Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 5.IV.

Capítulo 224 de 266 · 3 min de lectura

Cómo todas las aves de la Isla Tintineante eran forasteras.

Ya que nos has contado, dijo Pantagruel, cómo el papagayo nace de los cardenales, los cardenales de los obispos, los obispos de los curas y los curas de los clérigos, quisiera saber de dónde provienen esos mismos clérigos. Todos ellos son forasteros, o aves viajeras, respondió Aedituus, y vienen de otro mundo; parte de un vasto país llamado Falta-de-pan, el resto de otro hacia el oeste, al que llaman Demasiados-de-ellos. De estos dos países llegan aquí, cada año, legiones enteras de estos clérigos, dejando a sus padres, madres, amigos y parientes.

Esto sucede cuando hay demasiados hijos, sean hombres o mujeres, en alguna buena familia de ese último país; de tal modo que la casa se arruinaría si la herencia paterna se repartiera entre todos (como la razón exige, la naturaleza indica y Dios manda). Por tal motivo, los padres suelen librarse de ese inconveniente enviando a los más jóvenes a buscar fortuna en esta isla Bossart (Isla Torcida). Supongo que se refiere a L’Isle Bouchart, cerca de Chinon, exclamó Panurgo. No, replicó el otro, me refiero a Bossart (Torcida), pues no hay uno entre diez que no sea jorobado, tullido, bizco, cojo, mal parecido, deforme o una carga inútil para la tierra.

Era muy distinto entre los paganos, dijo Pantagruel, cuando solían recibir a una doncella entre las vestales; pues Leo Antistio afirma que estaba absolutamente prohibido admitir a una virgen en esa orden si tenía algún vicio en el alma o defecto en el cuerpo, aunque fuera la más mínima mancha en cualquier parte. Difícilmente puedo creer, continuó Aedituus, que sus madres del otro lado del agua los lleven nueve meses en el vientre; pues no los soportan nueve años, ni siquiera siete a veces, en la casa, sino que, poniéndoles solo una camisa sobre la ropa a los jovencitos, y cortándoles no sé cuántos cabellos de la coronilla, murmurando ciertas palabras apostrofadas y expiatorias, los transforman visiblemente, abiertamente y claramente, por una metempsicosis pitagórica, sin el menor daño, en las aves que ahora ven; muy al modo de los paganos egipcios, que solían hacer a sus isiacos rapándolos y haciéndoles vestir ciertas linostolas o sobrepellices. Sin embargo, no sé, mis buenos amigos, si esas féminas, ya sean milanos clérigos, milanos monjas o milanos abadesas, en vez de cantar versos agradables y caristerios, como los que se cantaban a Oromasis por institución de Zoroastro, no estarán bramando tales cataratas y escitropias (malditas lamentaciones e imprecaciones) como las que se ofrecían al demonio arimanio; estando así en devoción por sus buenos amigos y parientes que las transformaron en aves, ya fuera cuando eran doncellas, o espinosas, en su plenitud, o en sus últimas oraciones.

Pero la mayor parte de nuestras aves proviene de Falta-de-pan, que, aunque es un país estéril, donde los días son de una tediosa y prolongada duración, sobrepuebla toda esta isla con la clase baja de aves. Pues aquí vuelan los asaféis que habitan esa tierra, ya sea cuando están en peligro de pasarla mal por falta de sustento, incapaces o, lo que es más probable, poco dispuestos a armarse de valor y seguir algún honesto y lícito oficio, o demasiado orgullosos y perezosos para servir en alguna familia decente. Lo mismo hacen tus frenéticos enamorados, quienes, al verse contrariados en sus deseos desmedidos, enloquecen y eligen esta vida que les sugiere su desesperación, demasiado cobardes para colgarse, como su hermano Ifis de triste memoria. Hay otro tipo, es decir, los pájaros de cárcel, que, tras cometer alguna fechoría o villanía atroz, y siendo buscados para ser colgados y montados en la yegua de tres patas que los espera, escapan cautelosamente y vienen aquí para salvar el pellejo; porque aquí se provee a todas estas clases de aves, y engordan en un instante como cerdos, aunque lleguen flacos como rastrillos; pues gozando del beneficio del clero, están tan seguros como ladrones en un molino dentro de este santuario.

Pero, preguntó Pantagruel, ¿estas aves nunca regresan al mundo donde nacieron? Algunas sí, respondió Aedituus; antes muy pocas, muy rara vez, muy tarde y de muy mala gana; sin embargo, desde ciertos eclipses, por virtud de las constelaciones celestes, una gran multitud de ellas huyó de regreso al mundo. Ni nos inquieta ni nos molesta en lo más mínimo; pues los que se quedan sabiamente cantan: Cuantos menos, mejor se come; y todos los que se marchan, primero se despojan de sus plumas aquí entre estas ortigas y zarzas.

Así fue que encontramos algunas tiradas por ahí; y mientras mirábamos de un lado a otro, casualmente dimos con algo que algunos no nos agradecerán haber descubierto; y de ahí viene una historia.