Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 4.LXII.

Capítulo 215 de 266 · 4 min de lectura

Cómo Gaster inventó un arte para evitar ser herido o tocado por balas de cañón.

Gaster, habiendo asegurado su grano dentro de fortalezas, fue a veces atacado por enemigos; sus fortificaciones, por ese instrumento tres veces triple maldito, arrasadas y destruidas; su querido grano y pan arrancados de su boca y saqueados por una fuerza titánica; por lo tanto, entonces buscó medios para preservar sus muros, baluartes, terraplenes y reductos de los disparos de cañón, y para impedir que las balas lo alcanzaran, deteniéndolas en su vuelo, o al menos evitando que le causaran daño a él o a los muros sitiados. Nos mostró una prueba de esto, que desde entonces ha sido usada por Frontón, y que ahora es común entre los pasatiempos y recreaciones inofensivas de los thelemitas. Les contaré cómo procedió, y les ruego que en adelante estén un poco más dispuestos a creer lo que Plutarco afirma haber probado. Supongan que una manada de cabras corre como si el diablo las persiguiera; basta con poner un poco de eringo en la boca de la última cabra, y todas se detendrán en seco en el tiempo que se tarda en contar hasta tres.

Así, Gaster, habiendo hecho cargar un falconete de bronce con una cantidad suficiente de pólvora bien purificada de su azufre, y cuidadosamente mezclada con fino alcanfor, hizo colocar en la pieza una bala adecuada, con veinticuatro pequeños perdigones como granizo, algunos redondos, otros en forma de perla; luego, apuntando y nivelando el cañón hacia un paje suyo, como si quisiera darle en el pecho. A unos sesenta pasos de la pieza, a mitad de camino entre ésta y el paje en línea recta, colgó en una horca, mediante una cuerda, una gran siderita o piedra similar al hierro, también llamada hercúlea, hallada antiguamente en el Ida de Frigia por un tal Magnes, según escribe Nicandro, y comúnmente llamada imán; entonces prendió fuego al cebo en el oído de la pieza, que al instante, consumiendo la pólvora, la bala y los perdigones salieron con increíble violencia y rapidez por la boca del cañón, para que el aire pudiera penetrar en su recámara, donde de otro modo habría un vacío, el cual la naturaleza aborrece tanto, que esta máquina universal, cielo, aire, tierra y mar, antes volvería al caos primitivo que admitir el menor vacío en cualquier parte. Ahora bien, la bala y los perdigones, que amenazaban al paje con una destrucción inmediata, perdieron su ímpetu y quedaron suspendidos y flotando alrededor de la piedra; y ninguno de ellos, a pesar de la furia con que salieron, llegó a alcanzar al paje.

El maestro Gaster podía hacer aún más que todo esto, si me creen; pues inventó un modo para que las balas volaran hacia atrás y retrocedieran contra quienes las disparaban con igual fuerza, y en el mismo paralelo numérico para el que se habían colocado los cañones. Y en verdad, ¿por qué habría de parecerle esto difícil? Siendo que la hierba etiópica abre cualquier cerradura, y un equino o rémora, un pez débil y sencillo, a pesar de todos los vientos que soplan desde los treinta y dos puntos cardinales, en medio de un huracán logra que el mayor navío de primera clase permanezca inmóvil, como si estuviera en calma o los vientos hubieran soplado su último aliento. Es más, con la carne de ese pez, conservada en sal, se puede pescar oro del pozo más profundo que jamás se haya sondeado; pues ciertamente atraerá el precioso metal, ya que así lo afirmó Demócrito. Teofrasto creyó y experimentó que existía una hierba cuyo simple contacto hacía que una cuña de hierro, por más profundamente que estuviera clavada en un enorme tronco de la madera más dura, saliera de inmediato; y es esa misma hierba la que usan los carpinteros, también llamados pájaros carpinteros, cuando con algún hacha poderosa alguien tapa el agujero de sus nidos, que ellos laboriosamente excavan en el tronco de algún árbol robusto. Así como los ciervos y ciervas, cuando son heridos profundamente por dardos, flechas y saetas, si encuentran la hierba llamada díctamo, común en Candía, y comen un poco de ella, las saetas salen de inmediato y todo vuelve a estar bien; tal como la bondadosa Venus curó a su amado hijo Eneas cuando fue herido en el muslo derecho por una flecha de Juturna, hermana de Turno. Así como el simple viento de los laureles, higueras o focas marinas hace que el rayo se desvíe, de modo que nunca los alcanza. Así como al ver un carnero, los elefantes furiosos recuperan la razón. Así como los toros enfurecidos, al acercarse a las higueras silvestres, llamadas caprificios, se amansan y no se mueven, como si tuvieran calambres. Así como la furia venenosa de las víboras se calma si se las toca con una rama de haya. Así también como escribe Euforión, que en la isla de Samos, antes de que se construyera el templo de Juno, vio unas bestias llamadas neades, cuya voz hacía que los lugares cercanos se abrieran y hundieran en un abismo. En resumen, así como los saúcos producen un sonido más agradable y son más aptos para hacer flautas en aquellos lugares donde no se oye el canto del gallo, como han escrito los antiguos sabios y relata Teofrasto; como si el canto del gallo embotara, aplanara y pervirtiera la madera del saúco, así como se dice que asombra y paraliza de miedo a ese animal fuerte y resuelto que es el león. Sé que algunos han entendido esto del saúco silvestre, que crece tan lejos de pueblos o aldeas que el canto del gallo no puede oírse cerca; y sin duda esa variedad debe preferirse al saúco común y maloliente que crece en lugares arruinados y decadentes; pero otros lo han entendido en un sentido más elevado, no literal, sino alegórico, según el método de los pitagóricos, como cuando se decía que la estatua de Mercurio no podía hacerse de cualquier tipo de madera; a lo cual daban este sentido: que Dios no debe ser adorado de forma vulgar, sino de manera escogida y religiosa. De igual modo, por ese saúco que crece lejos de los lugares donde se oyen gallos, los antiguos querían decir que los sabios y estudiosos no deben entregarse a una música trivial o vulgar, sino a aquella que es celestial, divina, angélica, más abstracta y proveniente de regiones remotas, es decir, de una región donde no se oye el canto del gallo; pues, para denotar un lugar solitario y poco frecuentado, decimos que allí nunca se oye cantar a los gallos.