Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 2.II.

Capítulo 67 de 266 · 4 min de lectura

De la natividad del muy temido y reverenciado Pantagruel.

Gargantúa, a la edad de cuatrocientos ochenta y cuatro años, engendró a su hijo Pantagruel con su esposa llamada Badebec, hija del rey de los Amaurotas en Utopía, quien murió en el parto; pues él era tan maravillosamente grande y corpulento que no pudo salir a la luz del mundo sin asfixiar así a su madre. Pero para que comprendamos plenamente la causa y razón del nombre de Pantagruel, que le fue dado en su bautismo, deben notar que en ese año hubo una sequía tan grande en todo el país de África que pasaron treinta y seis meses, tres semanas, cuatro días, trece horas y un poco más sin llover, pero con un calor tan vehemente que toda la tierra se secó y marchitó por completo. Ni siquiera en los días de Elías estuvo más abrasada y reseca por el calor que en ese entonces; pues no se veía árbol alguno con hoja ni flor. La hierba carecía de verdor, los ríos estaban agotados, las fuentes secas, los pobres peces, abandonados y privados de su propio elemento, vagaban y clamaban horriblemente sobre la tierra. Las aves caían del aire por falta de humedad y rocío que las refrescara. Los lobos, zorros, ciervos, jabalíes, gamos, liebres, conejos, comadrejas, tejones, tejones y otras bestias semejantes, eran hallados muertos en los campos con la boca abierta. En cuanto a los hombres, era digno de compasión; los veías sacar la lengua como liebres que han corrido seis horas. Muchos se arrojaban a los pozos. Otros se metían en el vientre de una vaca para estar a la sombra; a esos Homero los llama Alibantes. Todo el país estaba ocioso y no podía hacer virtud alguna. Era un caso sumamente lamentable ver el esfuerzo de los mortales por defenderse de la vehemencia de esa horrenda sequía; pues tenían bastante trabajo para salvar el agua bendita de las iglesias de ser desperdiciada; pero hubo tal orden por consejo de mis señores los cardenales y de nuestro santo Padre, que nadie se atrevía a tomar más de una lamida. Sin embargo, cuando alguien entraba en la iglesia, veías más de veinte pobres sedientos colgarse del que distribuía el agua, y eso con la garganta bien abierta, esperando alguna gota, como el rico glotón de Lucas, para que no se perdiera nada. ¡Oh, cuán feliz era en ese año quien tenía una bodega fresca bajo tierra, bien provista de vino fresco!

El filósofo relata, al plantear la cuestión de por qué el agua del mar es salada, que en el tiempo en que Febo entregó el gobierno de su resplandeciente carro a su hijo Faetón, el mencionado Faetón, inexperto en el arte y sin saber cómo mantener la línea eclíptica entre los dos trópicos de la latitud del curso solar, se desvió de su camino y se acercó tanto a la tierra que secó todos los países que estaban bajo él, quemando gran parte de los cielos que los filósofos llaman Vía Láctea, y los fanfarrones Camino de Santiago; aunque los poetas más encopetados, altivos y de elevada cresta afirman que ese es el lugar donde cayó la leche de Juno cuando amamantó a Hércules. La tierra en ese tiempo estuvo tan excesivamente recalentada que cayó en un sudor enorme, sí, uno tal que la hizo sudar el mar, que por eso es salado, porque todo sudor es salado; y esto no pueden menos que confesarlo si prueban el suyo propio, o el de los que tienen la sífilis, cuando se les pone a sudar, que para el caso es lo mismo.

Justamente algo semejante ocurrió ese mismo año: pues cierto viernes, cuando todo el pueblo estaba entregado a sus devociones, y había hecho hermosas procesiones, con abundantes letanías, bellos sermones y súplicas a Dios Todopoderoso para que mirara con su ojo de misericordia su miserable y desconsolada condición, se vio entonces salir visiblemente de la tierra grandes gotas de agua, como las que caen de un hombre inflado de soplos en pleno sudor, y los pobres muchachos comenzaron a alegrarse como si aquello les fuera muy provechoso; pues algunos decían que no había ni una gota de humedad en el aire de donde pudiera llover, y que la tierra suplía esa falta. Otros sabios decían que era una lluvia de los antípodas, como dice Séneca en su cuarto libro de Cuestiones naturales, hablando del origen y manantial del Nilo. Pero estaban engañados, porque, terminada la procesión, cuando todos se dispusieron a recoger ese rocío y a beberlo en grandes tazones, encontraron que no era otra cosa que salmuera y la mismísima salmuera de sal, más salada al gusto que el agua más salada del mar. Y porque en ese mismo día nació Pantagruel, su padre le dio ese nombre; pues Panta en griego significa todo, y Gruel en lengua agarenia significa sediento, infiriendo así que al nacer él, todo el mundo estaba seco y sediento, y también previendo que algún día sería supremo señor y soberano de los sedientos Ethrappels, lo cual se le mostró en esa misma hora por una señal aún más evidente. Porque cuando su madre Badebec estaba dándolo a luz, y las parteras esperaban para recibirlo, salieron primero de su vientre sesenta y ocho tregeneers, es decir, vendedores de sal, cada uno de ellos llevando con una cuerda una mula cargada de sal; tras ellos salieron nueve dromedarios, con grandes cargas de jamones y lenguas de buey secas en sus lomos. Luego siguieron siete camellos cargados de longanizas y chorizos, morcillas y embutidos. Después salieron cinco grandes carretas llenas de puerros, ajos, cebollas y cebolletas, tiradas por treinta y cinco robustos caballos de tiro, seis por cada una, además del timonel. Al ver esto, las parteras quedaron muy asombradas, aunque algunas dijeron: He aquí buena provisión, y en verdad la necesitamos; pues bebemos con pereza, como si nuestras lenguas anduvieran en muletas, y no con brío como las holandesas de Lansman. En verdad, esto es buen augurio; aquí no hay nada que no nos convenga; estos son los espolones del vino, que lo ponen en marcha. Mientras charlaban así entre ellas a su modo, ¡he aquí que sale Pantagruel, todo peludo como un oso, por lo que una de ellas, inspirada por espíritu profético, dijo: Este será un hombre terrible; ha nacido con todo su pelo; sin duda hará cosas maravillosas, y si vive, llegará a viejo.