Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 5.XXII.
Capítulo 242 de 266 · 4 min de lectura
Cómo se empleaban los oficiales de la reina Quimera; y cómo dicha dama nos retuvo entre sus extractores.
Entonces vi a un gran número de oficiales de la reina, que blanqueaban negros tan rápido como el lúpulo, solo frotándoles el vientre con el fondo de una canasta.
Otros, con tres parejas de zorros en un solo yugo, araban una orilla arenosa, y no perdían su semilla.
Otros lavaban tejas quemadas, y les hacían perder su color.
Otros extraían agua de piedras pómez, machacándolas un buen rato en un mortero, y cambiaban su sustancia.
Otros esquilaban asnos, y así obtenían lana de vellón largo.
Otros recogían agracejos e higos de los cardos.
Otros ordeñaban machos cabríos por las ubres, y guardaban su leche en un colador; y mucho conseguían con ello.
(Otros lavaban cabezas de asno sin perder el jabón.)
Otros enseñaban a bailar a las vacas, y no perdían su violín.
Otros tendían redes para atrapar el viento, y en ellas pescaban bogavantes.
Vi a un spodizador que, muy artificiosamente, sacaba flatulencias de un asno muerto, y las vendía a cinco peniques la vara.
Otro hacía pudrir escarabajos. ¡Oh, qué manjar tan delicado!
El pobre Panurgo devolvió el estómago y entregó su medio penique (es decir, vomitó), al ver a un archasdarpenin que ponía a pudrir una gran cantidad de orina en estiércol de caballo, mezclada con abundante reverencia cristiana. ¡Puaj, qué asco, perro inmundo! Sin embargo, nos dijo que con esta sagrada destilación regaba a reyes y príncipes, y hacía sus dulces vidas un par de brazas más largas.
Otros construían iglesias para saltar sobre los campanarios.
Otros ponían los carros delante de los caballos, y empezaban a desollar anguilas por la cola; tampoco las anguilas lloraban antes de ser heridas, como las de Melun.
Otros hacían grandes cosas de la nada, y hacían que las grandes cosas volvieran a la nada.
Otros cortaban el fuego en filetes con un cuchillo, y sacaban agua con una red de pescar.
Otros hacían tiza del queso, y miel de la caca de un perro.
Vimos a otro grupo, de una docena de panaderos más o menos, bebiendo bajo una pérgola. Brindaban con alegres copas sin fondo cuatro tipos de fresco, espumoso, puro y delicioso jarabe de vid, que bajaba como leche materna; y los brindis y copas volaban como relámpagos. Nos dijeron que estos verdaderos filósofos multiplicaban las estrellas bebiendo hasta que las siete fueran catorce, como el fornido Hércules hizo con Atlas.
Otros hacían de la necesidad virtud, y sacaban lo mejor de un mal negocio, lo cual me pareció una labor muy buena.
Otros hacían alquimia (es decir, reverencia) con los dientes, y juntando su retorta trasera al recipiente, hacían muecas feas, y luego apretaban.
Otros, en un gran prado, medían exactamente hasta dónde podían saltar las pulgas de un brinco, un paso y un salto; y nos dijeron que esto era sumamente útil para el gobierno de los reinos, la conducción de los ejércitos y la administración de las repúblicas; y que Sócrates, quien primero sacó la filosofía del cielo, y de la ociosidad y el juego la hizo provechosa y de importancia, solía pasar la mitad de su tiempo filosofando en medir los saltos de las pulgas, como afirma Aristófanes el quintesencial.
Vi a dos gibrones solos vigilando en lo alto de una torre, y nos dijeron que custodiaban la luna de los lobos.
En un rincón oscuro me encontré con otros cuatro muy acalorados y a punto de irse a los golpes. Pregunté cuál era la causa del alboroto y el jaleo, el gran revuelo que armaban. Y escuché que durante cuatro días enteros esos sabihondos habían estado discutiendo acaloradamente sobre tres elevadas proposiciones, más que metafísicas, prometiéndose montañas de oro por resolverlas. La primera era sobre la sombra de un asno; la segunda, sobre el humo de una linterna; y la tercera sobre el pelo de cabra, si era lana o no. Oímos que no les parecía nada extraño que dos contradicciones en modo, forma, figura y tiempo fueran verdaderas; aunque aseguro que los sofistas de París preferirían no ser cristianos antes que admitir tanto.
Mientras admirábamos las maravillosas acciones de aquellos hombres, ya titilando la estrella vespertina, apareció la reina (¡Dios la bendiga!) acompañada de su corte, y de nuevo nos asombró y deslumbró. Ella lo notó, y nos dijo:
Lo que ocasiona las aberraciones de las cogitaciones humanas a través de los laberintos y abismos desconcertantes de la admiración, no es la fuente de los efectos, que los mortales sagaces experimentan visiblemente como resultado consecuente de causas naturales. Es la novedad del experimento lo que impresiona sus facultades conceptivas y cogitativas; que no prevén adecuadamente la facilidad de la operación, con una intelección subacta y serena, asociada a un estudio diligente y congruente. Por consiguiente, que toda perturbación abdique de los ventrículos de sus cerebros, si alguno los ha invadido mientras contemplaban lo que realizan mis ministros domésticos. Sean espectadores y oyentes de cada fenómeno particular y de cada proposición individual dentro del ámbito de mi mansión; sacíense con todo lo que aquí pueda caer bajo la consideración de sus poderes visuales o auscultadores, y así libérense de la servidumbre de la crasa ignorancia. Y para que se convenzan de cuán sinceramente deseo esto en consideración de la estudiosa avidez que tan demostrativamente emana de sus órganos externos, desde este preciso instante los retengo como mis extractores. Geber, mi principal Tabachín, los registrará e iniciará a su partida.
Agradecimos humildemente a su majestad sin decir palabra, aceptando el noble cargo que nos confería.



