Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 1.LVI.
Capítulo 63 de 266 · 4 min de lectura
De cómo vestían los hombres y mujeres de la orden religiosa de Thélème.
Las damas, al fundarse esta orden, se vestían según su propio gusto y placer; pero, ya que por su propia voluntad y libre albedrío se han reformado, su atavío es de la siguiente manera. Llevaban medias de escarlata carmesí o teñidas de púrpura, que llegaban exactamente tres pulgadas por encima de la rodilla, adornadas con una franja embellecida con exquisitas bordaduras y raros cortes propios del arte del sastre. Sus ligas eran del color de sus brazaletes y rodeaban la rodilla un poco por encima y por debajo. Sus zapatos, chinelas y pantuflas eran de terciopelo rojo, violeta o carmesí, recortados y festoneados como las barbas de langosta.
Sobre la camisa llevaban el bonito corpiño o basquiña de camlote de pura seda; encima de éste, la falda de tafetán o tabí, de color blanco, rojo, leonado, gris o de cualquier otro color. Encima de esta falda de tafetán llevaban otra de tela de tisú o brocado, bordada con fino oro e intercalada con labores de aguja, o como ellas considerasen conveniente, y según la temperatura y disposición del clima, llevaban sus sobreveste de satén, damasco o terciopelo, ya fueran naranjas, leonados, verdes, ceniza, azules, amarillos, rojo vivo, carmesí, blancos, y así sucesivamente; o bien de tela de oro, tela de plata u otra tela selecta, enriquecida con galón o bordada según la dignidad de los días festivos y ocasiones en que las usaban.
Sus vestidos, siempre acordes a la estación, eran de tela de oro rizada con labor de plata en relieve; de satén rojo, cubierto de galón de oro; de tabí o tafetán blanco, azul, negro, leonado, etc.; de sarga de seda, camlote de seda, terciopelo, tela de plata, tisú de plata, tela de oro, hilo de oro, terciopelo labrado o satén labrado con hilos dorados, en diversos y variados diseños bordados.
En verano, algunos días, en lugar de vestidos, llevaban ligeras y elegantes capas, hechas ya sea del mismo material de los atavíos antes mencionados, o como alfombras moriscas, de terciopelo violeta rizado, con labor en relieve de oro sobre galón de plata, o con labor de cordones anudados de bordado en oro, adornadas por todas partes con pequeñas perlas indias. Siempre llevaban un hermoso penacho o pluma del color de su manguito, ricamente adornado y engalanado con relucientes lentejuelas de oro. En invierno, usaban sus vestidos de tafetán de todos los colores antes mencionados, forrados con ricas pieles de lobos cervales, linces manchados, comadrejas moteadas de negro, pieles de martas de Calabria, martas cibelinas y otras pieles costosas de valor incalculable. Sus rosarios, anillos, brazaletes, collares, gargantillas y cadenas eran todos de piedras preciosas, tales como carbunclos, rubíes, balayos, diamantes, zafiros, esmeraldas, turquesas, granates, ágatas, berilos y magníficas perlas. Sus tocados también variaban según la estación del año, y de acuerdo con ello se adornaban. En invierno era a la francesa; en primavera, a la española; en verano, a la toscana, salvo en los días santos y domingos, en que se ataviaban a la francesa, por considerarlo más honorable y más propio de la dignidad matronal.
Los hombres se vestían a su modo. Sus medias eran de tamina o sarga, blancas, negras, escarlata o de algún otro color teñido. Sus calzones eran de terciopelo, del mismo color que las medias o muy parecido, bordados y cortados según su gusto. El jubón era de tela de oro, tela de plata, terciopelo, satén, damasco, tafetán, etc., de los mismos colores, cortado, bordado y adornado perfectamente. Los lazos eran de seda del mismo color; los terminales, de oro bien esmaltado. Sus chaquetas y justillos eran de tela de oro, tela de plata, oro, tisú o terciopelo bordado, según su preferencia. Sus vestidos eran tan costosos como los de las damas. Sus cinturones eran de seda, del color de sus jubones. Cada uno llevaba una gallarda espada al costado, cuya empuñadura y mango eran dorados, y la vaina de terciopelo, del color de sus calzones, con una contera de oro y labor de orfebrería pura. La daga era igual. Sus gorras o bonetes eran de terciopelo negro, adornados con joyas y botones de oro. Encima llevaban un penacho blanco, muy bien dispuesto en varias hileras de lentejuelas de oro, en cuyos extremos colgaban, con mayor resplandor, hermosos rubíes, esmeraldas, diamantes, etc.; pero había tal armonía entre los caballeros y las damas, que cada día vestían el mismo uniforme. Y para que no se equivocaran, había ciertos gentileshombres encargados de informar a los jóvenes cada mañana qué vestimenta llevarían ese día las damas: pues todo se hacía según el gusto de ellas. Con estos atavíos tan elegantes y ricos, no creas que alguno de ambos sexos perdía tiempo alguno; pues los encargados del guardarropa tenían toda la ropa y vestidos listos cada mañana, y las camareras tan diestras, que en un instante estaban vestidos y completamente arreglados de pies a cabeza. Y para disponer de estos atavíos con mayor comodidad, alrededor del bosque de Thélème había una hilera de casas de media legua de extensión, muy limpias y ordenadas, donde vivían los orfebres, lapidarios, joyeros, bordadores, sastres, tiradores de oro, tejedores de terciopelo, tapiceros y tapiceros, que trabajaban cada uno en su oficio, y todo para los alegres frailes y monjas de la nueva orden. Se proveían de materiales y géneros de manos del señor Nausiclete, quien cada año les traía siete barcos de las islas Perlas y de los Caníbales, cargados de lingotes de oro, seda en rama, perlas y piedras preciosas. Y si alguna perla, llamada unión, empezaba a envejecer y perder algo de su blancura y brillo natural, con su arte la renovaban dándosela a comer a unos bonitos gallos, como se suele hacer con los halcones.



