Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 2.III.

Capítulo 68 de 266 · 3 min de lectura

De la pena que embargó a Gargantúa por el fallecimiento de su esposa Badebec.

Cuando nació Pantagruel, nadie estuvo más asombrado y perplejo que su padre Gargantúa; pues, por un lado, al ver a su esposa Badebec muerta, y por el otro, a su hijo Pantagruel recién nacido, tan hermoso y tan grande, no sabía qué decir ni qué hacer. Y la duda que turbaba su mente era si debía llorar por la muerte de su esposa o reír por la alegría de su hijo. Se hallaba así atrapado entre argumentos sofísticos, pues los formulaba muy bien en modo y figura, pero no lograba resolverlos, quedando enredado y atrapado como un ratón en una trampa o un milano en una red. ¿Debo llorar? decía. Sí, ¿por qué? Mi tan buena esposa ha muerto, la más esto, la más aquello, que jamás existió en el mundo. ¡Nunca la volveré a ver, nunca encontraré otra igual; es para mí una pérdida inestimable! ¡Oh, buen Dios, qué he hecho yo para que así me castigues? ¿Por qué no me llevaste antes que a ella, viendo que para mí vivir sin ella no es sino languidecer? ¡Ah, Badebec, Badebec, mi amada, mi corazón querido, mi azúcar, mi dulzura, mi miel, mi pequeña c— (aunque en circunferencia tenía seis acres, tres varas, cinco palos, cuatro yardas, dos pies, una pulgada y media de buena medida forestal), mi tierna peggy, mi adorada de la bragueta, mi bob y hit, mi amor de zapatilla, nunca te volveré a ver! ¡Ah, pobre Pantagruel, has perdido a tu buena madre, tu dulce nodriza, tu amada señora! ¡Oh, falsa muerte, cuán injuriosa y cruel has sido conmigo! ¡Cuán maliciosa y desmedida te he hallado al arrebatarme a mi amada esposa, a quien la inmortalidad por derecho correspondía!

Con estas palabras lloraba como una vaca, pero de pronto rompía a reír como un ternero, cuando le venía a la mente Pantagruel. ¡Ah, mi pequeño hijo, decía, mi niñito, mi consentido, mi chiquitín, mi pilluelo, mi bonito bribón! ¡Oh, qué alegre eres, y cuán agradecido estoy a mi bondadoso Dios, que ha tenido a bien concederme un hijo tan hermoso, tan vivaz, tan animado, tan sonriente, tan agradable y tan gentil! ¡Ho, ho, ho, ho, qué contento estoy! ¡Bebamos, y alejemos la melancolía! ¡Traigan lo mejor, enjuaguen las copas, pongan el mantel, echen a estos perros, aviven el fuego, enciendan las velas, cierren esa puerta, corten este pan en trozos para la sopa, despachen a estos pobres dándoles lo que piden, sostengan mi bata! Me quedaré en camisa para alegrar a las comadres y acompañarlas.

Mientras decía esto, oyó las letanías y los recordatorios de los sacerdotes que llevaban a su esposa a enterrar, por lo que abandonó el buen ánimo en que estaba y de pronto se sintió sobrecogido de nuevo, diciendo: ¡Señor Dios! ¿Debo otra vez afligirme? Esto me duele. Ya no soy joven, envejezco, el clima es peligroso; quizá me dé una fiebre, entonces quedaré maltrecho, si no es que completamente perdido. Por la fe de un caballero, sería mejor llorar menos y beber más. Mi esposa ha muerto, bien, ¡por Dios! (da juramento) No la resucitaré llorando: está bien, está en el paraíso al menos, si no más alto; reza a Dios por nosotros, es feliz, está por encima del alcance de nuestras miserias, ni nuestras calamidades pueden afectarla. ¿Y qué si ha muerto, no hemos de morir también nosotros? La misma deuda que ella pagó pende sobre nuestras cabezas; la naturaleza nos la reclamará, y todos algún día probaremos la misma salsa. Dejémosla ir, pues, y que el Señor conserve a los que quedamos; porque ahora debo pensar cómo conseguir otra esposa. Pero les diré lo que deben hacer, dijo a las parteras, en Francia llamadas comadres (¿dónde están, buena gente? No las veo): Vayan ustedes al entierro de mi esposa, y yo mientras tanto me quedaré meciendo a mi hijo; pues me siento algo alterado y descompuesto, y de otro modo correría el riesgo de enfermar; pero beban primero un buen trago, les hará bien. Y créanme, por mi honor, que a su pedido ellas fueron a su entierro y a las exequias fúnebres. Mientras tanto, el pobre Gargantúa, quedándose en casa y deseando tener algo en recuerdo de ella para grabar en su tumba, compuso este epitafio de la siguiente manera:

Ha muerto la noble Badebec, Que tenía un rostro como una rabel; Un cuerpo español y un vientre De Suiza; murió, les digo, De parto. Rueguen a Dios que le perdone en lo que haya errado. Aquí yace su cuerpo, que vivió Libre de todo vicio, según creo, Y falleció a mi lado, El año y día en que murió.