Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 5.XXVII.
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Cómo llegamos a la isla de las Sandalias; y sobre la orden de los Frailes Semicorchea.
De allí fuimos a la isla de las Sandalias, cuyos habitantes no viven sino de caldo de bacalao. Sin embargo, fuimos recibidos y agasajados muy amablemente por Benius el Tercero, rey de la isla, quien, después de hacernos beber, nos llevó consigo para mostrarnos un monasterio flamante y recién construido que había ideado para los Frailes Semicorchea; así llamaba a los religiosos que tenía allí. Pues decía que al otro lado del agua vivían frailes que se autodenominaban los más humildes servidores de su dulce señoría. Ítem, los buenos Frailes Menores, que son semifusas de bulas; la tribu ahumada de los Frailes Mínimos; luego los Frailes Corchea. Así que estos diminutivos no podían ser más que Semicorcheas. Por los estatutos, bulas y patentes de la Reina Capricho, todos iban vestidos como incendiarios, salvo que, como en Anjou los albañiles suelen acolcharse las rodillas cuando techan casas, así estos santos frailes solían llevar el vientre acolchado, y las panzas gruesas y acolchadas eran muy apreciadas entre ellos. Sus braguetas estaban cortadas en forma de zapatilla, y cada monje llevaba dos—una cosida delante y otra detrás—afirmando que ciertos misterios terribles se representaban debidamente con esa duplicidad de braguetas.
Usaban zapatos tan redondos como tazones, imitando a quienes habitan el mar arenoso. Sus barbas estaban bien afeitadas y sus pies calzados con hierro; y para mostrar que no valoraban la fortuna, Benius les hacía afeitar y rapar la parte trasera de la cabeza, desde la coronilla hasta los omóplatos, tan lisa como el trasero de un pájaro; pero tenían permiso de dejarse crecer el cabello por delante, desde los dos huesos triangulares en la parte superior del cráneo.
Así, no valoraban la fortuna ni un botón, y les importaban los bienes de este mundo tanto como a ti o a mí nos importa el ahorcamiento. Y para mostrar cuánto desafiaban a esa ciega veleta, todos llevaban, no en las manos como ella, sino en la cintura, en vez de rosarios, navajas afiladas, que solían afilar dos veces al día y ajustar tres veces por la noche.
Cada uno de ellos tenía una bola redonda en los pies, porque se dice que la Fortuna tiene una bajo los suyos.
La solapa de sus capuchas colgaba hacia adelante, y no hacia atrás como las de los demás. Así, nadie podía verles la nariz, y se reían sin temor tanto de la fortuna como de los afortunados; ni más ni menos que nuestras damas se ríen de las busconas cuando llevan esas mascarillas que llaman antifaces, y que antes se llamaban con más propiedad caridad, porque cubren multitud de pecados.
La parte trasera de sus rostros siempre estaba descubierta, como nuestros rostros, lo que les permitía ir con el vientre o el trasero por delante, según les placiera. Cuando llevaban la cara trasera hacia adelante, jurarías que ese era su modo natural de andar, tanto por los zapatos redondos como por la doble bragueta y la cara detrás, tan lisa como el dorso de mi mano, y burdamente pintada con dos ojos y una boca, como se ve en algunos cocos indios. Ahora bien, si intentaban avanzar con el vientre hacia adelante, pensarías que jugaban a la gallina ciega. Que me ahorquen si no era una visión cómica.
Su modo de vida era así: al anochecer, caritativamente comenzaban a calzarse botas y espuelas unos a otros. Hecho esto, lo menos que hacían era dormir y roncar; y así dormidos, tenían anteojeras en los mangos de la cara, o a lo sumo anteojos.
Puedes jurar que no nos asombró poco esta extraña costumbre; pero pronto nos dieron satisfacción, diciéndonos que el día del juicio sorprenderá a la humanidad dormida; por eso, para mostrar que no rehusaban presentarse en persona como suelen hacer los favoritos de la fortuna, siempre estaban así calzados y espoleados, listos para montar en cuanto sonara la trompeta.
Al mediodía, apenas sonaba el reloj, solían despertarse. Debes saber que la campana del reloj, las campanas de la iglesia y las del refectorio estaban hechas según el diseño pontial, es decir, acolchadas con el más fino plumón, y sus badajos eran colas de zorro.
Habiendo logrado levantarse al mediodía, se quitaban las botas, y quienes necesitaban hablar con una doncella, alias orinar, orinaban; quienes necesitaban defecar, defecaban; y quienes necesitaban estornudar, estornudaban. Pero todos, quisieran o no (¡pobres caballeros!), estaban obligados a bostezar larga y abundantemente; y ese era su primer desayuno (¡Oh, riguroso estatuto!). Me pareció muy cómico observar sus acciones; pues, tras dejar botas y espuelas en un estante, iban al claustro. Allí se lavaban cuidadosamente las manos y la boca; luego se sentaban en un banco largo y se limpiaban los dientes hasta que el preboste daba la señal, silbando con los dedos; entonces cada uno abría la boca cuanto podía, y bostezaban durante media hora, a veces más, a veces menos, según el prior juzgara adecuado el desayuno para el día.
Después iban en procesión, llevándose delante dos estandartes, en uno de los cuales estaba la imagen de la Virtud, y en el otro la de la Fortuna. Este último iba delante, llevado por un fraile semicorchea, seguido de otro que portaba la sombra o imagen de la Virtud en una mano y un hisopo de agua bendita en la otra—me refiero a esa agua mercurial sagrada que Ovidio describe en sus Fastos. Y mientras el Semicorchea precedente hacía sonar una campanilla, este agitaba el hisopo con el puño. Entonces dijo Pantagruel: Esta orden contradice la regla que prescribieron Tulio y los académicos, según la cual la Virtud debe ir delante y la Fortuna seguir. Pero nos dijeron que hacían lo correcto, pues su intención era azotar, fustigar y vapulear a la Fortuna.
Durante las procesiones trinan y alternan melodiosamente entre dientes no sé qué antífonas o cánticos. Por mi parte, todo me sonaba a griego y hebreo, ni el diablo podía entender una palabra; al final, aguzando el oído y escuchando con atención, percibí que solo cantaban con la punta de la suya. ¡Oh, qué rara armonía era! ¡Qué bien afinada al sonido de sus campanas! Jamás verás que desafinen, eso seguro. Pantagruel hizo una notable observación sobre las procesiones; pues dijo: ¿Han visto y observado la política de estos Semicorcheas? Para terminar su procesión salían por una puerta de la iglesia y entraban por otra; tenían mucho cuidado de no entrar por donde salían. Por mi honor, son gente sutil, dijo Panurgo; tienen tanta astucia como tres personas, dos tontos y un loco; son tan sabios como el becerro que corrió nueve millas para mamar de un toro, y cuando llegó era un novillo. Esa sutileza y sabiduría, exclamó Fray Juan, la toman de la filosofía oculta. Que me abran como una ostra si sé qué pensar de eso. Entonces, más debe temerse, dijo Pantagruel; porque la sutileza sospechada, prevista y descubierta, pierde la esencia y el nombre mismo de sutileza, y solo gana el de necedad. No son tan tontos como creen; temo que tienen más trucos de los que conviene.
Después de la procesión iban perezosamente al refectorio, a modo de paseo y ejercicio saludable, y allí se arrodillaban bajo las mesas, apoyando el pecho en faroles. Mientras estaban en esa postura, entraba un enorme Sandalia, con una horca en la mano, que solía untarlos, asarlos, fajar y azotarles bien, según decían, y en verdad los trataba a su modo. Comenzaban su comida como tú terminas la tuya, con queso, y la terminaban con mostaza y lechuga, como nos cuenta Marcial que hacían los antiguos. Después traían un plato lleno de mostaza ante cada uno, y así cumplían el proverbio: Después de la comida viene la mostaza.
Su dieta era la siguiente:
Los domingos rellenaban sus morcillas con morcillas, chorizos, salchichas de Bolonia, embutidos, asaduras, menudillos de cerdo, codornices jóvenes y cercetas. Debes añadir siempre queso como primer plato y mostaza como el último.
Los lunes se atiborraban de guisantes con cerdo, cum commento, y glosas interlineales.
Los martes solían retorcer gran cantidad de pan bendito, pasteles, bollos, hojaldres, panes de Cuaresma, galletas y bizcochos.
Los miércoles, mis señores tenían cabezas de oveja, de ternero y de tejón, de las que no falta en ese país.
Los jueves se tragaban siete tipos de gachas, sin olvidar la mostaza.
Los viernes no masticaban sino serbas o sorbas; y ni siquiera estaban maduras, a juzgar por su color.
Los sábados roían huesos; no porque fueran pobres o necesitados, pues cada uno de ellos tenía un buen y gordo beneficio de vientre.
En cuanto a su bebida, era un antifortunal; así llamaban a no sé qué licor del lugar.
Cuando querían comer o beber, bajaban las puntas traseras o solapas de sus capuchas hacia adelante, por debajo de la barbilla, y eso les servía en vez de babero o pechera.
Cuando habían comido bien, rezaban rara vez, todos a base de trinos y vibratos; y el resto del día, esperando el día del juicio, lo dedicaban a actos de caridad, y en particular—
Los domingos, partidas de manotazos.
Los lunes, se daban palmadas y golpecitos en la nariz unos a otros.
Los martes, se arañaban y se zurraban entre sí.
Los miércoles, se hurgaban la nariz y espantaban moscas.
Los jueves, se desparasitaban y bombeaban.
Los viernes, se hacían cosquillas.
Los sábados, se azotaban y se daban tundas unos a otros.
Tal era su régimen cuando residían en el convento, y si el prior del monasterio enviaba a alguno de ellos fuera, entonces se les ordenaba estrictamente no tocar ni comer ningún tipo de pescado mientras estuvieran en el mar o en los ríos, y abstenerse de toda clase de carne siempre que estuvieran en tierra, para que todos pudieran convencerse de que, mientras disfrutaban del objeto, se negaban a sí mismos el poder, e incluso el deseo, y no se sentían más movidos por ello que la roca Marpesia.
Todo esto se hacía con las antífonas apropiadas, siempre cantadas y entonadas de oído, como ya hemos observado.
Cuando el sol se iba a dormir, se calzaban y espoleaban unos a otros como antes, y tras ponerse las antiparras, se iban a la cama también. A medianoche llegaba la Sandalia, y se levantaban, y tras afilar bien y preparar sus navajas, y haber hecho su procesión, se cubrían con las mesas, y como trefiladores bajo su trabajo, se entregaban a lo ya mencionado.
Fray Juan de las Entomeuras, habiendo observado astutamente a estos alegres frailes Semicorchea, y habiendo recibido un informe completo de sus estatutos, perdió toda paciencia y exclamó en voz alta: ¡Que rebote la cola, y Dios bendiga las tripas! Si cada tonto llevara un cascabel, la leña sería cara. ¡Maldita sea, tendremos que saber cuántos pedos hacen una onza! Ojalá estuviera aquí Príapo, como solía estar en los festivales nocturnos de Creta, para verlo actuar al revés, retorciéndose y sacudiéndose como corresponde. Sí, sí, este es el mundo, y el otro es el campo; que nunca orine si esto no es una tierra antictónica, y nuestros verdaderos antípodas. En Alemania derriban monasterios y despojan a los monjes; aquí hacen todo al revés, y actúan completamente contrario a los demás, fundando nuevos, a contrapelo.



