Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 5.XX.

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Cómo la Quintaesencia curaba a los enfermos con una canción.

El capitán nos mostró a la reina, acompañada de sus damas y caballeros, en la segunda galería. Parecía joven, aunque tenía al menos mil ochocientos años, y era hermosa, esbelta y tan refinada como una reina, es decir, tan perfecta como las manos podían hacerla. Luego nos dijo: Aún no es el momento adecuado para hablar con la reina; entretanto, estén atentos a sus acciones.

En su mundo, tienen reyes que pretenden fantásticamente curar ciertas enfermedades, como, por ejemplo, la escrófula o los tumores, gargantas hinchadas, apodadas el mal del rey, y las fiebres cuartanas, solo con un toque; pues bien, nuestra reina cura toda clase de enfermedades sin siquiera tocar a los enfermos, sino únicamente con una canción, según la naturaleza del padecimiento. Luego nos mostró un órgano, y dijo que cuando ella lo tocaba se realizaban esas curaciones milagrosas. El órgano era, en verdad, el más extraño que jamás se haya visto; pues los tubos eran de cassia fistula en vaina; la parte superior y la cornisa de guayaco; los fuelles de ruibarbo; los pedales de turbith, y el teclado de escamonea.

Mientras examinábamos esta maravillosa y novedosa construcción de órgano, los leprosos eran traídos por sus extractores, spodizatores, masticadores, pregustadores, tabachines, chachanines, neemanines, rabrebans, nercins, rozuins, nebidins, tearins, segamiones, perarones, chasinines, sarines, soteines, aboth, enilines, archasdarpenines, mebins, chabourines y otros oficiales, cuyos nombres desconozco; así que ella les tocó no sé qué clase de melodía o canción, y todos fueron curados de inmediato.

Luego pasaron los envenenados, y apenas les hubo dedicado una canción, comenzaron a recobrar el uso de sus piernas y se pusieron de pie. Después vinieron los sordos, los ciegos y los mudos, y también ellos recuperaron sus facultades y sentidos perdidos con el mismo remedio; lo cual nos asombró de tal manera (y no sin razón, creo) que caímos rostro en tierra, permaneciendo postrados como hombres arrebatados en éxtasis, sin poder pronunciar palabra alguna por el exceso de nuestra admiración, hasta que ella se acercó y, tras tocar a Pantagruel con un delicado y fragante ramo de rosas blancas que sostenía en la mano, nos hizo recobrar los sentidos y levantarnos. Entonces nos dirigió el siguiente discurso en palabras byssin, como las que Parisatis deseaba que se dijeran a su hijo Ciro, o al menos de un carmesí alamodado:

La probidad que centellea en la superficie de sus personas informa a mi facultad de razonamiento, de manera sumamente asombrosa, sobre las virtudes radiantes latentes en los preciosos cofres y ventrículos de sus mentes. Pues, contemplando la meliflua suavidad de sus tres veces discretas reverencias, es imposible no dejarse persuadir con facilidad de que ni sus afectos ni sus intelectos están viciados por defecto o privación de las ciencias liberales y elevadas. Lejos de ello, todos deben juzgar que en ustedes reside una cornucopia y enciclopedia, una profundidad inconmensurable de conocimiento en las más peregrinas y sublimes disciplinas, tan frecuentemente admiradas y tan raramente acompañantes del vulgo imperito. Esto me obliga suavemente, a mí que en tiempos pasados mantuve mis afectos privados absolutamente subyugados, a condescender en dirigirme a ustedes en la trivial frase del mundo plebeyo, y asegurarles que son bien, más que cordialmente, bienvenidos.

No soy bueno para los discursos, me dijo Panurgo en voz baja; te ruego, amigo, que respondas por nosotros, si puedes. Sin embargo, esto no funcionó conmigo; tampoco Pantagruel respondió palabra. Así que la Reina Quimera, o Reina Quintaesencia (como prefieran), al percibir que permanecíamos mudos como peces, dijo: Su taciturnidad revela que no solo son discípulos de Pitágoras, de quien la venerable antigüedad de mis progenitores en sucesiva propagación emanó y deriva su origen, sino que también demuestra que, a través de la revolución de muchas lunas retrógradas, en Egipto han presionado las extremidades de sus dedos con los duros inquilinos de sus bocas y se han rapado la cabeza con frecuentes aplicaciones de sus uñas. En la escuela de Pitágoras, el silencio era símbolo de conocimiento abstracto y superlativo, y el silencio de los egipcios era considerado una forma expresiva de adoración divina; esto llevó a los pontífices de Hierápolis a sacrificar al gran dios en silencio, sin ningún sonido vociferante u obstreperoso. Mi intención no es incurrir en privación de gratitud hacia ustedes, sino que, mediante una formalidad vivaz, aunque la materia se abstrajera de mí, excéntricamente les expreso mis pensamientos.

Dicho esto, solo dijo a sus oficiales: Tabachines, una panacea; y enseguida nos pidieron que no tomáramos a mal que la reina no nos invitara a comer con ella; pues nunca comía nada en la cena salvo algunas categorías, jecabots, emnins, dimiones, abstracciones, harborines, chelemines, segundas intenciones, carradoths, antítesis, metempsicosis, prolepsis trascendentes y otros alimentos ligeros semejantes.

Luego nos llevaron a un pequeño gabinete revestido de alarmas, donde nos agasajaron de una manera que solo Dios sabe. Se dice que Júpiter escribe todo lo que ocurre en el mundo sobre la díptera o piel de la cabra Amaltea que lo amamantó en Creta, piel que le sirvió de escudo contra los Titanes, de donde le vino el sobrenombre de Egíoco. Ahora bien, como detesto beber agua, hermanos bebedores, protesto que sería imposible hacer que dieciocho pieles de cabra contuvieran la descripción de toda la buena comida que nos sirvieron, aunque estuviera escrita en caracteres tan pequeños como aquellos en que fueron redactadas las Ilíadas de Homero, que Cicerón cuenta haber visto encerradas en una nuez.

Por mi parte, aunque tuviera cien bocas, otras tantas lenguas, voz de hierro, corazón de roble y pulmones de cuero, junto con la abundancia meliflua de Platón, jamás podría darles una relación completa ni siquiera de la tercera parte de un segundo de todo aquello.

Pantagruel me decía que creía que la reina había dado la palabra simbólica usada entre sus súbditos para denotar el soberano buen convite, cuando dijo a sus tabachines: Una panacea; así como Luculo solía decir: En Apolo, cuando deseaba ofrecer a sus amigos un banquete singular; aunque a veces lo sorprendían, como solían hacerlo, entre otros, Cicerón y Hortensio.