Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 1.LI.
Capítulo 58 de 266 · 2 min de lectura
Cómo fueron recompensados los victoriosos gargantuistas después de la batalla.
Cuando Gargantúa terminó su discurso, le entregaron a los hombres sediciosos que había requerido, excepto Espadachín, Cola de Suciedad y Bagatelas, quienes huyeron seis horas antes de la batalla: uno de ellos llegó de un tirón hasta Cuellolargo de Lainiel, otro al valle de Vire, y el tercero incluso hasta Logroine, sin mirar atrás ni tomar aliento en el camino; y dos de los panaderos de tortas que murieron en la lucha. Gargantúa no les hizo otro daño sino que los destinó a trabajar en las prensas de su imprenta, que acababa de instalar. Luego, a los que murieron allí mandó darles sepultura honorable en el valle de Tierra Negra y el campo de Quemarrastrojos, y dispuso que los heridos fueran atendidos y cuidados en su gran hospital o nosocomio. Después de esto, considerando el gran perjuicio causado a la ciudad y sus habitantes, les reembolsó los gastos y reparó todas las pérdidas que, bajo juramento, confesaron haber sufrido; y, para su mejor defensa y seguridad en el futuro contra cualquier revuelta o invasión repentina, ordenó que allí se construyera una fuerte ciudadela con una guarnición suficiente para mantenerla. Al partir, agradeció muy cordialmente a todos los soldados de las brigadas que participaron en esa victoria, y los envió de regreso a sus cuarteles de invierno en sus respectivas posiciones y guarniciones; solo exceptuó a la legión decumana, a quienes ese día vio realizar grandes hazañas en el campo, así como a sus capitanes, a quienes llevó consigo junto a Grandullón.
Al verlos llegar, el buen hombre se alegró tanto que es imposible describirlo plenamente. Les preparó un banquete el más magnífico, abundante y delicioso que se haya visto desde los tiempos del rey Asuero. Al levantar la mesa, repartió entre ellos toda su vajilla de oro, que pesaba ochocientos mil catorce besantes (cada besante vale cinco libras esterlinas), en grandes piezas antiguas, enormes jarras, grandes fuentes, tazas, copas, cálices, candelabros, cajas de confites y otras piezas semejantes, todo de oro macizo, además de las piedras preciosas, esmaltes y el trabajo artesanal, que según la estimación general valía más que el propio oro. Luego, a cada uno de ellos hizo entregar de sus cofres la suma de un millón doscientos mil escudos en dinero contante. Y, además, les dio a cada uno, para siempre y en perpetuidad, a menos que murieran sin herederos, los castillos y tierras vecinas de su propiedad que les resultaran más convenientes. A Ponócrates le dio la roca Clermond; a Gimnasta, el Coudray; a Eudemon, Montpensier; Rivau, a Tolmere; a Ithibolle, Montsoreau; a Acamante, Candé; Varenes, a Quironacte; Gravot, a Sebast; Quinquenais, a Alejandro; Legre, a Sofronio, y así con sus demás posesiones.



