Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 5.XLIII.
Capítulo 262 de 266 · 2 min de lectura
Cómo la sacerdotisa Bacbuc preparó a Panurgo para recibir la palabra de la Botella.
Después de haber conversado y bebido así, Bacbuc preguntó: ¿Quién de ustedes desea recibir la palabra de la Botella? Yo, su más humilde embudo, si así lo desea, respondió Panurgo. Amigo, dijo ella, solo tengo una cosa que decirte, y es que cuando llegues al Oráculo, te cuides de escuchar la palabra únicamente con un oído. Esto, exclamó fray Juan, es vino de un solo oído, como dicen los franceses.
Luego lo envolvió en una hopalanda, le cubrió la cabeza con una cofia limpia y hermosa, le colocó encima un fieltro como aquellos por los que se destila hipocrás, en cuya base, en vez de capucha, puso tres obeliscos; le hizo ponerse unos calzones antiguos en lugar de mitones, lo ciñó con tres gaitas atadas juntas, le bañó la cabeza tres veces en la fuente; después le arrojó un puñado de harina en la cara, fijó tres plumas de gallo en el lado derecho del fieltro hipocrático, le hizo dar nueve vueltas alrededor de la fuente, le mandó dar tres pequeños saltos y golpear su trasero siete veces contra el suelo, repitiendo no sé qué clase de conjuros todo el tiempo en lengua toscana, y de vez en cuando leyendo en un ritual o libro de ceremonias, que uno de sus mistagogos llevaba tras ella.
Por mi parte, que nunca me mueva si no creo sinceramente que ni Numa Pompilio, el segundo rey de los romanos, ni los Cerites de Etruria, ni el viejo capitán hebreo instituyeron tantas ceremonias como las que vi entonces; ni los adivinos de Menfis en Egipto emplearon jamás la mitad de tantas formas religiosas para Apis, ni los eubeos, en Rhamnus, para Rhamnusia, ni para Júpiter Amón, ni para Feronia.
Cuando así hubo ataviado a mi caballero, lo apartó de nuestra compañía y lo condujo fuera del templo, por una puerta dorada a la derecha, hacia una capilla redonda hecha de piedras especulares transparentes, cuya solidez cristalina permitía que la luz del sol entrara por el precipicio de la roca sin necesidad de ventanas ni otra entrada, y así se dispersaba fácil y plenamente por el gran templo, de modo que la luz parecía brotar de allí en vez de fluir hacia adentro.
La obra no era menos extraordinaria que la del sagrado templo de Rávena, o la de la isla de Chemnis en Egipto. Tampoco debo olvidar decirles que el diseño de esa capilla redonda estaba hecho con tal simetría que su diámetro era exactamente igual a la altura de la bóveda.
En el centro había una fuente heptagonal de fino alabastro, primorosamente labrada, llena de agua tan clara que podría haber pasado por elemento puro y simple. La sagrada Botella estaba en ella hasta la mitad, vestida de puro y fino cristal de forma ovalada, salvo el cuello, que era algo más ancho de lo que correspondía a esa figura.



