Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 1.XXV.

Capítulo 32 de 266 · 3 min de lectura

Cómo se suscitó una gran disputa y debate entre los pasteleros de Lerne y los del país de Gargantúa, a raíz de lo cual se libraron grandes guerras.

En ese tiempo, que era la temporada de la vendimia, al inicio de la cosecha, cuando los pastores del campo cuidaban las viñas para evitar que los estorninos se comieran las uvas, sucedió que algunos pasteleros de Lerne pasaban por el camino real, llevando hacia la ciudad diez o doce caballos cargados de pasteles. Los mencionados pastores les pidieron cortésmente que les vendieran algunos, pagando el precio que entonces se daba en el mercado. Pues cabe señalar aquí que es un manjar celestial desayunar pasteles calientes y frescos con uvas, especialmente los racimos frágiles, las uvas grandes y rojas, la moscatel, la agria y la laskard, para quienes sufren de estreñimiento, porque les hará evacuar con tal fuerza que podrían lanzar el chorro a la distancia de un bastón de cazador, como si fuera el grifo de un barril; y muchas veces, creyendo soltar solo un pedo, terminaban ensuciándose por completo, razón por la cual suelen llamarlos los pensadores de la vendimia. Los vendedores de bollos o pasteles no accedieron en absoluto a su petición; pero, lo que fue peor, los insultaron de manera atroz, llamándolos charlatanes, glotones golosos, amargados pecosos, miserables sarnosos, holgazanes cagones, borrachos pendencieros, bribones astutos, haraganes soñolientos, bebedores empedernidos, babosos desaliñados, patanes torpes, zorros tramposos, rufianes, clientes insignificantes, aduladores, holgazanes, blandengues, burlones, compañeros de mofa, patanes boquiabiertos, serpientes desdichadas, bobos, cobardes despreciables, necios, presumidos insolentes, vagos, fanfarrones burlones, tontos, brutos, cabezas huecas, papanatas, simplones, torpes, cazadores de moscas, bobos, tontos de remate, tripas sucias, pastores inmundos y otros epítetos semejantes; diciendo además que esos pasteles delicados no eran para ellos, y que bien podían conformarse con el pan tosco y sin refinar, o comer del gran pan moreno de casa. Ante tales provocaciones, uno de ellos, llamado Forgier, hombre honesto y de gran ánimo, respondió muy calmadamente: ¿Desde cuándo les han salido cuernos que se han vuelto tan orgullosos? Antes solían darnos algunos gratis, ¿y ahora no quieren vendernos ni siquiera pagando? Eso no es propio de buenos vecinos, ni nosotros los tratamos así cuando vienen a comprar nuestro buen grano, con el que hacen sus pasteles y bollos. Además, les habríamos dado de regalo algunas de nuestras uvas, pero, por su vida, podrían arrepentirse y tal vez necesiten de nosotros en otra ocasión, cuando los tratemos de la misma manera, así que recuérdenlo. Entonces Marquet, un hombre principal en la cofradía de los pasteleros, le dijo: Sí, señor, hoy amaneciste muy altivo, anoche comiste demasiado mijo y bolymong. Ven acá, muchacho, ven, que te daré unos pasteles. Forgier, sin temer ningún daño, se acercó con toda sencillez y sacó un seis peniques de su bolsa de cuero, pensando que Marquet le vendería algunos pasteles. Pero en vez de pasteles, le dio con su látigo un golpe tan fuerte en las piernas, que las marcas de los nudos quedaron visibles, y luego quiso huir; pero Forgier gritó tan fuerte como pudo: ¡Asesinato, asesinato, ayuda, ayuda! y mientras tanto le arrojó un gran garrote que llevaba bajo el brazo, con el que lo golpeó en la articulación de la cabeza, sobre la arteria temporal del lado derecho, tan fuerte que Marquet cayó de su yegua más muerto que vivo. Mientras tanto, los campesinos y labradores que vigilaban sus nogales cerca de ese lugar, corrieron con sus grandes palos y varas largas y golpearon a los pasteleros como si estuvieran trillando centeno verde. Los demás pastores y pastoras, al oír el lamentable grito de Forgier, acudieron con sus hondas y tirachinas, lanzando piedras tan densamente como si fuera granizo. Al final los alcanzaron y les quitaron unas cuatro o cinco docenas de pasteles. Sin embargo, pagaron por ellos el precio habitual y les dieron además cien huevos y tres canastas llenas de moras. Luego los pasteleros ayudaron a Marquet a subir a su yegua, pues estaba gravemente herido, y regresaron de inmediato a Lerne, cambiando la decisión que tenían de ir a Pareille, amenazando con gran furia y estrépito a los vaqueros, pastores y campesinos de Sevilla y Sinays. Hecho esto, los pastores y pastoras celebraron con esos pasteles y uvas finas, y se divirtieron juntos al son de la flauta, burlándose y riendo de aquellos vanidosos pasteleros, que ese día sufrieron un percance por no haberse persignado bien en la mañana. Tampoco olvidaron aplicar a la pierna de Forgier unas buenas uvas medicinales rojas, y la curaron y vendaron tan bien que pronto sanó.