Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 5.XXIII.

Capítulo 243 de 266 · 3 min de lectura

De cómo fue servida la reina en la comida y de su manera de comer.

La reina Quimérica, después de esto, dijo a sus caballeros: El orificio del ventrículo, ese embajador ordinario para la alimentación de todos los miembros, ya sean superiores o inferiores, nos urge a restituir, mediante la aplicación de un sustento idóneo, lo que fue disipado por la acción de la calidez interna sobre la humedad radical. Por tanto, spodizadores, gesininos, memains y parazones, no sean culpables de dilaciones en la aplicación de toda especie re-vigorizante, sino más bien dejen que proliferen y abunden en las mesas. En cuanto a ustedes, nobilísimos pregustadores y mis gentilísimos masticadores, su industria frecuentemente experimentada, entrelazada con una perdiligente solicitud y una solicitud perdiligente, continuamente les ayuda a perfeccionar todo de manera tan expedita que no hay necesidad de excitar en ustedes el deseo de consumarlo. Por lo tanto, solo puedo sugerirles que sigan operando como están acostumbrados a hacerlo, incansablemente.

Habiendo pronunciado este hermoso discurso, se retiró por un momento con parte de sus damas, y nos dijeron que era para bañarse, como solían hacer los antiguos más comúnmente que nosotros hoy en día, para lavarse las manos antes de comer. Pronto se dispusieron las mesas, se tendió el mantel, y entonces la reina se sentó. No comió nada más que ambrosía celestial, y no bebió sino néctar divino. En cuanto a los señores y damas presentes, ellos, al igual que nosotros, disfrutaron de platillos tan raros, costosos y exquisitos como los que jamás Apicio conoció o soñó en su vida.

Cuando estábamos tan redondos como aros y tan llenos como huevos de tanto llenar el estómago, nos sirvieron una olla podrida para forzar al hambre a llegar a un acuerdo con nosotros, en caso de que no nos hubiera concedido una tregua; y era una cosa tan enorme y vasta que el plato que Pythius Althius regaló al rey Darío difícilmente la habría cubierto. La olla consistía en varios tipos de sopas, ensaladas, fricasés, salsas agrias, cabirotados, carnes asadas y hervidas, carnes a la parrilla, enormes trozos de carne salada, buenos jamones añejos, exquisitos somates, pasteles, tartas, un mundo de cuajadas al estilo moro, queso fresco, gelatinas y frutas de todo tipo. Todo esto me pareció bueno y exquisito; sin embargo, la sola vista me hizo suspirar, pues ¡ay! no podía probar ni un bocado, de tan lleno que había dejado mi estómago antes, y barriga llena, ya se sabe, es barriga llena. Sin embargo, debo contarles lo que vi y que me pareció bastante curioso: eran algunos pasteles en pasta; ¿y qué creen que eran esos pasteles en pasta, sino pasteles en ollas? En el fondo percibí una buena cantidad de dados, naipes, tarots, luettes, piezas de ajedrez y damas, además de tazones llenos de coronas de oro, para quienes quisieran jugar una partida y probar su suerte. Debajo de esto vi una alegre compañía de mulas con ricos atalajes, con tapetes de terciopelo, y un grupo de caballos de paso, algunos para hombres y otros para mujeres; además de no sé cuántas literas todas forradas de terciopelo, y algunos carruajes de fabricación ferrarense; todo esto para quienes quisieran salir a tomar el aire.

Esto no me pareció extraño; pero si algo me sorprendió fue, sin duda, la manera de comer de la reina, y en verdad era muy novedosa y muy extraña; pues no masticaba nada, la buena señora; no porque no tuviera buenos y firmes dientes, ni porque su comida no requiriera ser masticada, sino que tal era la costumbre de su alteza. Cuando sus pregustadores probaban la comida, sus masticadores la tomaban y la masticaban con gran nobleza; pues sus delicadas mandíbulas y gargantas estaban forradas de satén carmesí, con pequeños ribetes y bordados de oro, y sus dientes eran de delicado marfil blanco. Así, cuando habían masticado la comida y la tenían lista para el estómago de su alteza, la vertían por su garganta a través de un embudo de fino oro, y así hasta su buche. Por esa razón nos dijeron que nunca visitaba el retrete sino por medio de un sustituto.