Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 5.XXI.

Capítulo 241 de 266 · 4 min de lectura

Cómo pasaba la reina el tiempo después de la comida.

Cuando terminamos de comer, un chachanin nos condujo al salón de la reina, y allí vimos cómo, después de la comida, con las damas y los príncipes de su corte, solía cribar, cernir, tamizar, ordenar y pasar el tiempo con un fino y amplio cedazo de seda blanca y azul. También observamos cómo revivían antiguos juegos, divirtiéndose juntos con—

1. Córdax. 6. Frigia. 11. Monogas. 2. Emelia. 7. Tracia. 12. Terminalia. 3. Sicinia. 8. Calabrisme. 13. Floralia. 4. Yámbicos. 9. Molosia. 14. Pirrica. 5. Pérsica. 10. Cernóforo. 15. (Nicatismo.) Y mil otras danzas.

(Motteux añade la siguiente nota:—‘1. Una especie de danza campestre. 2. Una danza trágica y solemne. 3. Danza y canto usados en funerales. 4. Sarcasmos cortantes y sátiras. 5. La danza persa. 6. Tonadas cuyo ritmo inspiraba una especie de furia divina. 7. El movimiento tracio. 8. Versos picantes. 9. Un ritmo al que los molosos de Epiro bailaban cierta morisca. 10. Una danza con cuencos o vasijas en las manos. 11. Una canción donde uno canta solo. 12. Juegos en las festividades del dios de los límites. 13. Bailes desnudos en las fiestas de Flora. 14. La danza troyana con armadura.’)

Después ordenó que nos mostraran los aposentos y curiosidades de su palacio. Así, vimos allí cosas tan nuevas, extrañas y maravillosas, que aún quedo absorto de admiración cada vez que lo recuerdo. Sin embargo, nada nos sorprendió más que lo que hacían los caballeros de su casa, abstractores, parazones, nebidinos, spodizadores y otros, quienes libremente y sin el menor disimulo nos dijeron que la reina, su señora, realizaba todas las cosas imposibles y curaba a los hombres de enfermedades incurables; y que ellos, sus oficiales, solían encargarse del resto.

Vi allí a un joven parazón curar a muchos de la nueva consunción, me refiero a la sífilis, por más afectados que estuvieran. Aunque se tratara de la más aguda fiebre de Ruán (en inglés, la gota de Covent-garden), para él era lo mismo; tocando únicamente sus vértebras dentiformes tres veces con un trozo de zueco de madera, los dejaba tan sanos como lechones.

Otro curaba completamente a la gente de hidropesía, timpanitis, ascitis e hiposarcides, golpeándolos en el vientre nueve veces con un hacha tenediana, sin solución de continuidad.

Otro curaba todo tipo de fiebres y tercianas en el acto, simplemente colgando una cola de zorro en el lado izquierdo del cinturón del paciente.

Uno quitaba el dolor de muelas solo lavando tres veces la raíz del diente dolorido con vinagre de saúco y dejándolo secar media hora al sol.

Otro la gota, ya fuera caliente o fría, natural o accidental, simplemente haciendo que el gotoso cerrara la boca y abriera los ojos.

Vi a otro aliviar a nueve caballeros del mal de San Francisco [‘Consunción en el bolsillo, o falta de dinero; los de la orden de San Francisco no pueden llevar dinero consigo.’—Motteux] en muy poco tiempo, habiéndoles puesto una soga al cuello, al final de la cual colgaba una caja con diez mil coronas de oro.

Uno, con un ingenioso artefacto, arrojaba las casas por las ventanas, con lo cual quedaban purificadas de todo aire pestilente.

Otro curaba los tres tipos de hecticias, la tísica, las atrofias y los consumidos, sin baños, leche tabiana, dropax, alias depilatorio, ni otros medicamentos semejantes, solo convirtiendo al tísico durante tres meses en monje; y me aseguró que si no engordaban y se robustecían con la vida monástica, jamás engordarían en este mundo, ni por naturaleza ni por arte.

Vi a otro rodeado de dos tipos de mujeres. Unas eran jóvenes, ingeniosas, hábiles, aseadas, bonitas, lozanas, ágiles, vivaces, robustas, de buen parecer, bondadosas y tan perfectas como mi pierna, a juicio de cualquiera. Las demás eran viejas, curtidas, agotadas, desdentadas, legañosas, correosas, arrugadas, marchitas, cetrinas, mohosas, tísicas, decrépitas, brujas, y verdaderos esqueletos ambulantes. Nos dijeron que su oficio era refundir esas piezas femeninas de la antigüedad y hacerlas semejantes a las lindas criaturas que veíamos, quienes habían rejuvenecido ese mismo día, recuperando de una vez la belleza, figura, talla y disposición que gozaban a los dieciséis años; excepto los talones, que ahora eran mucho más cortos que en su primera juventud.

Esto las hacía aún más propensas a caer de espaldas cada vez que algún hombre las tocaba, más que antes. En cuanto a sus contrapartes, las viejas desgreñadas, esperaban devotamente la hora bendita en que se sacara la hornada del horno, para tener su turno, y con gran apremio tiraban y jalaban al hombre como locas, diciéndole que no hay cosa más penosa e intolerable en la naturaleza que tener la cola en llamas y la cabeza espantando a quienes deberían apagarla.

El oficial tenía las manos llenas, nunca le faltaban pacientes; ni su puesto le reportaba poco, puedes jurarlo. Pantagruel le preguntó si también podía rejuvenecer a los hombres viejos. Él respondió que no podía. Pero que la manera de hacerlos nuevos era lograr que convivieran con una mujer recién refundida; pues así contraían esa quinta especie de crinckams, que algunos llaman pellade, en griego, ophiasis, que les hacía mudar el cabello y la piel, como las serpientes, y así su juventud se renovaba como la del ave fénix de Arabia. Esta es la verdadera fuente de la juventud, pues allí los viejos y decrépitos se vuelven jóvenes, activos y vigorosos.

Así, como nos cuenta Eurípides, Iolao fue transfigurado; y así Faón, por quien la bondadosa Safo enloqueció, rejuveneció para uso de Venus; así Titono por medio de Aurora; así Esón por Medea, y también Jasón, quien, si hemos de creer a Ferecides y Simónides, fue renovado y teñido por esa hechicera; y así también las nodrizas del alegre Baco y sus esposos, según relata Esquilo.