Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 1.L.
Capítulo 57 de 266 · 5 min de lectura
Discurso de Gargantúa a los vencidos.
Nuestros antepasados y ancestros de todos los tiempos han sido de tal naturaleza y disposición que, tras ganar una batalla, han preferido, como señal y recuerdo de sus triunfos y victorias, erigir trofeos y monumentos en el corazón de los vencidos mediante la clemencia, antes que mediante la arquitectura en las tierras conquistadas. Pues estimaban más el vivo recuerdo de los hombres adquirido por la generosidad que la muda inscripción de arcos, columnas y pirámides, sujetas a la injuria de las tormentas y tempestades, y a la envidia de todos. Bien pueden recordar la cortesía que ellos mostraron hacia los bretones en la batalla de Saint-Aubin-du-Cormier y en la demolición de Partenay. Han oído, y al oírlo se admiran, de su gentil comportamiento hacia los de las barreras (los bárbaros) de Españiola, quienes habían saqueado, devastado y arrasado las costas marítimas de Olona y Thalmondois. Todo este hemisferio del mundo se llenó de alabanzas y felicitaciones que ustedes mismos y sus padres prodigaron, cuando Alpharbal, rey de Canarre, no satisfecho con su propia fortuna, invadió furiosamente la tierra de Ónix y con crueles piraterías hostigó todas las islas Armóricas y regiones limítrofes de Bretaña. Sin embargo, fue justamente capturado y vencido en combate naval por mi padre, a quien Dios preserve y proteja. ¿Y qué sucedió? Mientras otros reyes y emperadores, incluso aquellos que se titulan católicos, habrían tratado con rudeza, manteniéndolo prisionero y exigiendo un altísimo rescate, él lo trató con suma cortesía, lo alojó amablemente en su propio palacio y, con increíble mansedumbre y gentileza, lo envió de regreso con salvoconducto, cargado de regalos, de favores, de todos los oficios de la amistad. ¿Qué resultó de ello? Al regresar a su país, convocó un parlamento, donde, reunidos todos los príncipes y estados de su reino, les mostró la humanidad que había hallado en nosotros y les instó a tomar tal medida de compensación que el mundo entero pudiera edificarse con el ejemplo, tanto de su nobleza hacia nosotros como de nuestra nobleza hacia ellos. El resultado fue que, por consentimiento unánime, se votó y decretó que ofrecieran enteramente sus tierras, dominios y reinos para que nosotros dispusiéramos de ellos según nuestro deseo.
Alpharbal en persona regresó de inmediato con nueve mil treinta y ocho grandes naves de carga, trayendo consigo los tesoros, no solo de su casa y linaje real, sino casi de todo el país. Pues al embarcarse, para zarpar con viento de oeste-nornoreste, todos arrojaban en montones al barco oro, plata, anillos, joyas, especias, drogas y perfumes aromáticos, loros, pelícanos, monos, civetas, comadrejas moteadas de negro, puercoespines, etcétera. Se consideraba indigno al hijo de buena madre que no arrojara todas las cosas raras y preciosas que poseía.
Al llegar sano y salvo, acudió ante mi mencionado padre y quiso besarle los pies. Tal acción se consideró demasiado sumisa y, por tanto, no se permitió, pero en cambio fue abrazado cordialmente. Ofreció sus presentes; no fueron aceptados, por ser demasiado excesivos. Se entregó voluntariamente como siervo y vasallo, y consintió en que toda su posteridad quedara sujeta a la misma servidumbre; esto no fue aceptado, por parecer poco equitativo. Cedió, en virtud del decreto de su gran consejo parlamentario, todos sus países y reinos, ofreciendo la escritura y cesión, firmada, sellada y ratificada por todos los interesados; esto fue rechazado por completo y los pergaminos arrojados al fuego. Al final, esta buena voluntad y sincera intención de los canarios conmovió tanto el corazón de mi padre que no pudo evitar derramar lágrimas y lloró copiosamente; luego, con palabras muy oportunas y bien elegidas, procuró en lo posible disminuir la importancia de los buenos oficios que les había hecho, diciendo que cualquier cortesía que les hubiera conferido no valía nada, y que cualquier favor que les hubiera mostrado estaba obligado a hacerlo. Pero tanto más Alpharbal aumentó la estima de ello. ¿Cuál fue el resultado? Que por su rescate, en el mayor rigor y trato más tiránico, no se habría podido exigir más de veinte veces cien mil coronas, y sus hijos mayores retenidos como rehenes hasta que se pagara esa suma; sin embargo, ellos mismos se hicieron tributarios perpetuos y se obligaron a darnos cada año dos millones de oro de veinticuatro quilates. El primer año recibimos la suma completa de dos millones; el segundo año, de su propia voluntad, nos pagaron libremente dos millones trescientas mil coronas; el tercer año, dos millones seiscientas mil; el cuarto año, tres millones, y así van aumentando siempre por su propia buena voluntad, de modo que nos veremos obligados a prohibirles que nos traigan más. Tal es la naturaleza de la gratitud y el verdadero agradecimiento. Porque el tiempo, que roe y disminuye todas las cosas, aumenta y acrecienta los beneficios; pues una acción noble de generosidad, hecha a un hombre de razón, crece continuamente por su pensamiento generoso y su recuerdo.
No queriendo, por tanto, degenerar en modo alguno de la herencia de mansedumbre y clemencia de mis padres, ahora los perdono, los libero de toda multa y prisión, los absuelvo por completo, los pongo en libertad y los hago en todo tan francos y libres como lo fueron antes. Además, al salir por la puerta, cada uno de ustedes recibirá tres meses de paga para regresar a sus casas y familias, y tendrán un seguro convoy de seiscientos coraceros y ocho mil infantes bajo el mando de Alejandro, escudero de mi persona, para que los campesinos armados no les causen daño alguno. ¡Dios los acompañe! Lamento de corazón que Picrochole no esté aquí, pues habría querido hacerle entender que esta guerra se emprendió contra mi voluntad y sin esperanza de aumentar ni mis bienes ni mi renombre. Pero, viendo que está perdido y que nadie sabe dónde ni cómo se fue, es mi voluntad que su reino permanezca íntegro para su hijo; quien, por ser demasiado joven, pues aún no cumple cinco años, será criado e instruido por los antiguos príncipes y sabios del reino. Y porque un reino así desolado puede fácilmente arruinarse si la codicia y avaricia de quienes, por sus cargos, están obligados a administrar justicia en él no es contenida y reprimida, ordeno y dispongo que Ponócrates sea supervisor y superintendente por encima de todos sus gobernadores, con todo el poder y autoridad que sea necesario, y que permanezca siempre con el niño hasta que lo considere capaz y apto para gobernar por sí mismo.
Ahora debo decirles que deben entender cómo una excesiva y disoluta facilidad en perdonar a los malhechores les da ocasión de cometer maldades después con mayor facilidad, confiados en recibir favor. Considero que Moisés, el hombre más manso de su tiempo sobre la tierra, castigó severamente al pueblo de Israel cuando fue sedicioso y amotinado. Considero también que Julio César, quien fue un emperador tan benévolo que Cicerón dijo de él que su fortuna no tenía nada más excelente que poder, y su virtud nada mejor que querer siempre salvar y perdonar a todos—él, no obstante todo esto, castigó en ciertos lugares con gran rigor a los autores de rebelión. Siguiendo el ejemplo de estos hombres de bien, es mi voluntad y deseo que me entreguen antes de partir, primero, a ese buen sujeto Marquet, quien fue la causa principal, origen y fundamento de esta guerra por su vana presunción y arrogancia; en segundo lugar, a sus compañeros panaderos, que fueron negligentes en reprender y corregir su humor insensato en el momento oportuno; y por último, a todos los consejeros, capitanes, oficiales y domésticos de Picrochole, que hayan sido incendiarios o promotores de la guerra al provocarlo, alabarlo o aconsejarle salir de sus límites para perturbarnos así.



