Gargantúa y Pantagruel · François Rabelais

Capítulo 2.VIII.

Capítulo 73 de 266 · 8 min de lectura

Cómo Pantagruel, estando en París, recibió cartas de su padre Gargantúa, y la copia de las mismas.

Pantagruel estudiaba con gran dedicación, como bien puedes imaginar, y progresaba en consecuencia; pues tenía un entendimiento excelente y un ingenio notable, junto con una capacidad de memoria igual a la medida de doce toneles de aceite o barriles de aceitunas. Y, estando allí un día, recibió una carta de su padre en la forma que sigue.

Muy querido hijo: Entre los dones, gracias y prerrogativas con que el soberano plasmador Dios Todopoderoso dotó y adornó la naturaleza humana al principio, me parece la más singular y excelente aquella por la cual podemos, en estado mortal, alcanzar una especie de inmortalidad, y en el curso de esta vida transitoria perpetuar nuestro nombre y linaje, lo cual se logra por una progenie nacida de nosotros en los legítimos lazos del matrimonio. Por este medio, en cierta medida, se nos restituye aquello que nos fue arrebatado por el pecado de nuestros primeros padres, a quienes se les dijo que, por no haber obedecido el mandamiento de Dios su Creador, morirían, y por la muerte sería reducido a nada aquel magnífico cuerpo y estructura en que el hombre fue creado al principio.

Pero por este medio de propagación seminal, permanece en los hijos lo que se perdió en los padres, y en los nietos aquello que desapareció en sus padres, y así sucesivamente hasta el día del juicio final, cuando Jesucristo haya entregado a Dios Padre su reino en condición de paz, libre de todo peligro y contaminación del pecado; pues entonces cesarán todas las generaciones y corrupciones, y los elementos dejarán sus continuas transmutaciones, ya que se habrá alcanzado y disfrutado la tan deseada paz, y todas las cosas llegarán a su fin y término. Por tanto, no sin justa y razonable causa doy gracias a Dios mi Salvador y Conservador, porque me ha permitido ver mi calva vejez reflorecer en tu juventud; pues cuando, a su buen placer, quien rige y gobierna todas las cosas, mi alma abandone esta morada mortal, no me consideraré completamente muerto, sino que paso de un lugar a otro, considerando que, en y por ello, continúo en mi imagen visible viviendo en el mundo, visitando y conversando con personas de honor y otros buenos amigos míos, como solía hacer. Esta conversación mía, aunque no estuvo exenta de pecado, porque todos somos transgresores y por ello debemos rogar continuamente a su divina majestad que borre nuestras faltas de su memoria, fue, sin embargo, con la ayuda y gracia de Dios, sin ningún tipo de reproche ante los hombres.

Por lo tanto, si en ti brillan aquellas cualidades del espíritu con que yo estoy dotado, así como en ti permanece la imagen perfecta de mi cuerpo, serás estimado por todos como el perfecto guardián y tesoro de la inmortalidad de nuestro nombre. Pero, si no es así, en verdad me será poco grato verlo, considerando que la parte menor de mí, que es el cuerpo, permanecería en ti, y la mejor, es decir, aquella que es el alma, y por la cual nuestro nombre permanece bendito entre los hombres, se vería degenerada y bastardeada. No digo esto por desconfianza en tu virtud, que ya he probado antes, sino para animarte aún más a pasar de lo bueno a lo mejor. Y lo que ahora te escribo no es tanto para que vivas en este camino virtuoso, como para que te regocijes de vivir y haber vivido así, y te animes con igual resolución en el porvenir; para la prosecución y cumplimiento de esta empresa y generoso empeño, bien puedes recordar cómo nada he escatimado, sino que te he ayudado como si no tuviera otro tesoro en este mundo que verte una vez en mi vida completamente bien educado y formado, tanto en virtud, honestidad y valor, como en todo conocimiento liberal y civilidad, y así dejarte tras mi muerte como un espejo que represente la persona de mí, tu padre, y si no tan excelente y tal como deseo, al menos como lo anhelo.

Pero aunque mi difunto padre de feliz memoria, Grandullón, puso su mayor empeño en hacerme progresar en toda perfección y conocimiento político, y aunque mi esfuerzo y estudio correspondieron plenamente, e incluso superaron su deseo, sin embargo, como bien puedes entender, el tiempo entonces no era tan propicio y adecuado para el aprendizaje como lo es ahora, ni yo contaba con tan buenos maestros como tú has tenido. Porque aquel tiempo era oscuro, nublado por las tinieblas de la ignorancia, y tenía algo de la infelicidad y calamidad de los godos, quienes, dondequiera que pisaron, destruyeron toda buena literatura, la cual en mi época ha sido, por la bondad divina, restaurada a su antigua luz y dignidad, y con tal mejora y aumento de conocimiento, que difícilmente ahora sería admitido en la primera clase de los pequeños escolares de gramática; digo yo, que en mis días juveniles fui, y con justicia, reputado el más sabio de aquella época. No lo digo por vana jactancia, aunque podría hacerlo legítimamente al escribirte, como lo confirma la autoridad de Marco Tulio en su libro de la vejez, y la sentencia de Plutarco en el libro titulado Cómo puede uno alabarse sin envidia, sino para darte un estímulo emulador para que te esfuerces aún más.

Ahora es cuando las mentes de los hombres están capacitadas con toda clase de disciplina, y las antiguas ciencias reviven, las cuales por muchas edades estuvieron extinguidas. Ahora es cuando las lenguas eruditas han sido restauradas a su pureza original, a saber: el griego, sin el cual uno puede avergonzarse de considerarse erudito, el hebreo, el árabe, el caldeo y el latín. La imprenta también está ahora en uso, tan elegante y tan correcta que no puede imaginarse mejor, aunque fue inventada en mi tiempo por inspiración divina, así como por sugerencia diabólica, por otro lado, fue la invención de la artillería. El mundo está lleno de hombres sabios, de maestros eruditos y vastas bibliotecas; y me parece una verdad que ni en tiempos de Platón, ni de Cicerón, ni de Papiniano, hubo jamás tanta conveniencia para el estudio como la que vemos hoy en día. Ni debe nadie aventurarse en adelante a presentarse en público, o mostrarse en sociedad, si no ha sido bastante bien pulido en el taller de Minerva. Veo ladrones, verdugos, salteadores, taberneros, mozos de cuadra y otros semejantes, de lo más bajo del pueblo, más instruidos ahora que los doctores y predicadores de mi tiempo.

¿Qué más puedo decir? Hasta las mujeres y los niños han aspirado a este elogio y celestial modo de buen saber. Sin embargo, siendo ya de la edad que tengo, me he visto obligado a aprender la lengua griega—que no desprecié como Catón, sino que no tuve tiempo en mi juventud para dedicarme a su estudio—y hallo gran deleite en la lectura de las Morales de Plutarco, los agradables Diálogos de Platón, los Monumentos de Pausanias y las Antigüedades de Ateneo, esperando la hora en que Dios mi Creador me llame y ordene partir de esta tierra y peregrinación transitoria. Por tanto, hijo mío, te exhorto a que emplees tu juventud en aprovechar cuanto puedas, tanto en tus estudios como en la virtud. Estás en París, donde los loables ejemplos de muchos hombres valientes pueden estimular tu ánimo a acciones nobles, y tienes también por tutor y pedagogo al sabio Epistemon, quien con sus vivos y elocuentes preceptos puede instruirte en las artes y ciencias.

Quiero, y así lo dispongo, que aprendas perfectamente las lenguas; primero que nada el griego, como lo recomienda Quintiliano; en segundo lugar el latín; luego el hebreo, por causa de la Sagrada Escritura; y después también el caldeo y el árabe, y que formes tu estilo en griego imitando a Platón, y en latín a Cicerón. Que no haya historia alguna que no tengas lista en tu memoria; para la prosecución de este propósito, los libros de cosmografía te serán muy útiles y te ayudarán mucho. De las artes liberales de geometría, aritmética y música, te di algún conocimiento cuando eras pequeño, de no más de cinco o seis años. Prosigue en ellas y aprende lo que resta si puedes. En cuanto a la astronomía, estudia todas sus reglas. Deja, sin embargo, la astrología adivinatoria y judicial, y el arte de Lulio, pues no son sino simples engaños y vanidades. En cuanto al derecho civil, quiero que conozcas de memoria los textos, y luego los compares con la filosofía.

Ahora bien, en cuanto al conocimiento de las obras de la naturaleza, quiero que estudies eso con exactitud, y que no haya mar, río ni fuente de la que no conozcas los peces; todas las aves del aire; todas las diversas clases de arbustos y árboles, ya sea en bosques o huertos; todas las especies de hierbas y flores que crecen en la tierra; todos los variados metales que se esconden en las entrañas de la tierra; junto con toda la diversidad de piedras preciosas que pueden verse en las regiones orientales y meridionales del mundo. Que nada de todo esto te sea desconocido. Luego, no dejes de leer cuidadosamente los libros de los médicos griegos, árabes y latinos, sin despreciar a los talmudistas y cabalistas; y mediante frecuentes anatomías adquiere el conocimiento perfecto del otro mundo, llamado el microcosmos, que es el hombre. Y en algunas horas del día dedica tu mente al estudio de las Sagradas Escrituras; primero en griego, el Nuevo Testamento, con las Epístolas de los Apóstoles; y luego el Antiguo Testamento en hebreo. En resumen, quiero verte un abismo y un pozo sin fondo de saber; porque de aquí en adelante, a medida que crezcas y te conviertas en hombre, deberás apartarte de esta tranquilidad y reposo del estudio, deberás aprender caballería, el arte de la guerra y los ejercicios del campo, para así defender mejor mi casa y a nuestros amigos, y socorrerlos y protegerlos en todas sus necesidades contra la invasión y los asaltos de los malhechores.

Además, quiero que muy pronto pruebes cuánto has aprovechado, lo cual no puedes hacer mejor que sosteniendo públicamente tesis y conclusiones en todas las artes contra cualquier persona, y frecuentando la compañía de hombres sabios, tanto en París como en otros lugares. Pero porque, como dice el sabio Salomón, la Sabiduría no entra en un espíritu malicioso, y el conocimiento sin conciencia no es más que la ruina del alma, es necesario que sirvas, ames y temas a Dios, y en Él pongas todos tus pensamientos y toda tu esperanza, y que por la fe formada en la caridad te adhieras a Él, de modo que nunca te separes de Él por tus pecados. Sospecha de los abusos del mundo. No pongas tu corazón en la vanidad, porque esta vida es transitoria, pero la Palabra del Señor permanece para siempre. Sé servicial con todos tus prójimos y ámalos como a ti mismo. Reverencia a tus preceptores: evita la conversación de aquellos a quienes no deseas parecerte, y no recibas en vano las gracias que Dios te ha concedido. Y, cuando veas que has alcanzado todo el conocimiento que se puede adquirir en esa parte, vuelve a mí, para que pueda verte y darte mi bendición antes de morir. Hijo mío, la paz y la gracia de nuestro Señor sean contigo. Amén.

Tu padre Gargantúa.

Desde Utopía, el día 17 del mes de marzo.

Recibidas y leídas estas cartas, Pantagruel recobró el ánimo, se llenó de nuevo valor y se inflamó con el deseo de aprovechar en sus estudios más que nunca, de modo que si lo hubieras visto, cómo se esforzaba y cómo progresaba en el aprendizaje, habrías dicho que la vivacidad de su espíritu entre los libros era como un gran fuego entre leña seca, tan activo era, vigoroso e infatigable.