Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 1.XXXVII.
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Cómo Gargantúa, al peinarse la cabeza, hizo que grandes balas de cañón cayeran de su cabello.
Al salir del río Vede, llegaron poco después al castillo de Grandullón, quien los esperaba con gran anhelo. Al llegar, fueron recibidos con muchas reverencias y colmados de abrazos. Nunca se vio compañía más alegre, pues el Supplementum Supplementi Chronicorum dice que Gargamella murió allí de alegría; por mi parte, en verdad no lo sé, ni me importa mucho ella, ni nadie más. La verdad es que Gargantúa, al cambiarse de ropa y peinarse la cabeza con un peine de novecientos pies de largo según la medida judía, cuyos dientes eran grandes colmillos de elefante, enteros y completos, hizo caer en cada pasada más de siete balas de plomo, a docena la bala, que se habían quedado enredadas en su cabello durante el asedio del castillo del bosque de Vede. Al ver esto su padre Grandullón, pensó que eran piojos, y le dijo: ¿Qué, hijo mío, nos has traído hasta aquí algunos gavilanes de alas cortas del colegio de Montaigu? No era mi intención que residieras allí. Entonces respondió Ponócrates: Mi soberano señor, no piense que lo he puesto en ese colegio piojoso que llaman Montaigu; antes preferiría haberlo puesto entre los sepultureros de San Inocencio, tan enorme es la crueldad y vileza que allí he conocido: pues los galeotes son mucho mejor tratados entre moros y tártaros, los asesinos en las mazmorras criminales, sí, hasta los perros en su casa, que los pobres y desdichados estudiantes en dicho colegio. Y si yo fuera rey de París, que el diablo me lleve si no lo incendiara y quemara tanto al rector como a los regentes, por permitir que tal inhumanidad se ejerza ante sus ojos. Entonces, tomando una de esas balas, dijo: Estas son balas de cañón, que su hijo Gargantúa ha recibido recientemente por la traición de sus enemigos, al pasar frente al bosque de Vede.
Pero han sido tan bien recompensados, que todos han sido destruidos en la ruina del castillo, como los filisteos por la astucia de Sansón, y aquellos a quienes mató la torre de Siloé, como está escrito en el capítulo trece de Lucas. Mi opinión es que los persigamos mientras la suerte esté de nuestro lado; pues la ocasión tiene todo su cabello en la frente; cuando ha pasado, ya no se la puede recuperar—no tiene mechón por donde asirla, pues es calva en la parte trasera de la cabeza, y nunca vuelve. En verdad, dijo Grandullón, no será en esta ocasión; pues esta noche les haré un banquete y les daré la bienvenida.
Dicho esto, prepararon la cena, y, además de lo habitual, asaron dieciséis bueyes, tres novillas, treinta y dos terneros, sesenta y tres cabritos gordos, noventa y cinco carneros, trescientos lechones adobados en vino dulce o mosto, doscientas veinte perdices, setecientas agachadizas y becadas, cuatrocientos capones de Loudun y Cornualles, seis mil pollitas y otras tantas palomas, seiscientas gallinas cebadas, mil cuatrocientos lebratos o conejos jóvenes, trescientos tres busardos y mil setecientos gallitos. De caza, no pudieron conseguir mucho tan de repente, sólo once jabalíes que envió el abad de Turpenay, y dieciocho gamos que regaló el señor de Gramount; junto con ciento cuarenta faisanes enviados por el señor de Essars; y algunas docenas de torcaces, palomas bravías, zuritas y palomas montesas; aves de río, cercetas y patos reales, avetoros, polluelas, avefrías, francolines, brigandines, tirasones, polluelos de avefría, patos domésticos, cucharas, aves de bosque, garzas, gallinetas, crieles, cigüeñas, canepetiers, naranjas, flamencos, que son phoenicópteros o aves marinas de alas rojas, terrigoles, pavos, arbens, fochas, alcatraces, zarapitos, termagantes y lavanderas, con gran cantidad de nata, cuajada y queso fresco, y abundancia de sopas, potajes y pan remojado con gran variedad. Sin duda había suficiente comida, y fue preparada con esmero por Salsapicante, Menudillo y Zumojugo, los cocineros de Grandullón. Jenkin Tragalargo y Limpiofrasco se encargaron con esmero de servirles la bebida.



