Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 5.XXXIII.
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Cómo desembarcamos en el puerto de los Licnobios y llegamos a la Tierra de las Linternas.
Poco después arribamos al puerto de la Tierra de las Linternas, donde Pantagruel divisó en una alta torre la linterna de La Rochelle, que nos fue de gran utilidad, pues proyectaba una gran luz. También vimos la linterna de Faro, la de Nauplia y la de la Acrópolis de Atenas, sagrada para Palas.
Cerca del puerto hay una pequeña aldea habitada por los Licnobios, que viven de linternas, así como los frailes tragones de nuestro país viven de monjas; son gente estudiosa y tan honrada como cualquiera que haya hecho sus necesidades en una trompeta. Demóstenes había linternizado allí en tiempos pasados.
De ese lugar fuimos conducidos al palacio por tres obeliscólicnos, guardias militares del puerto con altos sombreros de copa, a quienes informamos del motivo de nuestro viaje y nuestro propósito, que era solicitar a la reina del país que nos concediera una linterna para alumbrarnos y guiarnos durante nuestro viaje al Oráculo de la Santa Botella.
Nos prometieron ayudarnos en esto y añadieron que no podíamos haber llegado en mejor momento, pues justo entonces las linternas celebraban su capítulo provincial.
Cuando llegamos al palacio real fuimos recibidos en audiencia por su alteza la Reina de la Tierra de las Linternas, siendo presentados por dos linternas de honor, la de Aristófanes y la de Cleantes. Panurgo, en pocas palabras, le expuso las causas de nuestro viaje, y ella nos recibió con grandes muestras de amistad, invitándonos a acudir a su mesa a la hora de la cena para que pudiéramos elegir con mayor facilidad a quien sería nuestro guía; lo cual nos agradó mucho. No dejamos de observar atentamente todo cuanto pudimos ver, como los atuendos, movimientos y comportamiento de los súbditos de la reina, principalmente la manera en que era servida.
La resplandeciente reina vestía cristal virgen de Tutia trabajado a modo de damasco y adornado con grandes diamantes.
Las linternas de sangre real iban vestidas en parte con diamantes bastardos, en parte con piedras diáfanas; las demás, con cuerno, papel y tela engrasada.
Las lámparas de hachón ocupaban su lugar según la antigüedad y el lustre de sus familias.
Una linterna oscura de barro, con forma de olla, ocupaba, sin embargo, un puesto por encima de algunas de las de más alta alcurnia; lo cual me sorprendió mucho, hasta que me dijeron que era la de Epicteto, por la que en otro tiempo se habían rehusado tres mil dracmas.
La linterna polímixta de Marcial lucía allí muy bien. Presté especial atención a su atuendo, y aún más a la licnosimita consagrada antaño por Canopa, hija de Tisias.
Vi la linterna colgante que en otro tiempo fue sacada del templo de Apolo Palatino en Tebas, y después por Alejandro Magno llevada a la ciudad de Cimos.
Vi otra que se distinguía de las demás por un copete de seda carmesí en la cabeza. Me dijeron que era la de Bartolo, la linterna de los jurisconsultos.
Otras dos eran muy notables por las bolsas brillantes que colgaban de su cintura. Nos dijeron que una era la luz mayor y la otra la luz menor de los boticarios.
Cuando llegó la hora de la cena, su alteza la reina se sentó primero, y luego las damas linternas, según su rango y dignidad. En el primer plato, todas fueron servidas con grandes velas de Navidad, excepto la reina, que fue servida con una enorme, gruesa, rígida y llameante vela de cera blanca, algo rojiza en la punta; y la familia real, así como la linterna provincial de Mirebalais, que fueron servidos con velas de nuez; y el provincial del Bajo Poitou, con una vela armada.
Después de eso, ¡por Dios, qué luz tan gloriosa daban con sus mechas! No digo todas, pues hay que exceptuar a un grupo de linternas jóvenes, bajo el gobierno de una muy alta y poderosa. Estas no daban luz como las demás, sino que me parecieron más tenues que cualquier vela de cuarto de penique con mecha larga, cuyo sebo se ha derretido a medias en un baño turco.
Después de la cena nos retiramos a descansar un poco, y al día siguiente la reina nos hizo elegir una de las linternas más ilustres para que nos guiara; tras lo cual nos despedimos.



