Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 1.XXVII.
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Cómo un monje de Sevilla salvó el cercado de la abadía de ser saqueado por el enemigo.
Tanto hicieron y tan lejos llegaron saqueando y robando, que finalmente llegaron a Sevilla, donde despojaron tanto a hombres como a mujeres, y tomaron todo lo que pudieron atrapar: nada les resultaba demasiado caliente ni demasiado pesado. Aunque la peste estaba presente en la mayoría de las casas, sin embargo entraban por todas partes, saqueaban y se llevaban todo lo que había dentro, y aun así, por todo esto, ninguno de ellos sufrió daño alguno, lo cual es un caso verdaderamente asombroso. Porque los curas, vicarios, predicadores, médicos, cirujanos y boticarios que iban a visitar, curar, sanar, predicar y amonestar a los enfermos, todos murieron de la infección, y estos endemoniados ladrones y asesinos jamás sufrieron daño alguno. ¿De dónde proviene esto, señores míos? Les ruego que lo piensen. Habiendo sido así saqueada la ciudad, se dirigieron a la abadía con un ruido y tumulto horribles, pero la encontraron cerrada y bien asegurada contra ellos. Por lo cual, el grueso del ejército marchó hacia un paso o vado llamado el Gué de Vede, excepto siete compañías de infantería y doscientos lanceros, quienes, quedándose allí, derribaron los muros del cercado para devastar, arruinar y hacer estragos en todas las viñas y la vendimia de ese lugar. Los monjes (pobres diablos) no sabían en tal extremo a cuál de todos sus santos debían encomendarse. Sin embargo, por si acaso, tocaron las campanas ad capitulum capitulantes. Allí se decretó que debían hacer una solemne procesión, colmada de buenas lecturas, oraciones y letanías contra las asechanzas del enemigo, y alegres respuestas pro pace.
Había entonces en la abadía un monje claustral, llamado Fray Juan de las entonaduras y trozos, en francés des entoumeures, joven, galante, vivaz, alegre, ágil, rápido, activo, audaz, aventurero, resuelto, alto, delgado, de boca ancha, nariz larga, excelente despachador de oraciones matutinas, desatador de misas y corredor de vigilias; y, para resumir en una palabra, un verdadero monje, si alguna vez hubo uno, desde que el mundo monástico monjeó una monjería: además, un clérigo hasta los dientes en materia de breviario. Este monje, al oír el ruido que hacía el enemigo dentro del cercado de la viña, salió a ver qué hacían; y al darse cuenta de que estaban cortando y recogiendo las uvas, sobre las cuales se fundamentaba todo el vino del año siguiente, regresó al coro de la iglesia donde estaban los demás monjes, todos atónitos y asombrados como fundidores de campanas. Cuando los oyó cantar, im, nim, pe, ne, ne, ne, ne, nene, tum, ne, num, num, ini, i mi, co, o, no, o, o, neno, ne, no, no, no, rum, nenum, num: Está bien cagado, bien cantado, dijo él. Por la virtud de Dios, ¿por qué no cantan ustedes, Canastos, adiós, la vendimia terminó? Que el diablo me lleve si no están ya en medio de nuestro cercado, y cortan tan bien las vides y las uvas, que, por el cuerpo de Dios, no se hallará en cuatro años ni siquiera un racimo para recoger. ¡Por el vientre de San Jaime, qué beberemos nosotros, pobres diablos, mientras tanto! ¡Señor Dios! da mihi potum. Entonces dijo el prior del convento: ¿Qué hace aquí este borracho? Llévenlo a prisión por perturbar el servicio divino. No, dijo el monje, el servicio del vino, cuidemos que ese no se vea perturbado; porque usted mismo, mi señor prior, gusta de beber lo mejor, y así todo hombre honrado. Nunca un hombre de valía despreció el buen vino, es un apotegma monástico. Pero esas respuestas que ustedes cantan aquí, por D—, no son de temporada. ¿Por qué nuestras devociones fueron instituidas para ser breves en tiempo de cosecha y vendimia, y largas en Adviento y todo el invierno? El difunto fraile Massepelosse, de buena memoria, un verdadero hombre celoso, o si no, que me lleve el diablo, de nuestra religión, me dijo, y lo recuerdo bien, que la razón era que en esta temporada pudiéramos prensar y hacer el vino, y en invierno beberlo. Escuchen, señores, ustedes que aman el vino, por el cuerpo de Cop, síganme; porque que San Antonio me queme tan libremente como una tea, si dejan probar una gota del licor aquellos que ahora no vengan a luchar por el socorro de la viña. ¡Por el vientre del cerdo, los bienes de la iglesia! Ah, no, no. ¿Qué diablos, San Tomás de Inglaterra estuvo bien dispuesto a morir por ellos; si yo muriera en la misma causa, ¿no sería yo también un santo? Sí. Sin embargo, no moriré allí por todo esto, porque soy yo quien debe hacerlo a los demás y mandarlos a paseo.
Mientras decía esto, se quitó el gran hábito de monje y tomó el báculo de la cruz, hecho del corazón de un árbol de serbal, de la longitud de una lanza, redondo, de buen grosor y ligeramente salpicado de lirios llamados flor de lis, cuya labor estaba casi toda borrada y desgastada. Así salió, con una hermosa chaqueta de faldones largos, cruzándose la túnica a modo de banda sobre el pecho, y en ese atuendo, con su báculo, asta o porra de la cruz, arremetió con tal ímpetu, vigor y fiereza contra sus enemigos, que, sin orden, insignia, trompeta ni tambor, estaban ocupados en recoger las uvas de la viña. Porque los cornetas, abanderados y portaestandartes habían dejado sus estandartes, banderas y colores junto a los muros; los tamborileros habían destrozado sus tambores por un extremo para llenarlos de uvas; los trompeteros iban cargados de grandes racimos y enormes manojos de uvas; en suma, todos estaban fuera de formación y en completo desorden. Se abalanzó entonces sobre ellos tan rudamente, sin gritar gare ni cuidado, que los derribó como cerdos, los revolcó como puercos, golpeando de lado y de frente, y de una manera u otra, repartió tantos golpes, al viejo estilo de la esgrima, que a unos les destrozó los sesos, a otros les aplastó los brazos, les machacó las piernas y les aporreó los costados hasta que les crujieron las costillas. A otros les desencajó las vértebras o nudillos del cuello, les desfiguró las mandíbulas, les rajó la cara, les hizo colgar las mejillas sobre la barbilla, y los apaleó y vapuleó tanto que caían ante él como heno ante la guadaña. A otros les destrozó los riñones, les estropeó la espalda, les rompió los fémures, les aplastó la nariz, les sacó los ojos, les partió las mandíbulas, les desgarró las quijadas, les hundió los dientes en la garganta, les separó las escápulas, les gangrenó las espinillas, les mortificó las pantorrillas, les inflamó los tobillos, les descoyuntó las caderas, les dislocó las rodillas, les hizo trizas los muslos, y así los golpeó, apaleó y maltrató por todas partes, que nunca el trigo fue tan denso ni tan repetidamente trillado por los mayales de los labradores como lo fueron los miembros desarticulados de sus cuerpos destrozados bajo el implacable bastón de la cruz. Si alguno intentaba esconderse entre las vides más espesas, lo dejaba aplastado como un lenguado, le magullaba la espalda y le destrozaba los riñones como a un perro. Si alguno pensaba escapar huyendo, le hacía estallar la cabeza por la sutura lambdoidea, que es una costura en la parte posterior del cráneo. Si alguno trepaba a un árbol creyéndose a salvo, le desgarraba el perineo y lo empalaba por el ano. Si alguno de sus viejos conocidos llegaba a gritar: “¡Ah, Fray Juan, mi amigo Fray Juan, cuartel, cuartel, me rindo, me rindo a ti!”, él respondía: “Así lo harás, y debes, quieras o no, y además entrega y rinde tu alma a todos los demonios del infierno”; y acto seguido les daba dronos, es decir, tantos golpes, porrazos, mazazos, tundas, azotes y palizas, que bastaban para avisar a Plutón de su llegada y despacharlos en el acto. Si alguno era tan temerario y audaz como para resistírsele cara a cara, entonces mostraba la fuerza de sus músculos, pues sin más preámbulo lo atravesaba, clavándole el báculo en el pecho, atravesando el mediastino y el corazón. A otros los aplastó y aporreó tanto que, con un fuerte golpe bajo las costillas, les volteó el estómago y murieron al instante. A algunos, con un golpe certero en el epigastrio, les hacía ceder el diafragma y, redoblando el golpe, les daba tal empujón en el ombligo que les hacía salir las tripas. A otros, atravesándoles los testículos, les perforaba el recto, y no dejó entraña, tripa ni intestino en sus cuerpos que no sintiera la impetuosidad, fiereza y furia de su violencia. Créeme, fue el espectáculo más horrible que jamás se haya visto. Unos clamaban a Santa Bárbara, otros a San Jorge. “¡Oh, la santa Señora Nytouch!”, decía uno, “la buena Santa”; “¡Oh, Nuestra Señora del Socorro!”, exclamaba otro, “¡ayuda, ayuda!” Otros gritaban: “Nuestra Señora de Cunaut, de Loreto, de las Buenas Nuevas, del otro lado del agua Santa María Over”. Algunos prometían una peregrinación a Santiago, otros al santo sudario de Chambéry, que tres meses después ardió tan bien en el fuego que no se salvó ni un hilo. Otros enviaban sus votos a San Cadouin, otros a San Juan de Angely y a San Eutropio de Xaintes. Otros invocaban a San Mesmes de Chinon, San Martín de Candes, San Clouaud de Sinays, las santas reliquias de Laurezay, con mil otros santitos y santitas. Unos morían sin hablar, otros hablaban sin morir; unos morían hablando, otros hablaban muriendo. Otros gritaban cuanto podían: “¡Confesión, confesión, confiteor, miserere, in manus!” Tan grande era el clamor de los heridos, que el prior de la abadía salió con todos sus monjes y, al ver a esos desdichados muertos entre las vides y heridos de muerte, confesaron a algunos de ellos. Pero mientras los sacerdotes se ocupaban en confesarlos, los monjecillos corrieron todos al lugar donde estaba Fray Juan y le preguntaron en qué quería que le ayudaran. Él respondió que degollaran a los que había derribado en el suelo. Ellos, dejando sus hábitos y capuchas sobre las barandas, empezaron a estrangular y rematar a los que él ya había aplastado. ¿Sabes con qué instrumentos lo hacían? Con bonitos cuchillos, que son pequeñas medias navajas jorobadas, cuya hoja de hierro mide dos pulgadas de largo, el mango de madera una pulgada de grueso y tres de largo, con los que los niños de nuestro país parten las nueces maduras aún en la cáscara y sacan el grano, y los encontraron muy útiles para esa tarea de cortar gargantas. Mientras tanto, Fray Juan, con su formidable bastón de la cruz, llegó a la brecha que habían hecho los enemigos y allí se apostó para atrapar a los que intentaban escapar. Algunos de los monjecillos llevaron los estandartes, banderas, insignias y guiones a sus celdas y habitaciones para hacer ligas con ellos. Pero cuando los que habían sido confesados quisieron salir por la abertura de dicha brecha, el recio monje los derribó a golpes, diciendo: “Estos ya han confesado y son almas penitentes; han recibido la absolución y ganado las indulgencias; van al paraíso tan recto como una hoz, o como el camino a Faye (como Crooked-Lane en Eastcheap)”. Así, por su destreza y valor, fueron derrotados todos los del ejército que entraron en el recinto de la abadía, hasta el número de trece mil seiscientos veintidós, sin contar mujeres y niños, que siempre se sobreentiende. Jamás Maugis el Ermitaño se comportó con más valentía con su bordón o báculo de peregrino contra los sarracenos, de quienes se habla en los Hechos de los cuatro hijos de Aymón, que este monje contra sus enemigos con el báculo de la cruz.



