Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 1.XXXVI.

Capítulo 43 de 266 · 3 min de lectura

Cómo Gargantúa demolió el castillo en el vado de Vede, y cómo pasaron el vado.

Apenas llegó, relató el estado y la condición en que habían encontrado al enemigo, así como la estratagema que él solo había empleado contra toda su multitud, afirmando que no eran más que viles bribones, saqueadores, ladrones y bandidos, ignorantes de toda disciplina militar, y que podían avanzar al campo de batalla con valentía; pues sería cosa fácil derribarlos y abatirlos como a bestias. Entonces Gargantúa montó su gran yegua, acompañado como ya hemos dicho, y encontrando en su camino un árbol alto y grande, que comúnmente era llamado el árbol de San Martín, porque antaño San Martín plantó allí el bastón de un peregrino, que con el tiempo creció hasta alcanzar tal altura y tamaño, dijo: Esto es lo que me faltaba; este árbol me servirá tanto de bastón como de lanza. Dicho esto, lo arrancó fácilmente, le quitó las ramas y lo arregló a su gusto. Mientras tanto, su yegua orinó para aliviar su vientre, pero fue en tal abundancia que inundó el país por siete leguas, y toda la orina de ese diluvio corrió velozmente hacia el vado de Vede, con lo cual el agua creció tanto que todas las fuerzas enemigas que allí había se ahogaron con gran horror, salvo algunos que tomaron el camino de la izquierda hacia las colinas. Gargantúa, al llegar al bosque de Vede, fue informado por Eudemon de que quedaba algún resto del enemigo dentro del castillo, y para saberlo, Gargantúa gritó tan fuerte como pudo: ¿Están ahí, o no están ahí? Si están ahí, no estén más; y si no están ahí, no tengo nada más que decir. Pero un artillero rufián, encargado de vigilar la reja sobre la puerta, disparó un cañonazo contra él, dándole furiosamente en la sien derecha, aunque no le hizo más daño que si le hubieran arrojado una ciruela o el hueso de una uva. ¿Qué es esto?, dijo Gargantúa; ¿nos lanzan aquí huesos de uva? La vendimia les saldrá cara; pensando en verdad que la bala era el hueso de una uva o de una pasa.

Los que estaban dentro del castillo, ocupados hasta entonces en el pillaje, al oír este ruido corrieron a las torres y fortalezas, desde donde le dispararon más de nueve mil veinticinco tiros de falconete y arcabuz, apuntando todos a su cabeza, y dispararon tan seguido que él exclamó: Ponócrates, amigo mío, estas moscas de aquí van a dejarme ciego; dame una rama de esos sauces para espantarlas, creyendo que las balas y piedras lanzadas por la artillería no eran más que tábanos. Ponócrates miró y vio que no había otras moscas que los grandes proyectiles que disparaban desde el castillo. Entonces Gargantúa arremetió con su gran árbol contra el castillo, y con poderosos golpes derribó torres y fortalezas, dejando todo al nivel del suelo, por lo que todos los que estaban dentro fueron muertos y destrozados. De allí se dirigieron al puente del molino, donde hallaron todo el vado cubierto de cadáveres, tan apretados que habían atascado el molino y detenido la corriente del agua, y estos eran los que habían perecido en el diluvio urinario de la yegua. Allí se detuvieron, consultando cómo podrían pasar sin dificultad entre tantos cuerpos. Pero Gimnasta dijo: Si los diablos han pasado por ahí, yo también podré pasar. Los diablos han pasado por ahí, dijo Eudemon, para llevarse las almas condenadas. ¡Por San Treignan!, dijo Ponócrates, entonces por consecuencia necesaria él pasará por ahí. Sí, sí, dijo Gimnasta, o me quedaré atascado en el camino. Entonces, espoleando a su caballo, cruzó sin problemas, pues su caballo no temía ni se asustaba ante los cadáveres; ya que lo había acostumbrado, según la doctrina de Eliano, a no temer ni las armaduras ni los cuerpos de los muertos; y eso no matando hombres como Diómedes a los tracios, ni arrojando los cuerpos de sus enemigos a los pies de su caballo como Ulises, según dice Homero, sino poniendo un espantapájaros entre su heno y haciéndolo pasar por encima cada vez que le daba avena. Los otros tres lo siguieron de cerca, excepto Eudemon, cuyo caballo hundió la mano derecha hasta la rodilla en el vientre de un gordo que yacía allí ahogado de espaldas, y no podía sacarla. Allí quedó atascado, hasta que Gargantúa, con el extremo de su bastón, empujó el resto de las tripas del villano al agua mientras el caballo sacaba la pata; y, cosa maravillosa en la hípica, el caballo quedó completamente curado de un anillo que tenía en esa pata gracias al contacto con las tripas reventadas de aquel grandullón.