Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 2.IV.

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De la infancia de Pantagruel.

He encontrado en los antiguos historiadores y poetas que muchos han nacido en este mundo de maneras muy extrañas, las cuales sería demasiado largo de repetir; por lo tanto, lee el séptimo capítulo de Plinio, si tienes tanto tiempo libre. Sin embargo, nunca has oído de algo tan maravilloso como lo de Pantagruel; pues es realmente difícil de creer cómo, en el poco tiempo que estuvo en el vientre de su madre, creció tanto en cuerpo como en fuerza. Lo que hizo Hércules no fue nada, cuando en su cuna mató a dos serpientes, porque esas serpientes eran pequeñas y débiles, pero Pantagruel, estando aún en la cuna, hizo cosas mucho más admirables y asombrosas. Paso por alto aquí el relato de cómo en cada una de sus comidas se bebía la leche de cuatro mil seiscientas vacas, y cómo, para hacerle un cazo donde hervir su leche, pusieron a trabajar a todos los caldereros de Saumur en Anjou, de Villedieu en Normandía y de Bramont en Lorena. Y le servían este manjar en una enorme campana, que aún puede verse en la ciudad de Bourges en Berry, cerca del palacio, pero sus dientes ya estaban tan bien formados y tan fortalecidos, que de dicha campana mordió un gran pedazo, como claramente se puede ver hasta hoy.

Un día por la mañana, cuando quisieron hacerle mamar de una de sus vacas —pues nunca tuvo otra nodriza, según cuenta la historia—, logró soltar uno de sus brazos de las fajas con que lo mantenían sujeto en la cuna, agarró a la vaca por la pata delantera izquierda y, apretándola contra sí, se comió la ubre y la mitad del vientre, junto con el hígado y los riñones, y lo habría devorado todo si la vaca no hubiera mugido horriblemente, como si los lobos la tuvieran por las patas, ante cuyo ruido acudió gente y le quitó la vaca a Pantagruel. Sin embargo, no pudieron hacerlo tan bien como para que la parte por donde la sujetaba no quedara en su mano, de la cual se tragó la carne en un instante, con tanta facilidad como tú comerías una salchicha, y tan ávido de más, que, cuando quisieron quitarle el hueso, se lo tragó entero, como un cormorán haría con un pececillo; y luego empezó a balbucear diciendo: Bueno, bueno, bueno —pues aún no podía hablar claro—, dando a entender que le había parecido muy bueno y que solo le faltaba un poco más. Al ver esto, lo ataron con grandes cuerdas de cabo, como las que se hacen en Tain para transportar sal a Lyon, o como aquellas con que el gran navío francés se ancla en el puerto de Newhaven en Normandía. Pero, en cierta ocasión, un gran oso que su padre había criado se soltó, se acercó a él y empezó a lamerle la cara, porque sus nodrizas no le habían limpiado bien las mejillas; ante este inesperado acercamiento, ofendido de repente, se libró de aquellas grandes cuerdas con tanta facilidad como Sansón de las maromas con que los filisteos lo habían atado, y, con su permiso, tomó al señor oso y lo desgarró como a un pollo, lo que le sirvió de bocado o buen bocado caliente para esa comida.

Por esto, Gargantúa, temiendo que el niño pudiera hacerse daño, mandó hacer cuatro grandes cadenas de hierro para atarlo, y tantos arcos de madera fuertes para su cuna, firmemente ensamblados y encajados en enormes marcos. De esas cadenas hay una en La Rochelle, que levantan por la noche entre las dos grandes torres del puerto. Otra está en Lyon; una tercera en Angers; y la cuarta fue llevada por los demonios para atar a Lucifer, quien rompió sus cadenas en aquellos días a causa de un cólico que lo atormentaba extraordinariamente, provocado por haber comido para el desayuno el alma frita de un alguacil. Por eso puedes creer lo que dice Nicolás de Lyra sobre aquel pasaje del Salterio donde está escrito: Et Og Regem Basan, que el tal Og, siendo aún pequeño, era tan fuerte y robusto, que tuvieron que atarlo con cadenas de hierro en su cuna. Así continuó Pantagruel por un tiempo muy tranquilo y quieto, pues no podía romper tan fácilmente esas cadenas, especialmente al no tener espacio en la cuna para impulsarse con los brazos. Pero mira lo que sucedió una gran festividad en la que su padre Gargantúa ofreció un suntuoso banquete a todos los príncipes de su corte. Creo que los sirvientes de la casa estaban tan ocupados atendiendo cada uno su servicio en el festín, que nadie se ocupó del pobre Pantagruel, quien quedó rezagado, solo y como abandonado. ¿Qué hizo? Escucha lo que hizo, buena gente. Se esforzó e intentó romper las cadenas de la cuna con los brazos, pero no pudo, pues eran demasiado fuertes para él. Entonces empezó a dar tales patadas con los pies, y durante tanto tiempo, que finalmente rompió la parte inferior de su cuna, que, sin embargo, estaba hecha de un gran poste de cinco pies de lado; y en cuanto pudo sacar los pies, se deslizó como pudo hasta apoyar las plantas en el suelo, y entonces, con gran fuerza, se levantó, llevando la cuna a la espalda, atada a él como una tortuga que trepa por una pared; y de haberlo visto, habrías pensado que era una gran carraca de quinientas toneladas de pie. Así entró en el gran salón donde estaban banqueteando, y con mucha audacia, lo que asustó mucho a la concurrencia; pero, como tenía los brazos atados, no podía alcanzar nada para comer, y con gran esfuerzo se agachaba de vez en cuando para lamer con toda la lengua algún bocado o trozo. Al verlo su padre, comprendió que lo habían dejado sin comer, y por consejo de los príncipes y señores presentes, ordenó que lo soltaran de las cadenas. Además, los médicos de Gargantúa dijeron que, si lo mantenían así en la cuna, estaría toda su vida expuesto a la piedra. Cuando lo desataron, lo hicieron sentarse y, después de haber comido muy bien, tomó su cuna y la rompió en más de quinientos mil pedazos de un solo golpe de puño en el centro, jurando que nunca volvería a entrar en ella.