Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 4.LXIV.

Capítulo 217 de 266 · 3 min de lectura

Cómo Pantagruel no respondió a los problemas.

Entonces Pantagruel preguntó qué clase de gente habitaba en esa isla maldita. Son, respondió Xenómanes, todos hipócritas, santos charlatanes, contadores de cuentas, murmuradores de avemarías, comediantes espirituales, falsos santos, ermitaños, todos ellos pobres bribones que, como el ermitaño de Lormont entre Blaye y Burdeos, viven enteramente de las limosnas que les dan los viajeros. ¡Atrápame ahí si puedes! —gritó Panurgo—; ¡que el chef principal del diablo convierta mis tripas en un par de fuelles si alguna vez me encuentras entre ellos! Ermitaños, falsos santos, formas vivientes de mortificación, santos charlatanes, ¡fuera! ¡en nombre de su padre Satanás, salgan de mi vista! Cuando el diablo sea cerdo, comerás tocino. Todavía no olvido a nuestros gordos Concilípetas de Chesil. ¡Ojalá Belcebú y Astarot les hubieran aconsejado ahorcarse y lo hubieran hecho! ¡No habríamos sufrido tanto por tormentas diabólicas como sufrimos por haberlos visto! Oye, querido bribón, Xenómanes, amigo mío, dime, ¿estos ermitaños, hipócritas y fisgones son doncellas o casados? ¿Hay algo del género femenino entre ellos? ¿Podría uno, hipócritamente, darse un pequeño toque hipócrita? ¿Se dejarán mentir de espaldas y abrirán sus aposentos delanteros? Vaya pregunta la tuya —exclamó Pantagruel—. Sí, sí —respondió Xenómanes—; puedes encontrar allí muchas buenas hipócritas, alegres actrices espirituales, amables ermitañas, mujeres con un endiablado exceso de religión; y también están sus copias, pequeñas hipócritas, falsos santitos y ermitañitos. ¡Puaj! ¡fuera con ellas! —gritó fray Juan—; ¡santa joven, diablo viejo! (Toma nota, es un viejo dicho, tan cierto como: prostituta joven, santa vieja). Si no fuera por ellas —continuó Xenómanes—, la isla de Chaneph, por falta de multiplicación de progenie, hace tiempo que estaría desierta y despoblada.

Pantagruel les envió por medio de Gimnasta, en la pinaza, setenta y ocho mil lindas y pequeñas medias coronas de oro, de esas que están marcadas con un farol. Después de esto preguntó: ¿Qué hora es? Pasadas las nueve, respondió Epistemo. Entonces es el mejor momento para ir a comer —dijo Pantagruel—; porque la línea sagrada tan celebrada por Aristófanes en su obra llamada Las asambleístas está cerca, y nunca falla cuando la sombra es de diez pies.

Antiguamente, entre los persas, la hora de la comida estaba fijada solo para los reyes; para todos los demás, su apetito y su vientre eran su reloj; cuando eso sonaba, creían que era hora de comer. Así encontramos en Plauto a cierto parásito haciendo gran alboroto y maldiciendo tristemente a los inventores de relojes de arena y cuadrantes, por considerarlos cosas innecesarias, pues no hay reloj más regular que el vientre.

A Diógenes, cuando le preguntaron a qué horas debía comer un hombre, respondió: El rico cuando tiene hambre, el pobre cuando tiene algo que comer. Los médicos dicen con más propiedad que las horas canónicas son:

Levantarse a las cinco, comer a las nueve, Cenar a las cinco, dormir a las nueve.

La magia del famoso rey Petosiris era diferente.—Aquí entraron los oficiales del estómago y prepararon las mesas y alacenas; pusieron el mantel, cuya vista y agradable aroma eran muy reconfortantes; y trajeron platos, servilletas, saleros, jarras, garrafas, copones, jarros altos, aguamaniles, vasos, copas, tazones, jofainas y aguamaniles grandes.

Fray Juan, al frente de los mayordomos, trinchantes, despenseros y coperos, catadores, cortadores, escanciadores y encargados de la alacena, trajo cuatro imponentes pasteles, tan enormes que me recordaron los cuatro baluartes de Turín. ¡Por Dios, cómo los asaltaron con valentía! ¡Qué estragos causaron con la larga fila de platos que les siguieron! ¡Con qué bravura se enfrentaron a sus budines de sartén y pagaron su polvo! ¡Con cuánta alegría empaparon sus narices!

Aún no habían traído la fruta, cuando un viento fresco del oeste y noroeste empezó a llenar la vela mayor, la mesana, el foque, las gavias y los juanetes; por tal bendición todos cantaron diversos himnos de agradecimiento y alabanza.

Cuando la fruta estuvo en la mesa, Pantagruel preguntó: Ahora díganme, caballeros, ¿han quedado plenamente resueltas sus dudas o no? Ya no bostezo ni me aburro —respondió Rizótome—. Ya no duermo como un perro —dijo Ponócrates—. He despejado mi vista —dijo Gimnasta—. He roto el ayuno —dijo Eusthenes—; así que por todo este día estaré a salvo del peligro de mi saliva.

Áspides. Moscas negras de patas movedizas. Domeses. Anfisbénidos. Moscas españolas. Dríadas. Anerudutes. Catoblepas. Dragones. Abedísimos. Serpientes cornudas. Elopes. Alhartrafz. Orugas. Enhidridas. Ammobates. Cocodrilos. Falvises. Apimaos. Sapos. Galeotes. Alhatrabanes. Pesadillas. Harmenes. Aractes. Perros rabiosos. Handones. Asteriones. Colotes. Icles. Alcharates. Cychriodes. Jarraries. Arges. Cafezates. Ilicines. Arañas. Cauhares. Ratones del faraón. Lagartos estrellados. Serpientes. Kesudures. Attelabes. Cuhersks, víboras de dos lenguas. Liebres marinas. Ascalabotes. Tritones calcídicos. Hemorroides. Serpientes anfibias. Serpientes con patas. Basiliscos. Mantícoras. Turones. Cenchres. Molures. Serpientes chupadoras de agua. Dipsades. Ratones musaraña. Miliares. Salamandras. Peces apestosos. Megalaunes. Culebras lentas. Stuphes. Áspides escupidores. Stellions. Sabrins. Porfirios. Escorpenes. Moscas chupasangre. Pareades. Escorpiones. Hornfretters. Falanges. Gusanos cornudos. Escolopendras. Penphredones. Scalavotins. Tarántulas. Gusanos del pino. Solofuidars. Culebras ciegas. Ruteles. Áspides sordos. Tetragnatias. Gusanos. Sanguijuelas. Teristales. Rhagions. Odiadores de la sal. Víboras, etc. Rhaganes. Serpientes podridas.