Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 5.XXX.

Capítulo 250 de 266 · 6 min de lectura

Cómo llegamos a la tierra de Satén.

Habiéndonos entretenido observando esa nueva orden de frailes Semicorchea, zarpamos, y en tres días nuestro capitán avistó la isla más hermosa y placentera que jamás se haya visto. La llamó la isla de Frisa, pues todos los caminos eran de frisa.

En esa isla se encuentra la tierra de Satén, tan celebrada por nuestros pajes de corte. Sus árboles y hierbas nunca pierden sus hojas ni flores, y son todos de damasco y terciopelo floreado. En cuanto a las bestias y aves, todas son de tapicería. Allí vimos muchas bestias y aves en los árboles, del mismo color, tamaño y forma que las de nuestro país; con la diferencia, sin embargo, de que éstas no comían nada, y jamás cantaban ni mordían como las nuestras; y también vimos allí muchas clases de criaturas que nunca habíamos visto antes.

Entre ellas, varios elefantes en diversas posturas; doce de los cuales eran los seis machos y seis hembras que fueron llevados a Roma por su gobernador en tiempos de Germánico, sobrino de Tiberio. Algunos de ellos eran elefantes sabios, otros músicos, otros filósofos, bailarines y hacedores de trucos; y todos se sentaban a la mesa en buen orden, comiendo y bebiendo en silencio como tantos padres en un refectorio.

Con sus trompas o probóscides, de unas dos varas de largo, absorben agua para beber y toman hojas de palma, ciruelas y toda clase de comestibles, usándolas ofensiva o defensivamente como nosotros usamos los puños; con ellas lanzan a los hombres alto por los aires en combate, y los hacen reventar de risa cuando caen al suelo.

Tienen articulaciones (en las patas), por más que algunos, que sin duda nunca vieron más que pintados, hayan escrito lo contrario. Entre sus dientes tienen dos enormes cuernos; así los llamaba Juba, y Pausanias nos dice que no son dientes, sino cuernos; sin embargo, Filóstrato sostiene que son dientes y no cuernos. Para mí es lo mismo, con tal de que se reconozca que son verdadero marfil. Miden unos tres o cuatro codos de largo, y están fijados en el maxilar superior, y por tanto no en el inferior. Si escuchas a quienes digan lo contrario, te encontrarás terriblemente equivocado, pues eso es una mentira con correa; aunque lo dijera Eliano, ese gran fabulador, no le creas, pues miente tan rápido como corre un perro. Fue en esta misma isla donde Plinio, su hermano veraz, vio algunos elefantes bailar sobre la cuerda con cascabeles, y saltar sobre las mesas, presto, desaparecen, mientras la gente estaba en los banquetes, sin tocar siquiera a los bebedores empedernidos.

Vi allí un rinoceronte, exactamente igual al que Harry Clerberg me había mostrado antes. Me pareció no muy diferente de cierto jabalí que había visto en Limoges, salvo por el afilado cuerno en su hocico, que medía cerca de un codo; gracias a él, ese animal se atreve a enfrentarse con un elefante, al que a veces mata clavándole la punta en el vientre, que es su parte más tierna y desprotegida.

Vi allí treinta y dos unicornios. Son criaturas malditas, muy parecidas a un hermoso caballo, salvo que sus cabezas son como de ciervo, sus patas como de elefante, sus colas como de jabalí, y de cada una de sus frentes brota un afilado cuerno negro, de unos seis o siete pies de largo; comúnmente cuelga hacia abajo como la cresta de un pavo. Cuando un unicornio quiere pelear, o darle otro uso, lo pone erguido, y entonces es tan recto como una flecha.

Vi uno de ellos, que estaba acompañado por una multitud de otras bestias salvajes, purificar una fuente con su cuerno. Entonces Panurgo me dijo que su corcel, alias su ágil-bil, era como el unicornio, no tanto en longitud, en verdad, pero sí en virtud y propiedad; pues así como el unicornio purificaba charcas y fuentes de suciedad y veneno, para que otros animales pudieran beber allí sin peligro, de igual manera otros podían abrevar sus caballos y chapotear después de él sin temor a chancros, carnosidades, gonorreas, bubones, crincas y otras plagas semejantes que sufren quienes se arriesgan a saciar su sed amorosa en un charco común; pues con su vigoroso cuerno eliminaba toda infección que pudiera estar escondida en algún rincón oscuro del pestilente y aromático agujero.

Bien, dijo fray Juan, cuando estés listo, es decir, cuando te cases, probaremos esto en tu esposa, sólo por caridad, ya que te dignas darnos tan beneficiosa instrucción.

Sí, sí, replicó Panurgo, y entonces de inmediato te daré una bonita y suave píldora agregativa de Dios, compuesta de veintidós cariñosas puñaladas, al modo cesáreo. ¡Catzo!, exclamó fray Juan, prefiero tomarme una copa de buen vino fresco.

Vi allí el vellocino de oro que conquistó Jasón, y puedo asegurarte, en palabra de hombre honesto, que quienes dijeron que no era un vellocino sino una manzana dorada, porque melón significa tanto manzana como oveja, estaban completamente equivocados.

Vi también un camaleón, tal como lo describe Aristóteles, y como aquel que me había mostrado antes Carlos Maris, famoso médico de la noble ciudad de Lyon sobre el Ródano; y dicho camaleón vivía del aire, igual que el otro.

Vi tres hidras, como las que había visto antes. Son una especie de serpiente, con siete cabezas diferentes.

Vi también catorce fénix. Había leído en muchos autores que sólo había uno en todo el mundo en cada siglo; pero, si se me permite decir mi opinión, declaro que quienes dijeron esto nunca vieron ninguno, a menos que fuera en la tierra de Tapicería; aunque lo atestiguaran Claudiano o Lactancio Firmiano.

Vi la piel del asno de oro de Apuleyo.

Vi trescientos nueve pelícanos.

Ítem, seis mil dieciséis aves seleúcidas marchando en formación, y recogiendo saltamontes rezagados en los trigales.

Ítem, algunos cynamólogos, argatiles, caprimulgos, thynnúnculos, onócrótalos o avetoros, con sus anchas tragaderas, estinfálidas, arpías, panteras, dorcados o ciervos, cemades, cinocéfalos, sátiros, cartasanes, tarandos, uros, monopses o bonasis, neades, esteras, titíes o monos, cornetas, musimones, byturoses, ofiros, lechuzas, duendes, hadas y grifos.

Vi la Cuaresma a caballo, con el Mediagosto y el Mediamarzo sosteniéndole los estribos.

Vi algunos lobos antropófagos, centauros, tigres, leopardos, hienas, camélopardos y orixes, o enormes cabras salvajes de afilados cuernos.

Vi una rémora, un pequeño pez llamado echineis por los griegos, y cerca de él un gran navío que no avanzaba ni una pulgada, aunque estaba en alta mar con velas y gavias desplegadas al viento. Me inclino a creer que era el mismo barco en el que Periandro el tirano se hallaba cuando fue detenido por un pez tan pequeño, a pesar del viento y la marea. Fue en esta tierra de Satén, y en ninguna otra, donde Mutiano vio uno de ellos.

Fray Juan nos contó que en tiempos antiguos abundaban en nuestros tribunales dos clases de peces, que corrompían los cuerpos y atormentaban las almas de quienes litigaban, fueran nobles o plebeyos, altos o bajos, ricos o pobres: los primeros eran los peces de abril o caballas (proxenetas, alcahuetes y rufianes); los otros las benéficas rémoras, es decir, la eternidad de los pleitos, los obstáculos inútiles que los mantenían sin resolver.

Vi algunas esfinges, algunos rafes, algunos onzas y algunos cepphi, cuyas patas delanteras son como manos y las traseras como las de un hombre.

También algunos crocutas y algunos eali tan grandes como caballos marinos, con colas de elefante, mandíbulas y colmillos de jabalí, y cuernos tan flexibles como las orejas de un asno.

Los crocutas, animales rapidísimos, tan grandes como nuestros burros de Mirebalais, tienen cuello, cola y pecho como de león, patas como de ciervo, bocas hasta las orejas, y sólo dos dientes, uno arriba y otro abajo; hablan con voz humana, pero cuando lo hacen no dicen nada.

Algunos dicen que nadie ha visto jamás un nido de sacres; si me crees, yo vi no menos de once, y estoy seguro de haber contado bien.

Vi algunas alabardas zurdas, que fueron las primeras que vi en mi vida.

Vi algunas mantícoras, criaturas extrañísimas, que tienen cuerpo de león, pelo rojo, cara y orejas como de hombre, tres hileras de dientes que encajan como si entrelazaras los dedos de ambas manos; tienen un aguijón en la cola como el de un escorpión, y una voz muy melodiosa.

Vi algunos catablepas, una especie de serpientes, cuyos cuerpos son pequeños, pero sus cabezas enormes, sin proporción alguna, tanto que les cuesta levantarlas; y sus ojos son tan venenosos que quien los mira muere en el acto, como si hubiera visto un basilisco.

Vi algunas bestias con dos espaldas, y ésas me parecieron las criaturas más alegres del mundo. Eran sumamente ágiles meneando las nalgas, y más diligentes en mover la cola que cualquier aguzanieves, moviendo y sacudiendo perpetuamente sus dobles traseros.

Vi allí algunos cangrejos ordeñados, criaturas de las que nunca antes había oído hablar en mi vida. Se movían con muy buen orden, y te habría alegrado el corazón verlos.