Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 2.V.
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De los actos del noble Pantagruel en su juventud.
Así fue creciendo Pantagruel día tras día, y a la vista de todos aumentaba cada vez más en todas sus dimensiones, lo que llenaba de alegría a su padre por un afecto natural. Por ello, mandó hacerle, cuando aún era pequeño, una linda ballesta para disparar a los pajarillos, que ahora llaman la gran ballesta de Chantelle. Luego lo envió a la escuela para que aprendiera y pasara su juventud en la virtud. En la prosecución de este propósito, llegó primero a Poitiers, donde, mientras estudiaba y progresaba mucho, notó que los estudiantes a menudo estaban desocupados y no sabían en qué emplear su tiempo, lo que le movió a compadecerse de ellos, de modo que un día tomó de una larga hilera de rocas, llamada allí Passelourdin, una enorme piedra de unas doce brazas cuadradas y catorce palmos de grosor, y con gran facilidad la colocó sobre cuatro pilares en medio de un campo, sin otro fin que el de que los mencionados estudiantes, cuando no tuvieran nada más que hacer, pudieran pasar el tiempo subiéndose a esa piedra, festejando con abundancia de jamones, empanadas y jarras, y grabando sus nombres en ella con un cuchillo, en señal de lo hecho, por lo cual hasta hoy la piedra se llama la piedra levantada. Y en recuerdo de esto, nadie es inscrito en el registro y libro de matrícula de dicha universidad, ni se le considera apto para obtener algún grado en ella, hasta que primero haya bebido en la fuente caballina de Croustelles, pasado por Passelourdin y subido a la piedra levantada.
Después, leyendo las deliciosas crónicas de sus antepasados, descubrió que Godofredo de Lusignan, llamado Godofredo el del gran diente, abuelo del primo político de la hermana mayor de la tía del yerno del tío de la buena hija de su madrastra, estaba enterrado en Maillezais; por lo que un día tomó campos (que es un pequeño descanso de los estudios para jugar un rato), para poder visitarlo como a un hombre honesto. Y saliendo de Poitiers con algunos de sus compañeros, pasaron por el Guge (Leguge), visitando al noble abad Ardillon; luego por Lusignan, por Sansay, por Celles, por Coolonges, por Fontenay-le-Comte, saludando al erudito Tiraqueau, y de allí llegaron a Maillezais, donde fue a ver el sepulcro del mencionado Godofredo el del gran diente; lo cual le causó cierto temor al contemplar la imagen, cuyos vivos trazos lo mostraban representando a un hombre en extremo furioso, sacando su gran alfanje Malchus a medio desenvainar. Cuando se le preguntó la razón de esto, los canónigos del lugar le dijeron que no había otra causa sino que Pictoribus atque Poetis, etc., es decir, que los pintores y poetas tienen libertad para pintar e imaginar lo que quieran según su fantasía. Pero no quedó satisfecho con esa respuesta, y dijo: No está pintado así sin motivo, y sospecho que en su muerte se le hizo algún agravio, del cual pide a sus parientes que tomen venganza. Investigaré más a fondo, y luego haré lo que sea razonable. Entonces no regresó a Poitiers, sino que quiso conocer las demás universidades de Francia. Así, yendo a La Rochelle, se embarcó y llegó a Burdeos, donde no encontró gran actividad, solo de vez en cuando veía a algunos marineros y descargadores luchando en el muelle o la ribera. De allí fue a Toulouse, donde aprendió a bailar muy bien y a manejar la espada a dos manos, como es costumbre entre los estudiantes de esa universidad, que se ejercitan en juegos donde puedan tener las manos ocupadas; pero no permaneció mucho allí al ver que hacían quemar vivos a sus regentes como arenques rojos, diciendo: ¡Dios no permita que muera de esa manera! pues ya por naturaleza soy bastante seco, sin necesidad de calentarme más.
Luego fue a Montpellier, donde se encontró con las buenas mujeres de Mirevaux y con excelente y alegre compañía, y pensó dedicarse al estudio de la medicina; pero consideró que esa profesión era demasiado molesta y melancólica, y que los médicos olían a enemas como viejos demonios. Por eso resolvió estudiar leyes; pero al ver que allí solo había tres legistas pelados y uno calvo, se marchó de ese lugar, y en su camino construyó el puente de Guard y el anfiteatro de Nimes en menos de tres horas, lo cual, sin embargo, parece ser una obra más divina que humana. Después llegó a Aviñón, donde no estuvo más de tres días antes de enamorarse; pues las mujeres de allí se deleitan mucho en jugar al juego de las nalgas apretadas, porque es tierra papal. Viendo esto su tutor y pedagogo Epistemon, lo sacó de ese lugar y lo llevó a Valence en el Delfinado, donde no halló gran diversión, salvo que los patanes del pueblo golpeaban a los estudiantes, lo que le enfureció tanto que, cuando en un hermoso domingo la gente bailaba en las calles y uno de los estudiantes quiso entrar en el círculo para participar del baile, los mencionados patanes no le permitieron entrar en su sociedad; entonces, tomando partido por el estudiante, los apaleó tan fuerte y les dio tal paliza que los hizo huir hasta la orilla del río Ródano, y allí habría querido ahogarlos, de no ser porque se agacharon y permanecieron ocultos bajo el río por media legua. El agujero aún puede verse allí.
Después partió de allí y en tres zancadas y un salto llegó a Angers, donde se sintió muy a gusto y habría permanecido algún tiempo, de no ser porque la peste los obligó a marcharse. Así llegó a Bourges, donde estudió bastante tiempo y progresó mucho en la facultad de leyes, y solía decir que los libros del derecho civil eran como un manto real, maravilloso y triunfante de tela de oro ribeteado de lodo; pues en el mundo no hay libros más bellos, más ornamentados ni más elocuentes que los textos de las Pandectas, pero el borde de ellos, es decir, la glosa de Accursio, es tan ruin, vil, bajo e insípido, que no es más que suciedad y vileza.
Saliendo de Bourges, llegó a Orleans, donde encontró una multitud de estudiantes fanfarrones que le dieron una gran bienvenida a su llegada, y con quienes aprendió a jugar tan bien al tenis que llegó a ser un maestro en ese juego. Porque los estudiantes de ese lugar lo tienen como ejercicio principal; y a veces lo llevaban a las casas de comercio de Cupido (en esa ciudad llamadas islas, porque suelen estar rodeadas de otras casas y no son contiguas a ninguna), para que recreara su persona en el juego del poussavant, que las muchachas de Londres llaman the ferkers in and in. En cuanto a romperse la cabeza por estudiar demasiado, tenía especial cuidado de no hacerlo bajo ninguna circunstancia, por temor a estropearse los ojos. Lo observaba aún más porque uno de sus maestros, allí llamados regentes, le dijo que el dolor de ojos era lo más perjudicial para la vista. Por esta razón, cuando un día fue hecho licenciado o graduado en leyes, uno de los estudiantes de su conocimiento, que de saber no tenía mucho más que su carga, aunque en cambio sabía bailar muy bien y jugar al tenis, compuso el blasón y divisa de los licenciados en dicha universidad, diciendo:
Así que tienes en la mano una raqueta, Una pelota de tenis en la bragueta, Una Pandecta en la punta de la gorra, Y que sabes bailar con destreza, Entonces se te concederá El privilegio de la toga de licenciado.



