Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 5.XIX.
Capítulo 239 de 266 · 3 min de lectura
Cómo llegamos al reino de la Quimera o Entelequia.
Hicimos tal como nos indicó durante unas doce horas, y al tercer día el cielo nos pareció algo más claro, y así llegamos felizmente al puerto de Mateotecnia, no muy distante de la Reina Quimera, alias la Quintaesencia.
Nos topamos de lleno en el muelle con un gran número de guardias y otros militares que guarnecían el arsenal, y al principio nos asustamos un poco porque nos hicieron dejar todas nuestras armas, y de manera altanera nos preguntaron de dónde veníamos.
Primo, dijo Panurgo al que hizo la pregunta, somos de Turena y venimos de Francia, deseosos de rendir nuestros respetos a la Dama Quintaesencia y visitar este famoso reino de Entelequia.
¿Qué dices? exclamaron; ¿lo llamas Entelequia o Endelequia? En verdad, en verdad, dulces primos, dijo Panurgo, somos una especie de bobos de cabeza dura, si les place; sean tan amables de perdonarnos si llegamos a trastocar las palabras. Por lo demás, somos hombres francos y de buen corazón.
No les hemos hecho esta pregunta sin motivo, dijeron; pues muchos otros que han pasado por aquí desde su país de Turena parecían tan tontos como los más necios, y sin embargo hablaban tan correctamente como cualquiera. Pero han venido de otros países una caterva de no sé qué engreídos y presumidos, tan tozudos como mulas y tan altivos como cualquier laird escocés, y nada les bastaba sino que debían discutir y oponerse a nosotros al llegar; y bien poco ganaron con ello. En verdad, los despachamos y los pusimos en su sitio como se merecían, por más que se dieran aires y fruncieran el ceño.
Díganme, ¿acaso el tiempo les pesa tanto en su mundo que no saben emplearlo mejor que hablando, discutiendo y escribiendo con tanta insolencia sobre nuestra soberana señora? Mucho hacía falta que su Tulio, el cónsul, dejara el cuidado de su república para ocuparse ociosamente de ella; y tras él su Diógenes Laercio, el biógrafo, y su Teodoro Gaza, el filósofo, y su Argiropilo, el emperador, y su Besarión, el cardenal, y su Politiano, el pedante, y su Budé, el juez, y su Lascaris, el embajador, y el diablo y todos esos que llaman amantes de la sabiduría; cuyo número, al parecer, no era ya suficiente, sino que últimamente su Escaligero, Bigot, Chambrier, Francisco Fleury, y no sé cuántos otros jóvenes sabihondos han venido a aumentarlo.
Que un retortijón atrape a esos necios cabezahuecas al tragar y también al cubrirse; ya veremos qué hacemos con ellos... ¡Pero que el diablo se los lleve! (Aquí adulan al diablo y suavizan su nombre, murmuró Panurgo entre dientes.) Ustedes no vienen aquí a defenderlos en su locura; no traen comisión alguna de ellos para tal efecto; bien, entonces no hablaremos más de eso.
Aristóteles, el primero de los hombres y modelo sin par de toda la filosofía, fue el padrino de nuestra soberana señora, y sabiamente y con razón le dio el nombre de Entelequia. Su verdadero nombre, entonces, es Entelequia, y que caiga una maldición sobre quien ose llamarla de otro modo; pues quien lo haga le falta al respeto y es una persona muy insolente. Sean cordialmente bienvenidos, caballeros. Dicho esto, nos abrazaron y rodearon el cuello con los brazos, lo que fue para nosotros un gran alivio, se los aseguro.
Entonces Panurgo me susurró: Compañero de viaje, dime, ¿no has estado algo asustado en esta ocasión? Un poco, respondí. A decir verdad, replicó, nunca los efraimitas tuvieron mayor miedo y confusión cuando los galaditas los mataban y ahogaban por decir sibboleth en vez de shibboleth; y entre amigos, te confieso que quizá no haya hombre en toda la región de Beauce que no hubiera podido taparme el trasero con una carreta de heno.
Después el capitán nos llevó al palacio de la reina, conduciéndonos en silencio y con gran formalidad. Pantagruel quiso decirle algo, pero el otro, al no poder alcanzar su altura, deseó tener una escalera o unos zancos muy largos; entonces dijo: Paciencia, si fuera voluntad de nuestra soberana señora, seríamos tan altos como tú; bueno, lo seremos cuando ella lo disponga.
En las primeras galerías vimos gran cantidad de enfermos, dispuestos de manera diferente según sus dolencias. Los leprosos estaban aparte; los envenenados en un lado; los apestados en otro; los sifilíticos en primera fila, y así sucesivamente con los demás.



