Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 1.LV.

Capítulo 62 de 266 · 2 min de lectura

Qué clase de morada tenían los Thelemitas.

En el centro del patio inferior había una majestuosa fuente de hermoso alabastro. Sobre ella se alzaban las tres Gracias, con sus cornucopias o cuernos de la abundancia, y el agua brotaba de sus pechos, boca, oídos, ojos y otros conductos abiertos del cuerpo. El interior de los edificios de este patio inferior descansaba sobre grandes pilares de piedra calcedonia y mármol pórfido, formando arcadas de un bello estilo antiguo. Dentro de ellas había amplias galerías, largas y espaciosas, adornadas con curiosos cuadros, astas de ciervos y unicornios, con rinocerontes, hipopótamos llamados caballos de agua, dientes y colmillos de elefantes, y otras cosas dignas de admirar. El alojamiento de las damas, pues así podemos llamar a esas mujeres galantes, ocupaba todo el espacio desde la torre Ártica hasta la puerta Mesembrina. Los hombres poseían el resto. Frente al alojamiento de las damas, para su recreo, entre las dos primeras torres, en el exterior, se encontraban la liza, las barreras o listas para torneos, el hipódromo o pista de equitación, el teatro o sala de espectáculos públicos, y la natatoria o piscina, con admirables baños en tres niveles, situados uno sobre otro, bien provistos de todo lo necesario y abundante agua de mirto. Junto al río estaba el hermoso jardín de recreo, y en su centro el glorioso laberinto. Entre las otras dos torres estaban las canchas para el tenis y el balón. Hacia la torre Criere se hallaba el huerto lleno de toda clase de árboles frutales, dispuestos en orden quincuncial. Al final de este se encontraba el gran parque, abundante en toda clase de caza. Entre la tercera pareja de torres estaban los blancos y dianas para disparar con arcabuz, con arco común o con ballesta. Las dependencias estaban fuera de la torre Hesperia, de un solo piso. Las caballerizas estaban más allá de las dependencias, y delante de ellas se encontraba la cetrería, administrada por cuidadores de avestruces y halconeros muy expertos en el arte, y era abastecida cada año por los candianos, venecianos, sármatas, ahora llamados moscovitas, con toda clase de excelentes aves de presa: halcones, águilas, gerifaltes, azores, sacres, lanneros, halcones, esmerejones y otras especies, tan dóciles y perfectamente adiestradas que, al volar por sí mismas desde el castillo para su propio esparcimiento, no dejaban de atrapar cuanto encontraban. La perrera, donde se guardaban los sabuesos y perros de caza, estaba un poco más alejada, hacia el parque.

Todos los salones, cámaras y gabinetes o tocadores estaban ricamente adornados con tapices y colgaduras de diversas clases, según la variedad de las estaciones del año. Todos los suelos y pisos estaban cubiertos con paño verde. Las camas estaban todas bordadas. En cada cámara interior o sala de retiro había un espejo de puro cristal engastado en un marco de fino oro, adornado alrededor con perlas, y de tal tamaño que reflejaba por completo la figura y proporciones de la persona que se situaba delante. Al salir de los salones que pertenecían a los aposentos de las damas estaban los perfumistas y arregladores, por cuyas manos pasaban los galanes cuando iban a visitar a las damas. Esos dulces artífices cada mañana proveían las habitaciones de las damas con esencia de rosas, agua de azahar y angélica; y a cada una de ellas le entregaban un pequeño cofre precioso que exhalaba las más fragantes emanaciones de los mejores aromas.