Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 5.XXXV.
Capítulo 255 de 266 · 2 min de lectura
Cómo descendimos bajo tierra para llegar al Templo de la Santa Botella, y cómo Chinon es la ciudad más antigua del mundo.
Bajamos bajo tierra a través de una bóveda enlucida, en la que estaba toscamente pintada una danza de mujeres y sátiros sirviendo al viejo Sileno, que sonreía montado a caballo en su asno. Esto me hizo decirle a Pantagruel que esa entrada me recordaba a la bodega pintada de la ciudad más antigua del mundo, donde pueden verse tales pinturas, y en un lugar igual de fresco.
¿Cuál es la ciudad más antigua del mundo? preguntó Pantagruel. Es Chinon, señor, o Cainón en Turena, respondí yo. Sé bien, replicó Pantagruel, dónde se encuentra Chinon, y también la bodega pintada, pues yo mismo he bebido allí muchas copas de vino fresco; tampoco dudo que Chinon sea una ciudad antigua —lo atestigua su blasón. Reconozco que se dice dos o tres veces:
Chinon, Pequeña ciudad, Gran renombre, Sobre vieja piedra Largo tiempo ha estado; Allí está el Vienne, si miras hacia abajo; Si miras hacia arriba, está el bosque.
Pero, continuó él, ¿cómo puedes demostrar que es la ciudad más antigua del mundo? ¿Dónde has encontrado esto escrito? Lo he hallado en las Sagradas Escrituras, respondí, que Caín fue el primero que edificó una ciudad; podemos entonces con razón conjeturar que por su nombre le dio el de Cainón. Así, siguiendo su ejemplo, la mayoría de los demás fundadores de ciudades les han dado sus nombres: Atenea, que es Minerva en griego, a Atenas; Alejandro a Alejandría; Constantino a Constantinopla; Pompeyo a Pompeiopolis en Cilicia; Adriano a Adrianópolis; Canaán, a los cananeos; Saba, a los sabeos; Assur, a los asirios; y así Ptolemaida, Cesarea, Tiberíades y Herodión en Judea recibieron sus nombres.
Mientras conversábamos así, se nos acercó la gran botella a quien nuestra linterna llamaba el filósofo, su santidad el gobernador de la Botella. Venía acompañado de una tropa de guardianes del templo, todas botellas francesas con armaduras de mimbre; y al vernos con nuestras jabalinas envueltas en hiedra, con nuestra ilustre linterna, a quien conocía, nos pidió que entráramos con toda seguridad, y ordenó que fuéramos conducidos de inmediato ante la princesa Bacbuc, dama de honor de la Botella y sacerdotisa de todos los misterios; lo cual se hizo.



