Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 2.I.
Capítulo 66 de 266 · 7 min de lectura
Del origen y la antigüedad del gran Pantagruel.
No será cosa ociosa ni inútil, ya que disponemos de tiempo, recordarles la fuente y el origen de donde nos viene el buen Pantagruel. Porque veo que todos los buenos historiadores han tratado así sus crónicas, no solo los árabes, bárbaros y latinos, sino también los amables griegos, que eran bebedores eternos. Deben, pues, notar que al principio del mundo—hablo de hace mucho tiempo; es más de cuarenta cuarentenas, o cuarenta veces cuarenta noches, según el cómputo de los antiguos druidas—, poco después de que Abel fuera asesinado por su hermano Caín, la tierra, empapada con la sangre del justo, fue durante un año tan sumamente fértil en todos los frutos que suele producirnos, y especialmente en nísperos, que desde entonces y a lo largo de todas las edades se le ha llamado el año de los grandes nísperos; pues tres de ellos llenaban un celemín. En ese año se hallaron las calendas por los almanaques griegos. No hubo nada del mes de marzo en la época de Cuaresma, y la mitad de agosto cayó en mayo. En el mes de octubre, según creo, o al menos en septiembre, para no errar, pues tendré mucho cuidado con ello, fue la semana tan famosa en los anales, llamada la semana de los tres jueves; pues tuvo tres de ellos debido a sus años bisiestos irregulares, llamados bissextiles, ocasionados porque el sol tropezó y se desvió un poco hacia la izquierda, como un deudor temeroso de los alguaciles que vienen directo a arrestarlo; y la luna se apartó de su curso más de cinco brazas, y se vio claramente el movimiento de trepidación en el firmamento de las estrellas fijas, llamadas Aplanes, de modo que la Pléyade del medio, dejando a sus compañeras, se inclinó hacia el ecuador, y la estrella llamada Espiga abandonó la constelación de la Virgen para retirarse hacia la Balanza, conocida como Libra, lo cual son casos muy terribles y asuntos tan arduos y difíciles que los astrólogos no pueden hincarles el diente; y en verdad, sus dientes habrían sido bastante largos si hubieran podido alcanzarlos.
Sin embargo, tengan por cierto que todos entonces comieron de esos nísperos con gran apetito, pues eran hermosos a la vista y deliciosos al gusto. Pero así como Noé, aquel hombre santo, a quien tanto debemos y estamos obligados, por haber plantado la vid, de la cual obtenemos ese licor nectarino, delicioso, precioso, celestial, alegre y divino que llaman piot o tiplage, fue engañado al beberlo, pues ignoraba su gran virtud y poder; así también los hombres y mujeres de aquella época se deleitaron mucho comiendo aquel hermoso y gran fruto, pero de ello resultaron accidentes diversos y muy distintos; pues a todos les sobrevino una hinchazón terrible en el cuerpo, aunque no a todos en el mismo lugar, ya que algunos se hincharon en el vientre, y su barriga sobresalía grande como un tonel, de quienes está escrito, Ventrem omnipotentem, y todos ellos eran hombres muy honestos y alegres. Y de esa raza vinieron San Fatgulch y el Martes de Carnaval (Pansart, Mardigras). Otros se hincharon en los hombros, que en ese lugar se volvieron tan jorobados y nudosos que por ello los llamaron Montíferos, que significa Portadores de Montañas, de los cuales aún se ven algunos en el mundo, de diversos sexos y grados. De esa raza vino Esopo, de cuyas excelentes palabras y hechos tienen escritos algunos. Otros se hincharon en longitud por el miembro que llaman el labrador de la naturaleza, de tal modo que creció maravillosamente largo, grueso, fuerte, vigoroso y erguido, a la antigua usanza, de modo que lo usaban como cinturón, enrollándolo cinco o seis veces alrededor de la cintura; pero si sucedía que el mencionado miembro estaba en buen estado, hinchado como vela llena al viento, entonces, al ver a esos campeones erguidos, los habrían tomado por hombres con lanzas listas para correr la sortija o justar en la quintana. De estos, créanme, la raza está completamente perdida y extinguida, como dicen las mujeres; pues lamentan continuamente que ya no existan de esos grandes, etc. Ya conocen el resto de la canción. Otros crecieron en los testículos de tal manera que tres de ellos llenaban bien un saco capaz de contener cinco cuartos de trigo. De ellos descienden los testículos de Lorena, que nunca permanecen en la bragueta, sino que caen hasta el fondo de los pantalones. Otros crecieron en las piernas, y al verlos se habría dicho que eran grullas, o aves marinas de patas largas y pico rojizo llamadas flamencos, o bien hombres caminando sobre zancos o andas. Los pequeños escolares, conocidos como Grimos, llamaban a esas piernas hinchadas Jambus, en alusión a la palabra francesa jambe, que significa pierna. En otros, la nariz creció tanto que parecía el pico de un alambique, en cada parte de ella adornada con destellos de ampollas carmesí brotando, y purpurina de granos esmaltados con ronchas de color sanguíneo, bordeadas de gules; y así han visto ustedes al Canónigo o Prebendado Panzoult, y a Pie de Palo, el médico de Angers. De esa raza hubo pocos que buscaran la tisana, pero todos eran perfectos amantes del jugo puro de septiembre. Naso y Ovidio descendieron de allí, y todos aquellos de quienes está escrito, Ne reminiscaris. Otros crecieron en las orejas, que tenían tan grandes que de una sola habría bastado para hacer un jubón, un par de pantalones y una chaqueta, mientras que con la otra podían cubrirse como con una capa española; y dicen que en Borbonesa aún permanece esa raza. Otros crecieron en longitud de cuerpo, y de ellos vinieron los Gigantes, y de ellos Pantagruel.
Y el primero fue Chalbroth, que engendró a Sarabroth, que engendró a Faribroth, que engendró a Hurtali, gran comedor de sopas, que reinó en tiempos del diluvio; que engendró a Nembroth, que engendró a Atlas, que con sus hombros sostuvo el cielo para que no cayera; que engendró a Goliat, que engendró a Erix, inventor de los juegos de manos y prestidigitación; que engendró a Ticio, que engendró a Erion, que engendró a Polifemo, que engendró a Caco, que engendró a Etion, el primer hombre que tuvo la sífilis, por no beber fresco en verano, como atestigua Bartachin; que engendró a Encélado, que engendró a Ceo, que engendró a Tifeo, que engendró a Alaeo, que engendró a Oto, que engendró a Egeón, que engendró a Briareo, que tenía cien manos; que engendró a Porfirio, que engendró a Adamastor, que engendró a Anteo, que engendró a Agatón, que engendró a Poro, contra quien luchó Alejandro Magno; que engendró a Arantas, que engendró a Gabbara, primer inventor de los brindis; que engendró a Goliat de Secondilla, que engendró a Offot, de gran nariz para beber directamente del barril; que engendró a Artajerjes, que engendró a Oromedón, que engendró a Gemmagog, primer inventor de los zapatos Poulan, abiertos en el pie y atados sobre el empeine con una correa; que engendró a Sísifo, que engendró a los Titanes, de quienes nació Hércules; que engendró a Enay, el hombre más hábil que jamás existió para sacar los pequeños gusanos (llamados cirons) de las manos; que engendró a Fierabrás, vencido por Oliveros, par de Francia y compañero de Roldán; que engendró a Morgán, el primero en el mundo que jugó a los dados con anteojos; que engendró a Fracaso, de quien escribió Merlín Coccaius, y de él nació Ferragus, que engendró a Hapmouche, el primero que inventó el secado de lenguas de vaca en la chimenea; pues antes de eso, la gente las salaba como ahora los jamones; que engendró a Bolivorax, que engendró a Longis, que engendró a Gayoffo, cuyos testículos eran de álamo y su miembro... de serbal; que engendró a Maschefain, que engendró a Bruslefer, que engendró a Angoulevent, que engendró a Galehaut, inventor de las garrafas; que engendró a Mirelangaut, que engendró a Gallaffre, que engendró a Falourdin, que engendró a Roboast, que engendró a Sortibrant de Conimbres, que engendró a Brushant de Mommiere, que engendró a Bruyer, vencido por Ogier el Danés, par de Francia; que engendró a Mabrun, que engendró a Foutasnon, que engendró a Haquelebac, que engendró a Vitdegrain, que engendró a Grangousier, que engendró a Gargantúa, que engendró al noble Pantagruel, mi señor.
Sé que, al leer este pasaje, surgirán en ustedes dudas, y con muy buen fundamento, que es este: ¿cómo es posible que este relato sea verdadero, siendo que en el tiempo del diluvio todo el mundo fue destruido, excepto Noé y siete personas más que lo acompañaban en el arca, entre los cuales no se cuenta a Hurtali? Sin duda, la pregunta está bien planteada y es muy evidente, pero la respuesta los satisfará, o mi ingenio no está bien calafateado. Y como yo no estaba presente en aquel tiempo para contarles nada de mi propia invención, les traeré la autoridad de los masoretas, buenos y honrados sujetos, verdaderos expertos y exactos gaiteros hebreos, quienes afirman que en verdad el mencionado Hurtali no estaba dentro del arca de Noé, ni pudo entrar, porque era demasiado grande, sino que se sentó a horcajadas sobre ella, con una pierna a cada lado, como suelen hacer los niños pequeños sobre sus caballitos de madera; o como el gran toro de Berna, que fue muerto en Marinian, cabalgaba para su paseo la gran pieza de artillería llamada cañón-pevier, una bestia simpática de paso firme y agradable, sin duda alguna.
En esa postura, él, después de Dios, salvó dicha arca del peligro, pues con sus piernas le daba el vaivén necesario y con su pie la dirigía adonde quería, como un barco responde a su timón. Los que estaban dentro le enviaban abundantes provisiones por una chimenea, como gente muy agradecida reconociendo el bien que les hacía. Y a veces conversaban juntos, como Icaromenipo con Júpiter, según cuenta Luciano. ¿Han entendido bien todo esto? Entonces beban un buen trago sin agua, porque si no lo creen,—no, en verdad que no lo creo, dijo ella.



