Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 1.LVII.

Capítulo 64 de 266 · 2 min de lectura

Cómo eran gobernados los telemitas y cuál era su modo de vida.

Toda su vida transcurría no bajo leyes, estatutos ni reglas, sino según su propia voluntad y placer. Se levantaban de la cama cuando les parecía bien; comían, bebían, trabajaban o dormían cuando tenían ganas y estaban dispuestos a ello. Nadie los despertaba, nadie intentaba obligarlos a comer, beber ni a hacer ninguna otra cosa; pues así lo había establecido Gargantúa. En toda su regla y en el lazo más estricto de su orden solo había una cláusula que debía observarse,

Haz lo que quieras;

porque los hombres libres, bien nacidos, bien educados y acostumbrados a la compañía de gente honesta, tienen naturalmente un instinto y un estímulo que los impulsa a acciones virtuosas y los aparta del vicio, lo que se llama honor. Esos mismos hombres, cuando por vil sujeción y coacción son sometidos y mantenidos bajo control, se desvían de esa noble disposición que antes los inclinaba a la virtud, para sacudirse y romper ese lazo de servidumbre en el que tan tiránicamente se les esclaviza; pues es propio de la naturaleza humana anhelar lo prohibido y desear lo que se nos niega.

Mediante esta libertad, entraban en una emulación muy loable de hacer todos aquello que veían agradaba a uno. Si alguno de los caballeros o damas decía: Bebamos, todos bebían. Si alguno decía: Juguemos, todos jugaban. Si uno decía: Salgamos a pasear por el campo, todos iban. Si era para ir de cetrería o de caza, las damas montaban en elegantes caballos de paso suave, sentadas en sillas de palafrén majestuosas, llevando en sus hermosas manos, todas ellas finamente enguantadas, un esmerejón, un halcón pequeño o un alcotán, y los jóvenes caballeros llevaban los otros tipos de halcones. Tan noblemente eran instruidos, que no había entre ellos quien no supiera leer, escribir, cantar, tocar varios instrumentos musicales, hablar cinco o seis lenguas diferentes y componer en todas ellas con gran destreza, tanto en verso como en prosa. Jamás se vieron caballeros tan valientes, tan nobles y dignos, tan diestros y hábiles tanto a pie como a caballo, más animosos y vivaces, más ágiles y rápidos, ni mejores en el manejo de toda clase de armas que los de allí. Nunca se vieron damas tan apropiadas y hermosas, tan delicadas y refinadas, menos caprichosas o más prontas con la mano y la aguja en toda acción honesta y libre propia de su sexo, que las de allí. Por esta razón, cuando llegaba el momento en que algún hombre de dicha abadía, ya fuera por petición de sus padres o por otra causa, deseaba salir de ella, se llevaba consigo a una de las damas, precisamente a aquella que antes había elegido como su amada, y se casaban. Y si antes en Telema habían vivido en buena devoción y amistad, continuaban en ello y lo acrecentaban aún más en su estado matrimonial; y mantenían ese amor mutuo hasta el último día de su vida, con no menos vigor y fervor que el mismo día de su boda. Aquí no debo olvidar relatarles un enigma que fue hallado bajo tierra mientras se colocaban los cimientos de la abadía, grabado en una placa de cobre, y que decía así: