Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 5.XXXI.

Capítulo 251 de 266 · 4 min de lectura

Cómo en la tierra de Satín vimos a Rumor, quien tenía una escuela de testimonios.

Subimos un poco más en el país de Tapicería, y vimos el mar Mediterráneo abrirse a derecha e izquierda hasta el mismo fondo; tal como el mar Rojo dejó justamente su lecho en el golfo Arábigo para hacer un paso a los judíos cuando salieron de Egipto.

Allí encontré a Tritón soplando su caracola de plata en vez de un cuerno, y también a Glauco, Proteo, Nereo y mil otros dioses menores y monstruos marinos.

También vi una infinidad de peces de todas clases, bailando, volando, saltando, luchando, comiendo, respirando, cortejando, empujando, desovando, cazando, pescando, escaramuceando, tendiendo emboscadas, haciendo treguas, regateando, negociando, jurando y jugando.

En un rincón oscuro vimos a Aristóteles sosteniendo una linterna en la postura en que suele dibujarse al ermitaño cerca de San Cristóbal, observando, escudriñando, pensando y anotando todo.

Detrás de él estaba un grupo de otros filósofos, como tantos alguaciles tras un jefe de policía, tales como Apiano, Heliodoro, Ateneo, Porfirio, Pancrates, Arcadio, Numenius, Posidonio, Ovidio, Oppiano, Olimpio, Seleuco, Leonidas, Agatocles, Teofrasto, Damóstrato, Mutiano, Ninfodoro, Eliano y quinientos otros doctos laboriosos, llenos de ocupaciones pero con poco que hacer; como Crisipo o Aristarco de Solos, quienes durante cincuenta y ocho años no hicieron otra cosa en el mundo que examinar el estado y los asuntos de las abejas.

Entre ellos distinguí a Pedro Gilles, con un orinal en la mano, observando atentamente el agua de aquellos hermosos peces.

Cuando ya habíamos contemplado largamente todo en esta tierra de Satín, Pantagruel dijo: Ya he alimentado suficientemente mis ojos, pero mi estómago sigue vacío y me avisa que es hora de comer. Cuidemos el cuerpo para que el alma no lo abandone; y para ello probemos algunas de esas anacampserotas [‘Una hierba, cuyo contacto, se dice, reconcilia a los amantes.’—Motteux] que cuelgan sobre nuestras cabezas. Bah, exclamó uno, son pura basura, no valen nada, te lo aseguro; no sirven para nada.

Entonces fui a arrancar unos mirabolanos de un tapiz donde colgaban, pero ni el diablo podía masticarlos o tragarlos; y si los hubieras tenido entre los dientes habrías jurado que eran seda hilada; no tenían ningún sabor.

Uno podría pensar que Heliogábalo tomó de ahí la idea para agasajar a quienes había hecho ayunar mucho tiempo, prometiéndoles luego un banquete suntuoso, abundante e imperial; pues todo el convite no solía ser más que varias clases de manjares de cera, mármol, loza, manteles pintados y decorados.

Mientras buscábamos algo más sustancioso para comer, oímos un ruido fuerte y variado, como el de molinos de papel (o mujeres lavando ropa); así que fuimos rápidamente al lugar de donde venía el ruido, donde encontramos a un viejo diminuto, monstruoso y deforme, llamado Rumor. Tenía la boca hendida hasta las orejas, y en ella siete lenguas, cada una dividida en siete partes. Sin embargo, charlaba, parloteaba y hablaba con todas las siete a la vez, de distintos asuntos y en diversos idiomas.

Tenía tantas orejas por toda la cabeza y el cuerpo como Argos tuvo ojos, y era tan ciego como un escarabajo, y tenía parálisis en las piernas.

A su alrededor había un número incontable de hombres y mujeres, boquiabiertos, escuchando y oyendo con mucha atención. Entre ellos observé a algunos que pavoneaban como cuervos en un canal, y sobre todo a un hombre de rostro muy apuesto, quien sostenía entonces un mapa del mundo y, con pequeños aforismos, les explicaba todo de manera concisa; de modo que aquellos hombres de buena memoria se volvían sabios en un instante, y podían hablar con fluidez sobre un mundo de cosas prodigiosas, cuya centésima parte tomaría toda una vida conocer a fondo.

Entre otros, disertaban con gran prolijidad sobre las pirámides y jeroglíficos de Egipto, el Nilo, Babilonia, los Trogloditas, los Himantópodos o nación de pies torcidos, los Blemmias, gente que lleva la cabeza en medio del pecho, los Pigmeos, los Caníbales, los Hiperbóreos y sus montañas, los Egipanes con pies de cabra, y el diablo y todos los demás; cada palabra de ello por rumor.

Me equivoco mucho si no vi entre ellos a Heródoto, Plinio, Solino, Beroso, Filóstrato, Pomponio Mela, Estrabón y Dios sabe cuántos otros anticuarios.

Luego Alberto, el gran fraile jacobino, Pedro Testimonio, alias Testigo, el Papa Pío Segundo, Volaterrano, Paulo Jovio el valiente, Jemmy Cartier, Chatón el Armenio, Marco Polo el Veneciano, Ludovico Romano, Pedro Aliares y cuarenta carretadas de otros historiadores modernos, escondidos tras un tapiz, donde estaban dale que dale, escribiendo en secreto vaya uno a saber qué, y haciendo maravillas; y todo por rumor.

Detrás de otro tapiz (en el que estaban bien representados Nabot y los acusadores de Susana), vi cerca de Rumor a muchos hombres del país de Perche y Maine, notables estudiantes y bastante jóvenes.

Pregunté a qué tipo de estudio se dedicaban; y me dijeron que desde jóvenes aprendían a ser testigos, hombres de declaraciones juradas y garantes, y eran instruidos en el arte de jurar; en el cual pronto se volvían tan expertos, que al dejar ese país y regresar al suyo, se establecían por su cuenta y vivían muy honestamente de su oficio de testimoniar, dando su palabra sobre cualquier cosa a quienes mejor los pagaban para hacerles un trabajito; y todo esto por rumor.

Piensa lo que quieras al respecto; pero puedo asegurarte que nos dieron algunos trozos de sus pasteles, y alegremente ayudamos a vaciar sus toneles. Luego, de manera amistosa, nos aconsejaron ser tan ahorrativos con la verdad como nos fuera posible si alguna vez queríamos obtener un puesto en la corte.