Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 1.XXIII.
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Cómo Ponócrates instruyó a Gargantúa, y de tal modo lo disciplinó, que no perdió ni una hora del día.
Cuando Ponócrates conoció el vicioso modo de vida de Gargantúa, resolvió educarlo de otra manera; pero por un tiempo lo toleró, considerando que la naturaleza no soporta un cambio repentino sin gran violencia. Por lo tanto, para comenzar mejor su labor, pidió a un médico sabio de aquel tiempo, llamado maestro Teodoro, que considerara seriamente si era posible encaminar a Gargantúa hacia una vida mejor. Dicho médico lo purgó canónicamente con eléboro de Anticira, con lo cual limpió toda la alteración y el hábito perverso de su cerebro. De este modo también Ponócrates hizo que olvidara todo lo que había aprendido con sus antiguos preceptores, como Timoteo hacía con sus discípulos que habían sido instruidos por otros músicos. Para lograrlo mejor, lo llevó a la compañía de hombres sabios que allí había, en cuya imitación sintió un gran deseo y afán de estudiar de otro modo y de perfeccionar sus facultades. Después se aplicó a un método de estudio tal, que no perdió ni una sola hora del día, sino que empleó todo su tiempo en el aprendizaje y el conocimiento honesto. Gargantúa despertaba entonces alrededor de las cuatro de la mañana. Mientras lo frotaban, se le leía en voz alta y clara algún capítulo de la Sagrada Escritura, con una pronunciación acorde al tema, y para ello estaba designado un joven paje nacido en Basche, llamado Anagnostes. Según el propósito y argumento de la lección, muchas veces se entregaba a adorar, orar y elevar sus súplicas a ese buen Dios, cuya Palabra mostraba su majestad y admirable juicio. Luego iba a los lugares secretos para hacer la excreción de sus digestiones naturales. Allí su maestro repetía lo que se había leído, explicándole los puntos más oscuros y difíciles. Al regresar, observaban el estado del cielo, si era como lo habían visto la noche anterior, y en qué signos entraba el sol, así como la luna para ese día. Hecho esto, lo vestían, peinaban, rizaban, arreglaban y perfumaban, durante lo cual le repetían las lecciones del día anterior. Él mismo las recitaba de memoria, y sobre ellas planteaba algunos casos prácticos sobre la condición humana, que a veces desarrollaba durante dos o tres horas, aunque normalmente terminaban tan pronto como estaba completamente vestido. Luego, durante tres buenas horas, se le leía una lección. Terminado esto, salían, siempre conversando sobre el contenido de la lección, ya fuera a un campo cercano a la universidad llamado el Brack, o a los prados, donde jugaban a la pelota, al tenis largo y al piletrigone (juego en el que se lanza un trozo triangular de hierro a un aro para pasarlo), ejercitando sus cuerpos tan brillantemente como antes sus mentes. Todos sus juegos eran libres, pues los dejaban cuando querían, y eso solía ser cuando sudaban por todo el cuerpo o estaban cansados. Luego se secaban y frotaban bien, cambiaban de camisa y, caminando con sobriedad, iban a ver si la comida estaba lista. Mientras esperaban, pronunciaban clara y elocuentemente algunas sentencias que habían retenido de la lección. Entretanto llegaba el señor Apetito, y entonces se sentaban muy ordenadamente a la mesa. Al comenzar la comida, se leía alguna historia agradable de acciones bélicas de tiempos pasados, hasta que tomaba una copa de vino. Luego, si les parecía bien, continuaban la lectura o comenzaban a conversar alegremente; hablando primero de la virtud, propiedad, eficacia y naturaleza de todo lo que se servía en la mesa: del pan, del vino, del agua, de la sal, de las carnes, pescados, frutas, hierbas, raíces y de su preparación. Por este medio aprendió en poco tiempo todo lo que sobre esto se encuentra en Plinio, Ateneo, Dioscórides, Julio Pólux, Galeno, Porfirio, Oppiano, Polibio, Heliodoro, Aristóteles, Eliano y otros. Mientras hablaban de estas cosas, muchas veces, para mayor certeza, hacían traer los mismos libros a la mesa, y tan bien y perfectamente retenía en su memoria lo dicho, que en ese tiempo no había médico que supiera ni la mitad de lo que él sabía. Después conversaban sobre las lecciones leídas en la mañana y, terminando su comida con alguna conserva o mermelada de membrillo, se limpiaba los dientes con palillos de mástique, se lavaba las manos y los ojos con agua fresca y pura, y daba gracias a Dios con algún bello cántico en alabanza de la bondad y munificencia divinas. Hecho esto, traían naipes, no para jugar, sino para aprender mil trucos ingeniosos y nuevas invenciones, todas basadas en la aritmética. Por este medio se enamoró de esa ciencia numérica, y cada día después de comer y cenar pasaba el tiempo en ella tan placenteramente como antes lo hacía con los naipes y los dados; de modo que al final entendía tan bien la teoría como la práctica, que Tunstall el inglés, quien había escrito extensamente sobre el tema, confesó que, en comparación con él, no tenía ningún conocimiento. Y no solo en eso, sino también en las demás ciencias matemáticas, como geometría, astronomía, música, etc. Pues, mientras esperaba la digestión de sus alimentos, fabricaban mil instrumentos y figuras geométricas, y en alguna medida practicaban los cánones astronómicos.
Después de esto se recreaban cantando musicalmente, a cuatro o cinco voces, o sobre un tema dado o improvisado, como más les agradaba. En cuanto a instrumentos musicales, aprendió a tocar el laúd, la espineta, el arpa, la flauta alemana de nueve agujeros, la viola y el sacabuche. Pasada esta hora y concluida la digestión, purgaba su cuerpo de los excrementos naturales, y luego se entregaba a su estudio principal durante tres horas seguidas, o más, tanto para repasar sus lecciones matutinas como para avanzar en el libro en que estaba, así como para escribir con buena letra, dibujar y formar las letras antiguas y romanas. Hecho esto, salían de la casa, y con ellos iba un joven caballero de Turena, llamado el Escudero Gimnasta, quien le enseñaba el arte de la equitación. Cambiando entonces de ropa, montaba un corcel napolitano, un rucio holandés, un jinete español, un caballo enjaezado o cubierto, luego un caballo ligero y veloz, al que daba cien carreras, lo hacía saltar en el aire, franquear la zanja de un brinco, saltar una valla o estacada, girar en un círculo tanto a la derecha como a la izquierda. Allí no rompía su lanza; pues es la mayor necedad del mundo decir: he roto diez lanzas en justas o en combate. Un carpintero puede hacer lo mismo. Pero es una acción gloriosa y digna de alabanza romper y derribar a diez enemigos con una sola lanza. Por eso, con una lanza aguda, rígida, fuerte y bien templada, solía forzar una puerta, atravesar una armadura, derribar un árbol, llevarse el aro, levantar una silla de coracero con la cota de malla y el guantelete. Todo esto lo hacía armado de pies a cabeza. En cuanto a los movimientos airosos y los chasquidos para estimular mejor al caballo, tan comunes en la equitación, nadie los hacía mejor que él. El caballerizo de Ferrara no era más que un mono comparado con él. Era singularmente hábil para saltar ágilmente de un caballo a otro sin poner pie en tierra, y a estos caballos se les llamaba desultorios. También podía, desde cualquier lado y con una lanza en la mano, montar a caballo sin estribos y dominar al caballo a su antojo sin brida, pues tales cosas son útiles en los combates militares. Otro día ejercitaba el hacha de armas, que manejaba con tanta destreza, tanto en el manejo ágil, fuerte y seguro de esa arma, como en todas las proezas que con ella se pueden realizar, que fue nombrado caballero de armas en el campo y en todas las pruebas.
Luego lanzaba la pica, jugaba con la espada de dos manos, con el sable, con la espada española, la daga, el puñal, armado, desarmado, con broquel, con capa, con escudo. Después cazaba el ciervo, el corzo, el oso, el gamo, el jabalí, la liebre, el faisán, la perdiz y la avutarda. Jugaba al balón y lo hacía rebotar en el aire, tanto con el puño como con el pie. Luchaba, corría, saltaba—no a tres pasos y un salto, llamado los saltos, ni al clochepied, llamado el salto de la liebre, ni tampoco al modo alemán; pues, decía Gimnasta, esos saltos son del todo inútiles para la guerra y no sirven de nada—pero de un solo salto cruzaba una zanja, saltaba una cerca, subía seis pasos por una muralla, trepaba y se aferraba de tal modo que alcanzaba una ventana a la altura de una lanza. Nadaba en aguas profundas de espaldas, de pecho, de lado, con todo el cuerpo, solo con los pies, con una mano en alto sosteniendo un libro, cruzando así el ancho del río Sena sin mojarlo, y arrastraba su capa con los dientes, como hacía Julio César; luego, ayudándose de una mano, subía con fuerza a una barca, de la que se lanzaba de nuevo de cabeza al agua, sondeaba las profundidades, ahuecaba las rocas y se sumergía en pozos y simas. Luego giraba la barca, la gobernaba, la conducía rápida o lentamente con la corriente y contra la corriente, la detenía en su curso, la guiaba con una mano y con la otra remaba con un gran remo, izaba la vela, trepaba por el mástil usando las jarcias, corría por el borde de las cubiertas, arreglaba la brújula, ajustaba las amarras y dirigía el timón. Al salir del agua, corría furiosamente cuesta arriba y con la misma agilidad y rapidez bajaba de nuevo. Trepaba a los árboles como un gato y saltaba de uno a otro como una ardilla. Derribaba las grandes ramas y ramajes como otro Milo; luego, con dos dagas afiladas y bien templadas y dos punzones probados, trepaba por la pared hasta la cima de una casa como una rata; luego bajaba de repente desde lo alto hasta el suelo, con tal equilibrio de miembros que no sufría daño alguno por la caída.
Lanzaba la jabalina, arrojaba la barra, lanzaba la piedra, practicaba con el venablo, la lanza de jabalí o partisana y la alabarda. Rompía los arcos más fuertes al tensarlos, doblaba contra su pecho las ballestas de acero más grandes, apuntaba con el arcabuz y disparaba bien, manejaba y colocaba el cañón, disparaba a blancos, al papagayo desde abajo hacia arriba, o a una altura desde arriba hacia abajo, o en descenso; luego delante de sí, de lado y detrás, como los partos. Ataban una cuerda gruesa a la cima de una alta torre, y por un extremo, colgando cerca del suelo, subía con las manos hasta la cima; luego, por el mismo camino, bajaba tan firme y seguro que no se podría correr con más confianza en un prado llano. Colocaban un gran poste fijado entre dos árboles. Allí se colgaba de las manos y, solo con ellas, sin que los pies tocaran nada, iba y venía por la cuerda con tal rapidez que apenas se le podía alcanzar corriendo; y luego, para ejercitar el pecho y los pulmones, gritaba como todos los demonios del infierno. Una vez le oí llamar a Eudemon desde la puerta de San Víctor hasta Montmartre. Esténtor no tuvo jamás tal voz en el sitio de Troya. Luego, para fortalecer los nervios o tendones, le hicieron dos grandes pesas de plomo, cada una de ocho mil setecientos quintales, que llamaban alteres. Las levantaba del suelo, una en cada mano, luego las alzaba sobre la cabeza y las sostenía así, sin moverse, durante tres cuartos de hora o más, lo cual era una fuerza inimitable. Combatía en torneos con los campeones más fuertes y vigorosos; y cuando llegaba el enfrentamiento, se plantaba tan firmemente que se entregaba al más fuerte, por si lograba moverlo de su sitio, como solía hacer Milo en la antigüedad. Imitándolo, también sostenía una granada en la mano, para dársela a quien pudiera quitársela. Así empleaba el tiempo y, tras ser frotado, limpiado, secado y refrescado con otras ropas, regresaba tranquilo y despacio; y al pasar por ciertos prados u otros lugares herbosos, contemplaba los árboles y plantas, comparándolos con lo escrito sobre ellos en los libros de los antiguos, como Teofrasto, Dioscórides, Marino, Plinio, Nicandro, Macer y Galeno, y llevaba a casa grandes manojos de ellos, de los cuales se encargaba un paje joven llamado Rizótomos; junto con pequeñas azadas, picos, ganchos, cestas, cuchillos de podar y otros instrumentos necesarios para la herborización. Al llegar a su alojamiento, mientras preparaban la cena, repetían ciertos pasajes de lo leído y se sentaban a la mesa. Cabe señalar que su almuerzo era sobrio y frugal, pues solo comía entonces para evitar los retortijones del estómago, pero su cena era copiosa y abundante, pues tomaba entonces lo necesario para mantenerse y nutrirse; lo cual, en verdad, es la dieta prescrita por el arte de la buena y sana medicina, aunque una turba de médicos cabezotas, acostumbrados a la ruidosa tienda de los sofistas, aconsejen lo contrario. Durante esa comida continuaban la lección leída en el almuerzo mientras les parecía bien; el resto del tiempo lo dedicaban a buenas conversaciones, eruditas y provechosas. Después de dar gracias, se ponía a cantar con voz, y a tocar instrumentos armoniosos, o bien pasaba el tiempo en juegos de cartas o dados, o practicando trucos de manos con copas y bolas. Algunas noches se quedaban allí divirtiéndose y alegrándose hasta la hora de acostarse; y otras noches iban a visitar a hombres sabios o a quienes habían viajado por países extraños y remotos. Cuando era ya de noche cerrada antes de retirarse, iban al lugar más abierto de la casa para ver el cielo, y allí contemplaban los cometas, si los había, así como las figuras, posiciones, aspectos, oposiciones y conjunciones tanto de las estrellas fijas como de los planetas.
Luego, con su maestro, recapitulaba brevemente, al modo de los pitagóricos, lo que había leído, visto, aprendido, hecho y comprendido en el transcurso de todo el día.
Luego oraban a Dios Creador, postrándose ante él, fortaleciendo su fe en él y glorificándolo por su infinita bondad; y, dándole gracias por el tiempo pasado, se encomendaban a su divina clemencia para el futuro. Hecho esto, se iban a la cama y se entregaban al reposo y al descanso.



