Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 1.XXIV.
Capítulo 31 de 266 · 3 min de lectura
Cómo pasaba Gargantúa el tiempo en días lluviosos.
Si sucedía que el clima estaba algo nublado, feo y lluvioso, toda la mañana se ocupaba, como antes se ha especificado, según la costumbre, con la única diferencia de que encendían un buen fuego claro para corregir los desórdenes del aire. Pero después de la comida, en vez de sus habituales ejercicios, permanecían dentro y, a modo de apoterapia (es decir, para mantener el cuerpo sano mediante el ejercicio), se recreaban embotellando heno, partiendo y aserrando leña, y trillando gavillas de trigo en el granero. Luego estudiaban el arte de la pintura o la talla; o bien practicaban el antiguo juego de tablas, como lo ha escrito Leonicus y como nuestro buen amigo Lascaris lo juega. Mientras jugaban, examinaban los pasajes de autores antiguos en los que se menciona dicho juego o se utiliza alguna metáfora derivada de él. También iban a ver la extracción de metales, la fundición de grandes piezas de artillería; cómo trabajaban los lapidarios, así como los orfebres y talladores de piedras preciosas. No dejaban de visitar a los alquimistas, acuñadores de moneda, tapiceros, tejedores, fabricantes de terciopelo, relojeros, enmarcadores de espejos, impresores, organistas y otros artesanos de ese tipo, y, dándoles de beber en cada lugar, aprendían y consideraban la industria e invención de los oficios. También asistían a las lecciones públicas, a las solemnes graduaciones, a las repeticiones, a las aclamaciones, a los alegatos de los abogados gentiles y a los sermones de los predicadores evangélicos. Recorría los salones y lugares destinados a la esgrima, y allí jugaba contra los propios maestros con todas las armas, mostrándoles por experiencia que sabía tanto o más que ellos. Y, en vez de recolectar hierbas, visitaban las tiendas de droguistas, herbolarios y boticarios, y consideraban con diligencia los frutos, raíces, hojas, gomas, semillas, grasas y ungüentos de algunas partes extranjeras, así como la manera en que los adulteraban. Iba a ver a los prestidigitadores, acróbatas, charlatanes y curanderos, y observaba su destreza, sus trucos, sus volteretas y su lengua hábil, especialmente la de los de Chauny en Picardía, que son por naturaleza grandes habladores y magníficos inventores de patrañas, sobre todo en lo que respecta a los monos verdes.
Al regresar, cenaban con mayor sobriedad que de costumbre, y con alimentos más desecantes y extenuantes; para que la humedad intemperante del aire, comunicada al cuerpo por una necesaria proximidad, pudiera ser así corregida, y para que no sufrieran daño por la falta de su ejercicio corporal habitual. Así era gobernado Gargantúa, y continuaba en este curso de educación, aprovechando cada día, como puede entenderse de un joven de su edad, de juicio despierto y con buena disciplina bien mantenida. Lo que, aunque al principio parecía difícil, poco después se volvió tan dulce, tan fácil y tan placentero, que parecía más la recreación de un rey que el estudio de un escolar. Sin embargo, Ponócrates, para apartarlo de esta vehemente tensión de los ánimos, consideró conveniente, una vez al mes, en algún día claro y hermoso, salir de la ciudad temprano en la mañana, ya fuera hacia Gentilly, Boulogne, Montrouge, el puente de Charenton, Vanves o San Clodo, y allí pasar todo el día haciendo la mayor fiesta posible, divirtiéndose, alegrándose, brindando, jugando, cantando, bailando, rodando en algún hermoso prado, sacando gorriones de sus nidos, cazando codornices y pescando ranas y cangrejos. Pero aunque ese día transcurría sin libros ni lecciones, no se perdía sin provecho; pues en dichos prados solían recitar ciertos versos agradables de la agricultura de Virgilio, de Hesíodo y de la labranza de Politiano, improvisaban ingeniosos epigramas latinos, que luego convertían en rondeles y canciones para bailar en lengua francesa. En sus festines a veces separaban el agua del vino mezclado, como enseña Catón en De re rustica, y Plinio, con una copa de hiedra, lavaba el vino en una palangana llena de agua, luego lo sacaba de nuevo con un embudo tan puro como antes. Hacían pasar el agua de un vaso a otro y construían mil pequeños ingenios automáticos, es decir, que se movían por sí mismos.



