaculos, papelones, servilletas de trasero, limpiadores de ano y limpiabraguetas, no hay en el mundo nada comparable al cuello de un ganso bien plumado, si le sostienes la cabeza entre las piernas. Y créeme en esto por mi honor, porque sentirás en tu ano un placer maravilloso, tanto por la suavidad de dicho plumón como por el calor templado del ganso, que se comunica fácilmente al intestino y al resto de las entrañas, llegando incluso a las regiones del corazón y el cerebro. Y no creas que la felicidad de los héroes y semidioses en los campos Elíseos consiste en su asfódelo, ambrosía o néctar, como suelen decir nuestras viejas; sino en esto, según mi juicio, que se limpian el trasero con el cuello de un ganso, sosteniéndole la cabeza entre las piernas, y esa es la opinión del maestro Juan de Escocia, alias Escoto.