Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais
Capítulo 2.VI.
Capítulo 71 de 266 · 3 min de lectura
Cómo Pantagruel se encontró con un limosín que afectaba demasiado el fingir el idioma francés.
Cierto día, no sé cuándo, Pantagruel paseaba después de la cena con algunos de sus compañeros de estudio fuera de la puerta de la ciudad por donde se entra en el camino a París, y se topó con un joven estudiante muy pulcro que venía por ese mismo camino. Después de saludarse, le preguntó así: Amigo, ¿de dónde vienes ahora? El estudiante le respondió: De la alma, ínclita y celebrada academia, que es vocitada Lutecia. ¿Qué quiere decir esto?, preguntó Pantagruel a uno de los suyos. Es, respondió él, de París. Vienes de París entonces, dijo Pantagruel; ¿y cómo pasan el tiempo allá ustedes, mis señores estudiantes de París? El estudiante respondió: Transfretamos el Sequana al dilúculo y crepúsculo; deambulamos por los cómpites y cuadrivios de la urbe; despumamos la verbocinación latial; y, como verosímiles amorabundos, captamos la benevolencia del sexo femenino omnijugal, omniforme y omnígena. En ciertos diéculeos visitamos los lupanares y, en éxtasis venéreo, inculcamos nuestros veretres en los recesos penitísimos de los pudendos de esas meretriculillas amicabilísimas. Luego cauponizamos en las meritorias tabernas de la Piña, el Castillo, la Magdalena y la Mula, con buenas espátulas de cordero perforadas con perifollo. Y si por fortuna hay rareza o penuria de pecunia en nuestros marsupios, y se hallan exhaustos de metal ferruginoso, por la cuenta dejamos nuestros códices y empeñamos nuestras vestiduras, mientras aguardamos la llegada de los mensajeros de los Penates y Lares patrios. A lo que Pantagruel respondió: ¿Qué diabólica lengua es esta? Por Dios, creo que eres alguna especie de hereje. Mi señor, no, dijo el estudiante; pues libentísimamente, en cuanto iluce algún mínuto fragmento del día, demigro a uno de esos bien arquitectados templos y, rociándome con bella agua lustral, murmuro pequeños fragmentos de alguna precación misal de nuestros sacrificulos y, submurmurando mis preces horarias, elevo y purifico mi ánima de sus inquinaciones nocturnas. Reverencio a los Olímpicos. Venero latrialmente al supremo Astripotente. Amo y estimo a mis prójimos. Observo los preceptos decalógicos y, según la facultad de mis fuerzas, no me aparto de ellos ni una mínima uña. Sin embargo, es verdad que, porque Mammón no sobreabunda nada en mis bolsillos, soy algo raro y lento para supererogar limosnas a esos necesitados que hospitalariamente solicitan su estipendio.
Prut, tut, dijo Pantagruel, ¿qué pretende decir este tonto? Creo que está forjando alguna lengua diabólica y que, como encantador, quiere hechizarnos. A lo que uno de sus hombres dijo: Sin duda, señor, este sujeto quiere fingir el idioma de los parisinos, pero sólo desuella el latín, imaginando que así lo pindariza en términos muy elocuentes, y se cree por ello gran orador en francés, porque desdeña la manera común de hablar. A lo que Pantagruel dijo: ¿Es cierto? El estudiante respondió: Mi noble señor, mi genio no es apto nato para lo que este flagicioso neblón dice, de desollar la cutícula de nuestro vernáculo gálico, sino viceversa, yo con obra y por velas y remos me esfuerzo en enriquecerlo con la redundancia latinizante. Por Dios, dijo Pantagruel, te enseñaré a hablar. Pero primero ven acá y dime de dónde eres. A esto el estudiante respondió: El origen primigenio de mis aves y ataves fue indígena de las regiones lemovices, donde reposa el cuerpo del santísimo San Marcial. Te entiendo muy bien, dijo Pantagruel. Al fin y al cabo, eres un limosín, y aquí con tu habla afectada quieres fingir ser parisino. Bien, ven acá, debo mostrarte un nuevo truco y darte una buena lección. Dicho esto, lo tomó del cuello, diciéndole: Desuellas el latín; por San Juan, haré que desuelles al zorro, pues ahora te desollaré vivo. Entonces el pobre limosín comenzó a gritar: ¡Ay, buen amo! ¡Ay, Señor, mi ayuda, y San Marcial! ¡Ay, estoy perdido! ¡Ay, mi garganta, el hueso de mi cuello está roto! ¡Ay, por caridad, suéltame, amo; guau, guau, guau! Ahora, dijo Pantagruel, hablas naturalmente, y así lo soltó, pues el pobre limosín se había ensuciado y manchado completamente los calzones, que no eran profundos ni anchos, sino ajustados y rectos, con una pieza en la parte trasera como cola de merluza, y por eso en francés llamados chausses à queue de merlus. Entonces dijo Pantagruel: ¡San Alipantín, qué civeta! ¡Puaj! ¡Al diablo con este comedor de nabos, cómo apesta! y así lo dejó ir. Pero este apretón de Pantagruel fue tal terror para él durante todos los días de su vida, y dejó tan profunda impresión en su mente, que muy a menudo, sobresaltado por sustos repentinos, se estremecía y decía que Pantagruel lo tenía por el cuello. Además, le causó una sed continua y deseo de beber, tanto que después de algunos años murió de la muerte de Rolando, que en buen castellano se llama sed, obra de divina venganza, mostrándonos lo que dice el filósofo y Aulo Gelio, que debemos hablar según el lenguaje común; y que, como dijo Octavio Augusto, debemos procurar evitar toda palabra extraña y desconocida con tanto cuidado y circunspección como los pilotos de navíos evitan los escollos y bancos en el mar.



