Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 5.IX.
Capítulo 229 de 266 · 3 min de lectura
Cómo llegamos a la isla de las Herramientas.
Habiendo bien lastrado las bodegas de nuestros navíos humanos, levamos anclas, izamos velas, estibamos los botes, dejamos la tierra atrás y nos dirigimos mar adentro con un viento favorable, y para mayor prisa desarmamos la verga de mesana, la lanzamos junto con la vela por la aleta de sotavento, la aseguramos con grilletes para mantenerla firme y la extendimos; así, en tres días llegamos a la isla de las Herramientas, que está completamente deshabitada. Allí vimos gran cantidad de árboles que daban azadones, picos, palancas, hoces de deshierbe, guadañas, hoces, palas, paletas, hachas, cuchillas de podar, sierras, azuelas, cuchillos, hachas, tijeras, tenazas, pernos, punzones, barrenas y berbiquíes.
Otros daban pistolas, dagas, puñales, bayonetas, espadas de hoja cuadrada, estiletes, cuchillos, navajas, punzones, lezna, espadas, floretes, espadones, sables, alfanges, machetes, falchiones, glaives, raillones, cuchillos de monte y cuchillos de caza.
Quienquiera que deseara alguno de estos objetos solo tenía que sacudir el árbol, y de inmediato caían tan abundantes como lúpulos, como si fueran ciruelas maduras; es más, caían sobre una especie de hierba llamada vaina, y se enfundaban en ella hábilmente. Pero al caer, era necesario tener cuidado de que no tocaran la cabeza, los pies u otras partes del cuerpo. Pues caían con la punta hacia abajo, y ahí se clavaban, o cortaban la continuidad de algún miembro, o lo cercenaban como una rama; cualquiera de estos accidentes bastaba generalmente para matar a un hombre, aunque tuviera cien años y valiera tantos miles de escudos, doblones y nobles de oro.
Bajo otros árboles, cuyos nombres no puedo decirles con certeza, vi ciertas clases de hierbas que crecían y brotaban como picas, lanzas, jabalinas, javelinas, dardos, dardillos, alabardas, lanzas de jabalí, lanzas para anguilas, partizanas, tridentes, horquillas, varas de pesca, lanzas, medias picas y bastones de caza. Al brotar y tocar el árbol, de inmediato encontraban sus cabezas, puntas y hojas, cada una adecuada a su tipo, preparadas por los árboles que tenían encima, tan pronto como cada madera individual crecía lo suficiente para su acero; igual que los abrigos de los niños, que se les hacen en cuanto pueden usarlos y se les quita la ropa de pañales. Y no murmuren, se los ruego, sobre lo que dijeron Platón, Anaxágoras y Demócrito. ¡Por Dios! ¿Acaso eran de esos charlatanes de poca monta?
Esos árboles nos parecían animales terrestres, no tan distintos de las bestias brutas como para no tener piel, grasa, carne, venas, arterias, ligamentos, nervios, cartílagos, tuétanos, huesos, médula, humores, matrices, cerebros y articulaciones; pues ciertamente tienen algunos, ya que Teofrasto así lo afirma. Pero en esto diferían de otros animales: sus cabezas, es decir, la parte de sus troncos más cercana a la raíz, están hacia abajo; su cabello, es decir, sus raíces, en la tierra; y sus pies, es decir, sus ramas, hacia arriba; como si un hombre estuviera parado de cabeza con las piernas extendidas. Y así como ustedes, pecadores apaleados, a quienes Venus ha dejado algo para recordarla, sienten la llegada de lluvias, vientos, frío y cualquier cambio de clima en sus piernas ciáticas y omóplatos, gracias al almanaque perpetuo que ella les ha fijado allí; así estos árboles reciben aviso, por ciertas sensaciones que tienen en sus raíces, troncos, gomas, yemas o médula, del crecimiento de los bastones bajo ellos, y preparan de antemano las puntas y hojas adecuadas. Sin embargo, como todas las cosas, excepto Dios, a veces están sujetas al error, y la propia naturaleza no está libre de él cuando produce cosas monstruosas, también observé algo extraño en estos árboles. Pues una media pica que creció lo suficiente para alcanzar las ramas de uno de estos árboles instrumentíferos, apenas las tocó, en vez de unirse a una punta de hierro, se ensartó una escoba en el trasero. Bueno, no importa, servirá para barrer la chimenea. Así, una partizana encontró un par de tijeras de podar. En fin, todo sirve para algo; servirá para cortar ramitas y destruir orugas. El asta de una alabarda obtuvo la hoja de una guadaña, lo que la hizo parecer un hermafrodita. Sea como sea, todo es útil; servirá para algún segador. ¡Oh, qué bendición es confiar en el Señor! Al regresar a nuestros barcos, vi detrás de no sé qué arbusto, a no sé qué personas, haciendo no sé qué tarea, en no sé qué postura, limpiando no sé qué herramientas, de no sé qué manera, y en no sé qué lugar.



