Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 5.XLVI.

Capítulo 265 de 266 · 3 min de lectura

Cómo Panurgo y los demás rimaron con furia poética.

¿Qué demonios le pasa a este tipo? —dijo fray Juan—. ¡Está completamente loco, o embrujado, te lo juro! Escuchen nada más cómo este chiflado parlotea en rima. ¿Qué diablo se habrá tragado? Sus ojos giran en su cabezota igualito que los de una cabra moribunda. ¿Tendrá este mentecato la decencia de largarse? ¿Nos librará de su maldita compañía yendo a desahogar su asqueroso galimatías rimado en algún retrete? ¿No habrá nadie tan amable que le embuta un tapón de perro en la garganta a este pobre chucho? ¿O hará como los monjes, metiéndose el puño hasta el codo por la garganta hasta el estómago, para purgar y limpiar sus entrañas? ¿Se tomará un pelo del mismo perro?

Pantagruel reprendió a fray Juan y dijo:

¡Monje atrevido, detente! Te aseguro que todo esto proviene de la furia poética; encendido por el dios, inspirado por el vino, su alma humana se vuelve divina. Porque, sin broma, su pecho consagrado, poseído por el vino, no podría tener reposo hasta expresar al menos algunos pensamientos de su gran huésped. Entonces vuela de inmediato por encima de los cielos y mortifica, con profecías, nuestras miserias. Y ya que está divinamente inspirado, adoremos el alma adquirida por el vino, y admiremos al bebedor.

¿Cómo? —dijo el fraile—, ¿la manía de rimar te ha poseído también? ¿A eso hemos llegado? Entonces estamos todos fritos, o que el diablo me lleve. ¡Cuánto daría por que Gargantúa nos viera ahora que estamos en esta vena de rimas locas! Ahora que me condenen a vivir de esa maldita comida insípida, si sé si podré librarme de este contagio. No entiendo ni un ápice cómo abordarlo; sin embargo, veo que el espíritu del disparate nos posee a todos. Bueno, por San Juan, poetizaré, ya que todos lo hacen; siento que se me viene. Esperen, y perdonen si no rimo en carmesí; es mi primer intento.

Tú, que puedes convertir el agua en vino, transforma mi trasero, por poder divino, en una linterna, que pueda alumbrar a mi vecino en la noche más oscura.

Entonces Panurgo prosigue en su arrebato y dice:

Jamás se oyeron en el trípode de Pitia más verdades, ni más dignas de reverencia. Creo que desde Delfos hasta este manantial algún mago trajo ese artefacto de encantamiento. Si el buen Plutarco hubiera estado aquí bebiendo, jamás habría tardado tanto en averiguar, según sus deseos, por qué los oráculos en Delfos están mudos como peces. Ahora la razón es clara; ya no están en Delfos, sino aquí. Aquí está el trípode, del que se pronuncia el destino de pobres y ricos. Porque Ateneo relata que esta Botella es el Útero del Destino; prolífica en vino misterioso, y preñada de presciencia divina, trae la verdad con placer; además, la tienes por una bagatela. Así que, fray Juan, debo exhortarte a esperar una palabra que te importe, y a preguntar, mientras aquí estamos, si tendrás la suerte de casarte.

Fray Juan le responde furioso y dice:

¿Cómo, casarme? Por la bota de San Benito y sus polainas, jamás lo haré. Ningún hombre que me conozca pensará que pretendo convertirme en un esclavo; ni que este pobre diablo se va a encaprichar de una simple enagua. Jamás traicionaré mi libertad por un simple juego de rana, para después llevar siempre un grillete como mono o como perro mastín. No, ni aunque tuviera por esposa al gran Alejandro, ni a Pompeyo, ni a su suegro, que se arañaban mutuamente. Ni el mejor de los que llevan cabeza me hará ir a su lecho.

Panurgo, quitándose la gabardina y sus atavíos místicos, replicó:

Por eso tú, bestia inmunda, serás condenado al menos a doce brazas de profundidad; mientras yo reinaré en el Paraíso, desde donde orinaré sobre tu cabezota. Ahora, cuando llegue esa hora temible en que recibas tu condena en el infierno, sé que incluso allí harás alguna travesura, y Proserpina no escapará de un pinchazo de la larga aguja que llevas en los calzones. Pero cuando andes en esas andanzas y maullando en su caverna, manda a Plutón a la taberna más lejana por el mejor vino que haya, no sea que vea y se vuelva loco de celos. Ella es amable, y siempre admiró a un monje bien alimentado o a un fraile bien dotado.

Vamos, —dijo fray Juan—, viejo tonto, cabeza hueca, vete al diablo del que hablas. Ya terminé con las rimas; la flema me aprieta la garganta. Hablemos de pagar y marcharnos; vamos.