Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 5.XVIII.
Capítulo 238 de 266 · 5 min de lectura
Cómo nuestras naves encallaron y fuimos auxiliados por unas gentes que estaban sujetas a la Reina Quimera (qui tenoient de la Quinte).
Levantamos anclas y zarpamos con un alegre viento del oeste. Cuando estábamos a unas siete leguas (veintidós millas), de repente se levantaron ráfagas y ventiscas, y el viento, cambiando y girando de un punto a otro, era, como dicen, como el trasero de una vieja, sin constancia alguna; así que primero viramos las escotas de estribor y largamos las de sotavento. Luego las ráfagas aumentaron y, por momentos, soplaban todas a la vez desde varios puntos, pero no arriamos ni aferramos del todo las velas, sino que solo largamos las escotas, para no ir en contra de las órdenes del capitán del barco; y así, habiendo soltado todo, para no perder las gavias o que el costado rápido del barco quedara sumergido y se volcara, nos quedamos a la deriva; es decir, como diría un marinero de tierra, lo tomamos con calma. Porque él nos aseguró que, así como esas ráfagas y torbellinos no nos harían mucho bien, tampoco podrían hacernos mucho daño, considerando su suavidad y la agradable disputa, así como la claridad del cielo y la calma de la corriente. Así que debíamos seguir la regla del filósofo: soportar y abstenerse; es decir, actuar según el momento.
Sin embargo, estos torbellinos y ráfagas duraron tanto que convencimos al capitán de que nos dejara ponernos a la capa con la vela mayor; es decir, cazar la escota, la escota bien atrás, la bolina tensa y el timón amarrado cerca del costado; así, tras un vendaval tormentoso, rompimos el torbellino. Pero fue como caer en Escila para evitar Caribdis (salir de la sartén para caer al fuego). Porque no habíamos navegado una legua cuando nuestras naves encallaron en unos bancos de arena como los bajíos de San Maixent.
Toda nuestra compañía parecía sumamente perturbada, excepto Fray Juan, que no se amilanó en lo más mínimo y, con dulces palabras de caramelo, consolaba ahora a uno y luego a otro, dándoles esperanzas de pronta ayuda desde lo alto, y diciéndoles que había visto a Cástor en la verga mayor. ¡Oh, si tan solo estuviera ahora en tierra!, exclamó Panurgo, eso es todo lo que deseo para mí en este momento, y que ustedes, que tanto gustan del mar, tuvieran cada uno doscientos mil escudos. Con gusto los dejaría montar una tienda en estos arenales, y haría preparar un ternero gordo y enfriar un centenar de fajos (es decir, botellas de vino) para cuando lleguen a tierra. Consiento de buena gana en no montar nunca esposa, con tal de que me pongan en tierra y me monten en un caballo, para poder irme a casa. No necesito sirviente, me conformo con servirme yo mismo; nunca me tratan mejor que cuando estoy sin criado. En verdad, el viejo Plauto tenía razón cuando decía que cuantos más sirvientes, más problemas; porque tales son, incluso suponiendo que carecieran de lo que todos tienen en exceso: la lengua, ese miembro tan ocupado, peligroso y pernicioso de los sirvientes. Por eso, en realidad, fue solo por ellos que se inventaron los potros y torturas para la confesión, aunque algunos jurisconsultos extranjeros de nuestro tiempo han sacado de ello consecuencias ilógicas e irrazonables.
En ese mismo momento divisamos una vela que se acercaba a nosotros. Cuando estuvo cerca, pronto supimos cuál era la carga del barco y quiénes iban a bordo. Estaba completamente cargado de tambores. Conocía a muchos de los pasajeros que venían en él, la mayoría de buena familia; entre ellos, Enrique Cotiral, un viejo conocido, que llevaba atado a la cintura un enorme tripajo de asno, como las buenas mujeres llevan el rosario al cinto. En su mano izquierda sostenía una vieja gorra grasienta y sucia, como la que usan los calvos, y en la derecha un enorme tronco de col.
Apenas me vio, se alegró mucho y me gritó: ¿Qué tal, amigo? ¿Cómo me ves ahora? Mira el verdadero Algamana (dijo mostrándome el tripajo de asno). Esta gorra de doctor es mi verdadero elixir; y esto (continuó, agitando el tronco de col en el puño) es lunaria mayor, viejo tonto. Los tengo, viejo, los tengo; los haremos cuando regreses. Pero dime, padre, le pregunté, ¿de dónde vienes? ¿A dónde vas? ¿Qué llevas? ¿Has olido el fondo del mar? A estas cuatro preguntas respondió: De la Reina Quimera; hacia Turena; alquimia; hasta el fondo mismo.
¿A quién llevas a bordo?, pregunté. Respondió: Astrólogos, adivinos, alquimistas, rimadores, poetas, pintores, inventores, matemáticos, relojeros, cantantes, músicos, y el diablo y todos los demás que están sujetos a la Reina Quimera (Motteux añade la siguiente nota:—‘La Quinte, esto significa un humor fantástico, caprichos, o una locura insensata; y también, una quinta, o la proporción de cinco en la música, etc.’). Tienen muy buenas patentes legibles para mostrarlo, como cualquiera puede ver. Apenas Panurgo oyó esto, se puso como loco y empezó a insultarlos furiosamente. ¿Qué demonios hacen, gritó, sentados aquí como un grupo de holgazanes, viendo que estamos encallados, cuando podrían ayudarnos y remolcarnos de vuelta a la corriente? ¡Malditas sus quimeras! Dicen que pueden hacer cualquier cosa, hasta buen tiempo y niños pequeños; pero no se apresuran a atar unos cabos y cables y sacarnos de aquí. Justo venía a ponerlos a flote, dijo Enrique Cotiral; por Trismegisto, los sacaré en un instante. Dicho esto, hizo que 7,532,810 enormes tambores fueran destapados por un lado, y colocados de modo que el lado abierto quedara frente al extremo de las banderas y gallardetes; y habiéndolos sujetado con buenos aparejos y la proa de nuestra nave a la popa de la suya, con cables atados a las bitas detrás del pesebre en la amura, nos remolcaron fuera del banco de arena de un tirón tan fácil y agradable que se hubieran maravillado si hubieran estado allí. Porque el redoble de los tambores, junto con el suave ruido de la grava que murmurando disputaba nuestro paso, y los alegres vítores y gritos de los marineros, formaban una armonía casi tan buena como la de los cuerpos celestes cuando giran y ruedan por sus esferas, ese retumbar de las ruedas celestiales que Platón decía oír algunas noches en sueños.
No quisimos quedarnos atrás en cortesía y, agradecidos, les dimos abundancia de nuestras salchichas y chorizos, con los que llenamos sus tambores; y estábamos por izar sesenta y dos toneles de vino de la bodega, cuando dos enormes remolinos se dirigieron con gran furia hacia su nave, arrojando más agua que la que hay en el río Vienne (Vigenne) desde Chinon hasta Saumur; en resumen, todos sus tambores, todas sus velas, sus pertenencias y ellos mismos quedaron empapados, y hasta sus calzas se mojaron hasta el cuello.
Panurgo se alegró tanto al ver esto y se rió tan fuerte, que tuvo que sujetarse los costados y le dio un ataque de cólico por dos horas o más. Tenía ganas, dijo, de hacer que esos perros bebieran, y esos honestos remolinos, por Dios, me han ahorrado ese trabajo y ese gasto. Ahí tienen su merecido; ariston men udor. El agua es buena, dice un poeta; que hagan versos pindáricos sobre ello. Nunca les gustó el agua dulce más que para lavarse las manos o los vasos. Esta buena agua salada les servirá bien en vez de sal amoníaco y nitro en la cocina de Geber.
No pudimos seguir conversando con ellos; porque el anterior torbellino impedía que nuestro barco respondiera al timón. El piloto nos aconsejó que, de ahí en adelante, dejáramos que la nave se dejara llevar por la corriente, sin preocuparnos de nada, más que de cuidar nuestros cuerpos. Porque la única manera de llegar sanos y salvos al reino de la Quimera era confiar en el torbellino y dejarnos llevar por la corriente.



