Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 5.XXXIX.
Capítulo 259 de 266 · 3 min de lectura
Cómo vimos al ejército de Baco formado en orden de batalla en mosaico.
Al principio, se veían diversos pueblos, aldeas, castillos, fortalezas y bosques en llamas; y varias mujeres locas y desenfrenadas que, furiosas, destripaban y despedazaban terneros, ovejas y corderos vivos, devorando su carne. Allí supimos cómo Baco, al llegar a la India, destruía todo a fuego y espada.
No obstante esto, los indios lo despreciaban tanto que no consideraron digno de su tiempo detener su avance, pues sus espías les habían informado con certeza que su campamento carecía de guerreros y que solo lo acompañaba una cuadrilla de mujeres ebrias, un sujeto bajo, viejo, afeminado y borracho empedernido, siempre aturdido y tan ebrio como una carretilla, junto con un grupo de jóvenes rústicos y tontos, completamente desnudos, saltando y brincando de un lado a otro, con colas y cuernos como los de los cabritos.
Por esta razón, los indios habían resuelto dejarles pasar por su país sin la menor oposición, estimando que una victoria sobre tales enemigos sería más deshonrosa que gloriosa.
Mientras tanto, Baco avanzaba, incendiando todo a su paso; pues, como saben, el fuego y el trueno son sus armas paternas, ya que Júpiter saludó a su madre Semele con su trueno, de modo que la casa materna quedó destruida por el fuego. Baco también hizo derramar mucha sangre; lo cual, cuando se enfurece y se encoleriza, principalmente en la guerra, le es tan natural como producir algo de ello en tiempos de paz.
Así, las llanuras de la isla de Samos se llaman Panema, que significa sangrientas, porque allí Baco alcanzó a las amazonas, que huían del país de Éfeso, y allí les extrajo sangre, de modo que todas murieron de flebotomía. Esto puede darles una mejor comprensión del significado de un antiguo proverbio que Aristóteles en sus problemas, a saber: por qué antes se decía: Ni comas ni siembres menta en tiempo de guerra. La razón es que entonces los golpes se dan sin distinción de partes ni personas, y si un hombre herido ese día ha tocado o comido menta, es imposible, o al menos muy difícil, detenerle la sangre.
Después de esto, se vio a Baco marchando en formación, montado en un majestuoso carro tirado por seis leopardos jóvenes. Parecía tan joven como un niño, para mostrar que los buenos bebedores nunca envejecen. Era tan rojo como una cereza, o un querubín, como prefieran, y no tenía más vello en la barbilla que el que hay en la palma de mi mano. Su frente estaba adornada con cuernos puntiagudos, sobre los cuales llevaba una hermosa corona o guirnalda de hojas de vid y uvas, y una mitra de terciopelo carmesí, además de coturnos dorados.
No tenía ni un solo hombre que pareciera hombre; sus guardias y todas sus fuerzas consistían enteramente en Basárides, Evantes, Euhíades, Edónides, Trieteridas, Ogígidas, Mimalónides, Ménades, Tiades y Bacantes, mujeres frenéticas, delirantes, furiosas, enloquecidas, ceñidas con serpientes y culebras vivas en vez de cinturones, con el cabello suelto cayendo sobre los hombros, con guirnaldas de sarmientos en vez de cintas en la frente, vestidas con pieles de ciervo o cabra, y armadas con antorchas, jabalinas, lanzas y alabardas cuyos extremos eran como piñas. Además, llevaban unos pequeños y ligeros escudos que producían un fuerte sonido al menor toque, y estos les servían en vez de tambores. Eran exactamente setenta y nueve mil doscientas veintisiete.
Silenio, que iba a la vanguardia, era alguien en quien Baco confiaba mucho, habiendo tenido antes muchas pruebas de su valor y destreza. Era un viejo diminuto, encorvado, tembloroso, rechoncho y barrigón, con un par de orejas propias enormes y tiesas, una nariz romana afilada, grandes cejas pobladas, montado en un asno bien dotado. En su mano sostenía un bastón para apoyarse y también para pelear valientemente cuando debía desmontar; y vestía una túnica amarilla de mujer. Sus seguidores eran todos jóvenes salvajes y rústicos, tan cornudos como cabritos y tan feroces como tigres, desnudos y siempre cantando y bailando danzas campestres. Se les llamaba títirios y sátiros, y eran en total ochenta y cinco mil ciento treinta y tres.
Pan, que cerraba la marcha, era una criatura monstruosa; pues sus partes inferiores eran como las de una cabra, los muslos peludos y los cuernos erguidos; un rostro carmesí y ardiente, y una barba nada corta. Era un tipo audaz, valiente, temerario y atrevido, muy propenso a enfadarse por cualquier cosa.
En su mano izquierda sostenía una flauta y en la derecha un bastón curvo. Sus fuerzas consistían también enteramente en sátiros, egipanes, agripanes, silvanos, faunos, lémures, lares, duendecillos y trasgos, y su número era de setenta y ocho mil ciento catorce. La señal o consigna común a todo el ejército era Evohé.



